Nuestra señora del abismo 40
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Pocos días después de mi conversación telefónica con Arnau, la teoría del depredador de mujeres saltó por los aires. Marcelo, el camarero jeta que llevaba semanas de baja pululando por Miranda, había desaparecido.

Las alarmas saltaron cuando una mañana aparecieron sus muletas tiradas bajo el puente de madera que conducía a la estación del cremallera.

No había rastro de él en su habitación ni en ningún otro lugar del hotel, y su teléfono móvil permanecía apagado.

Si no se tratara de Miranda, si no hubiera precedentes, la reacción no habría sido tan dramática.

Desde primera hora, la presencia de los Mossos había sido palpable.

Uniformados y de paisano, trataban de recabar información, aunque había poco de donde rascar.

No quedaba claro quién había sido el último en ver a Marcelo, y la inspección ocular del lugar donde se habían hallado las muletas, al aire libre, en una zona pedregosa junto a uno de los dos ríos que desaguaban en el lago, impedía obtener ningún indicio relevante.

Por no hablar de la no detección de huellas en la superficie de las muletas mismas, después de toda una noche a la intemperie.

Aquel jueves, yo trabajaba por la mañana. La noticia de la desaparición de Marcelo llegó temprano al Pedraparada, nada más abrir. Al principio, no podía creerlo o, más bien, me negaba. Pero cada trabajador que acudía al bar traía nueva información y, sobre todo, nuevos rumores.

A eso de las diez, subí a la pasarela para tomarme un descanso y vi a lo lejos a Arnau, frente al cubículo de información, interrogando al vigilante de seguridad.

Y, por la expresión de su cara, el cabo parecía enojado con las respuestas del vigilante.

Este se mostraba evasivo, apenas miraba al mosso al hablar.

De pronto, Arnau hizo un gesto brusco y dio por finalizada la conversación.

Me aproximé a su posición y lo saludé.

—Menudo crac, ¿eh? —dije, señalando al vigilante, que se alejaba a toda prisa.

—Acaba de reconocerme que se ha pasado la mitad de la noche «un poco indispuesto», según sus palabras, encerrado en su cabaña.

—Se supone que está aquí por los robos en la iglesia —comenté.

—Lo sé. Ya le explicamos al mosén que nosotros poco podíamos hacer aquí arriba, que saldrían ganando si mejoraban los sistemas de seguridad… Pero está claro que traer a ese tío no es la solución. Han seguido robando, a pesar de estar él por aquí.

—Algo he oído —dije. Y me apresuré a preguntarle—: ¿Has mirado aquello que te pedí?

—¿El qué? ¿Lo de la tarificación? —Negó con la cabeza—. Además, ¿qué más da ya? Tu teoría no encaja, ahora menos que nunca, con un hombre desaparecido.

—También era tu teoría. La de un depredador de mujeres, digo.

—Qué más da. El caso es que ya no encaja.

—Pues yo no pierdo la esperanza. Igual pasa como con Jordi Mateu, que su desaparición se debía a algo diferente a las demás.

Arnau sonrió, aunque con gesto cansado.

—No te cansas nunca, ¿eh? Cualquier cosa con tal de que tu hipótesis no se venga abajo.

Pues esta vez tendrás que aceptarlo. Ni hay un depredador sexual detrás de todo esto, ni tu amigo Wilmer es sospechoso de nada…

—Y se quedó callado, como si rumiara revelarme algo o no.

Al fin lo hizo—. Esto no tendría por qué decírtelo, pero lo haré para que me dejes en paz con esa historia.

A ese tío no le consta ningún antecedente en Perú, su expediente está limpio.

Simplemente se vino aquí por trabajo; no huía de nada ni tiene nada que ocultar.

Aquello no era lo que esperaba oír, la verdad. Quizá era cierto que no huía de nada, pero hubiera puesto la mano en el fuego por que había estado en prisión. Si no, ¿dónde se había hecho esos tatuajes y por qué? Especialmente el de los cinco puntos.

Nos despedimos y regresé al Pedraparada.

Frente a la barra estaba Yalomiraré. Sus ojos seguían igual de vidriosos que siempre, pero ahora parecía estar en modo alcohólico funcional, mucho más sereno que la noche del sábado en la fiesta. No me había comentado nada al respecto, por lo que deduje que no se acordaba.

Me saludó y se llevó el vaso del carajillo a los labios. Después me preguntó:

—Te has enterado de lo de Marcelo, ¿no? —Asentí—. Pues no es lo único que ha desaparecido esta noche.

—¿A qué te refieres?

—Al bote del restaurante. También se lo han llevado. No solo el dinero, todo el bote en sí.

Se refería al recipiente de plástico que utilizaban en el restaurante del hotel para guardar las propinas.

Por lo que yo sabía, lo guardaban en el office de la planta superior y todos los camareros y los dos maîtres dejaban allí las propinas que les daban para, a final de mes, repartirlas entre todos, cocineros incluidos.

Y si había un lugar donde dejaban buenas propinas era precisamente en el restaurante del hotel.

—¿Sabes cuánto dinero había? —pregunté.

Yalomiraré se inclinó hacia delante, en plan confidente.

—Por lo que se rumorea por allí, a estas alturas de mes había lo menos siete u ocho mil euros.

Casi nada… Esas propinas no son las que os dejan aquí, ¿eh?

—Y soltó una risotada. Por suerte quedó interrumpida por un mensaje que alguien le comunicó a través del walkie.

Pidió que se lo repitieran y entonces, sin cortarse un pelo, dijo—: Recibido.

Ya lo miraré. —Me guiñó un ojo y repitió—: Ya lo miraré, en cuanto pueda.