Nuestra señora del abismo 39
48%

39

Cuando Arnau Ventura recibió la llamada de Víctor Trafalgar, se encontraba en el pasillo de congelados del supermercado Esclat empujando el carrito con aire ausente mientras su esposa Marisa se encargaba de hacer la compra. Era lunes por la tarde.

—Dime.

—¿Pedisteis la tarificación del teléfono de Noa?

El cabo detuvo el carrito y carraspeó.

—Lo nuestro ha sido bonito, pero es una relación imposible. Tenemos que dejar de vernos.

Marisa cerró la puerta de un congelador y se volvió hacia su marido con una ceja levantada. Arnau tapó el micrófono del móvil y dijo:

—Es del trabajo, tranquila.

Ella suspiró y centró la vista en el papel que tenía en la mano con la lista de la compra.

—¿La pedisteis o no? —insistió Víctor.

—Tengo al sargento de culo por tu culpa. Se enteró de que hice una consulta sobre ese tipo, el peruano, y me ha prohibido terminantemente que comparta nada contigo.

—Está bien, lo comprendo. Pero eso no implica que yo no pueda compartir nada contigo, ¿verdad?

—No. Sobre eso no dijo nada.

—Perfecto. Pues te diré que Noa estuvo recibiendo llamadas extrañas a finales de julio o así. No puedo concretar más. Sonaba el teléfono, descolgaba y no hablaba nadie. Estuvo un tiempo recibiéndolas hasta que bloqueó el número.

—A ver, amigo, no te emociones. Noa desapareció la tercera semana de agosto, si no me equivoco. Bastante después de eso.

—Aun así, creo que vale la pena echarle un ojo. Y, aunque no me lo confirmes, quiero pensar que sí pedisteis su tarificación. De lo contrario, me decepcionarías.

Por supuesto que la habían solicitado. Arnau no recordaba la fecha inicial de los datos recibidos de la compañía telefónica, pero daba por hecho que cubrían como mínimo el mes de julio y agosto.

Marisa lo llamó desde el pasillo central; se estaba rezagando. Arnau empujó el carrito y fue tras ella. De camino, soltó:

—Y ahora me dirás que eso tiene que ver con tu amigo…

—¿Con Wilmer? Puede que sí, puede que no. En todo caso, es una línea interesante para investigar.

Arnau soltó un bufido.

—Mira, me han cortado las alas, ya te lo he dicho. Y, a menos que me cuentes qué tienes contra ese tío, te anuncio que voy a colgar. No es nada personal.

—¿Que qué tengo contra él? ¿Más allá de una corazonada? No mucho más.

—¡No me jodas! —exclamó el cabo.

—Está bien, está bien. Escucha: el tío tiene fama de ser un baboso, y cuando le da por una mujer puede llegar a ser muy insistente. Hasta obsesivo. ¿Hablasteis con la compañera de habitación de Alba Solà, la que es también recepcionista?

Arnau no respondió. Hacerlo implicaba desvelarle información acerca de la investigación.

—¿Qué te ha contado? —quiso saber el cabo.

—Que Wilmer llevaba días interesado en ella, invitándola a salir.

—¿Y qué?

—Que también había rondado a Noa.

El cabo se alejó el teléfono de la cara. ¿A dónde quería ir a parar?

—Mira, Víctor. Que el tío les tire fichas a todas las tías que ve solo demuestra que está desesperado, o que no tiene miedo al rechazo. Pero de ahí a acusarlo de ser un depredador sexual…

—No pierdes nada consultando la tarificación.

—No trabajo para ti.

—Lo sé. Pero eres un tío íntegro. Un profesional. Y sé que no vas a dejar de hacer tu trabajo, aunque solo sea para restregarme por la cara que soy un paranoico.

—Voy a colgar —anunció. Y colgó—. Putas corazonadas —murmuró, al tiempo que recuperaba su posición junto a su esposa.

Dos minutos después, le volvió a sonar el teléfono. Marisa emitió un bufido sin apartar la vista de los estantes de conservas.

La llamada provenía de un número oculto y Arnau dio por hecho que lo telefoneaban desde la comisaría. No se equivocaba. Era Carme.

—¿Te suena un tal… Wilmer André Cedeño Ramos? —preguntó la agente. El cabo se quedó mudo—. ¿Arnau?

—Eh, sí… ¿Por qué?

—Acaba de llamar un cabo de la Interpolicial, dice que hace unos días les enviamos una consulta para saber si este tipo tenía antecedentes en Perú.

—Sí, sí. Fui yo.

—Por lo visto faltaba enviar algún documento, pero, como no se lo hicimos llegar, probó a ver si nos podían responder de todas formas y resultó que sí, que nos han respondido.

—¿Y qué te ha dicho?

—Dice que nada, que el tal Cedeño tiene el expediente limpio como una patena… Oye, ¿de qué caso es?

—Uno de hace tiempo. Olvídalo.

—Ok… Como quieras.

—Gracias. Nos vemos mañana.

—Hasta mañana.

—Putas corazonadas —masculló nada más colgar—. Putas corazonadas…