Nuestra señora del abismo 38
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Aquel sábado por la noche se celebraba la fiesta mayor de Plademunt, un pequeño pueblo de la comarca del que yo jamás había oído hablar hasta entonces.

Según Sara, era una de las mejores fiestas del verano, su preferida junto con la de Vilavella.

Se celebraba en el recinto de la piscina municipal y, por lo visto, raro era el año en que no caía alguien al agua.

A pesar de que ambos trabajábamos el fin de semana entero, Sara me propuso ir juntos y yo acepté encantado, consciente de que dormir, lo que se dice dormir, iba a dormir poco, por una cosa u otra.

Nos daba tiempo a coger el último cremallera de la tarde y regresar al día siguiente con el primero de la mañana para estar a tiempo en el turno de los desayunos.

El plan incluía pasar la noche en su casa; su hijo, Ricard, estaba en Palamós con su padre.

Tras acabar mi jornada en el Pedraparada, apenas tuve tiempo para ducharme y ponerme algo más o menos presentable, que no era mucho, la verdad: la única camisa que me había subido a Miranda, de color negro, y unos vaqueros.

Fui a la estación del cremallera a esperar a Sara y, en su ausencia, me puse a charlar con el jefe de estación, un tipo tranquilo y afable al que le costaba bien poco entablar conversación.

Justo cuando el tren estaba a punto de partir, la vi llegar a toda prisa, calzada con sandalias en vez de sus habituales Adidas.

Se detuvo a mi altura y observé que el sofoco de la carrera había enrojecido su rostro; sonrió y, tras saludar al jefe de estación, me miró fijamente con aquellos ojos azul cielo. Tardé en reaccionar.

—¿Subimos o no? —dijo.

—Claro… Oye, estás muy guapa cuando vas con prisas. —Y, con cierto descaro, le miré las piernas, que asomaban espléndidas bajo el vestido corto que había escogido para la ocasión.

—Y tú muy feo cuando te haces el gracioso.

Nos acomodamos en unos asientos libres y charlamos sobre el servicio de aquel día, quejándonos de los jefes, de la gente y de los jefes otra vez, mientras descendíamos por la montaña, al tiempo que el sol se iba poniendo. Nos reímos bastante. Fue agradable. Muy agradable.

Bajamos del cremallera en Vilavella, donde tenía estacionado mi Seat León. Ya me había acostumbrado a dejarlo allí, semiabandonado, sin miedo a que le sucediera nada. Era un coche más. Uno de tantos.

Sara hacía tiempo que no conducía. Solía coger el tren de cercanías en Quintana hasta Riudellums, y ahí enlazaba con el cremallera.

—¿No te agobia depender tanto de la Renfe? —pregunté, mientras entrábamos en el vehículo—. Con la de retrasos que tiene…

—Qué va. Me he acostumbrado, y ya no lo cambio. Me deshice del coche hace un año y desde entonces ni te imaginas el dineral que me he ahorrado. Al principio tenía la idea de comprarme otro, pero creo que me voy a quedar así.

—¿Era muy antiguo?

—Bastante, pero funcionaba bien, no te creas. El problema fue que se me cruzó un corzo en la carretera y lo atropellé de pleno. La reparación era muy cara, así que me lo quité de encima.

La carretera que llevaba a Plademunt estaba repleta de curvas y con escasa iluminación, por lo que me lo tomé con calma.

Tardamos media hora en llegar al pueblo y, una vez allí, Sara me recomendó que aparcara en la misma carretera, con el vehículo inclinado sobre el arcén, igual que hacían otros conductores delante de nosotros.

A aquellas horas, dijo, no habría ni un solo hueco libre en las calles.

Bajamos del coche y empezamos a andar. Pronto comencé a escuchar el sonido de una orquesta.

Tocaban un tema clásico de rock catalán.

Vimos a chavales reunidos en un pequeño parque, haciendo botellón y vapeando.

Hablaban a grito pelado y, aunque se insultaban, parecían estar de guasa.

Nos cruzamos con gente sonriente, algunos algo pasados de vueltas, y continuamos andando en dirección al foco de la música.

Al girar una esquina, llegamos al recinto deportivo.

Junto a la piscina había un grupo de chicas, y una de ellas gritó el nombre de Sara a la vez que levantaba un brazo. Ella respondió al saludo, pero se quedó junto a mí. Me miró, dudando si debía aproximarse o permanecer a mi lado.

—Ve —dije, al tiempo que señalaba una caseta donde servían bebidas—. Voy a pillar algo para beber. ¿Qué te apetece?

—Una Coca-Cola Zero —dijo.

De camino a la barra, me crucé con un par de trabajadores de Miranda, que me saludaron, sonrientes. Hice cola y pedí un par de refrescos. Cuando me volví con los vasos de cartón en las manos, casi choco con Marina, mi compañera del Pedraparada.

Iba bastante arreglada y le sentaba muy bien, nada que ver con el hombruno uniforme de trabajo.

—¡Hola, Víctor! —exclamó, contenta de verme.

Junto a ella iban un par de chicas de su edad, que sonrieron entre ellas tontamente. Me las presentó y nos dimos los dos besos de rigor. Olvidé los nombres al momento.

—¿Has venido con alguien? —me preguntó Marina, señalando mis dos bebidas.

—Sí, con Sara. —Y apunté con un vaso hacia la piscina.

—¡Genial! Luego os busco, ¿ok? Quiero verte bailar.

—No caerá esa breva —respondí sonriendo.

Divisé a lo lejos a Sara, que parecía haberse separado de sus amigas y me buscaba entre la multitud.

—Luego nos vemos —añadí, y fui directo hacia la posición de Sara.

La orquesta seguía tocando. Temas bastante trillados, pero que a la gente parecían gustarle.

Sara y yo nos situamos a un lado de la zona de baile, sobre el césped de la piscina.

Permanecíamos de pie y ella me contaba chismes y anécdotas sobre buena parte de los asistentes.

Lo hacía con gracia, sobre todo cuando la persona referida nos pillaba observándola y ella la saludaba como si tal cosa.

De vez en cuando me presentaba a conocidos y se refería a mí como a un compañero de Miranda; la gente respondía de modo educado, por muy achispados que estuvieran, aunque resultaba obvio que había tomate.

Acudir allí juntos era lo más parecido a una presentación en sociedad.

Al cabo de un rato, el personal comenzó a animarse y los corrillos estáticos empezaron a moverse. Sara me propuso ir a bailar con sus amigas, pero yo decliné la oferta.

—Voy demasiado sereno para eso —dije—. Ve tú, yo iré a dar una vuelta.

—¿No te importa?

—Qué va. Diviértete. Luego te busco.

Ella sonrió y, por un momento, tuve el presentimiento de que quería besarme. A mí no me hubiera importado, pero sabía que a ella no le apetecía dar más que hablar de lo que ya lo estábamos dando. En su lugar tomó mi mano y la apretó con fuerza. Después se marchó con sus amigas.

Recorrí la pista con la mirada. Había personas de todas las edades, incluso algunos críos correteando entre la gente.

De pronto, alguien me posó su manaza sobre el hombro.

Me puse en guardia y me zafé rápidamente, encarándome al recién llegado.

Resultó ser Yalomiraré, más bebido de lo que lo había visto nunca. Me relajé.

—Tranquilo, tranquilo —balbuceó—. Oye, de tanto verte detrás de la barra, creía que no tenías piernas.

—Pues ya ves —respondí—, tengo dos.

—Vamos, que te invito a unos chupitos de ratafía —dijo, tirándome del brazo.

—Luego, si acaso, Bernat. Ahora tengo que ir al baño, que me estoy meando.

—¿Estás rechazando mi invitación?

—Que no, hombre, que no. Ya habrá tiempo para eso.

A mi espalda, lo oí exclamar con voz pastosa:

—Pues ¡que sepas que a mí nadie me rechaza dos veces una invitación a chupitos! ¡Si yo invito es porque quiero y…!

Sus gritos se fundieron rápido con la música y las conversaciones.

Eché un vistazo a la barra de la caseta de bebidas y observé algo que me llamó la atención.

Nil estaba allí, solo, bebiendo una cerveza a pequeños sorbos.

Parecía aburrido, a miles de kilómetros de aquella fiesta.

Todavía no había hablado con él porque no sabía muy bien cómo abordarlo, pero se me ocurrió una manera.

Me volví hacia la pista de baile y, desde la distancia, busqué a Marina. Ahí estaba, con sus amigas. Avancé un poco, esquivando personas a mi paso, y la llamé con un gesto, señalando a un lado. Ella se aproximó sola.

—Quiero pedirte un favor —dije.

Preocupada, torció la sonrisa. Yo me giré hacia la barra y, con disimulo, señalé a Nil.

—Me gustaría hablar con él. ¿Podrías acercarte y contarle para qué he venido a Miranda?

Dudó.

—¿Estás seguro?

—¿Podemos fiarnos de él?

—Yo creo que sí.

—Entonces hagámoslo. Necesito que sea sincero. Y, para eso, yo también debo ser franco con él. ¿Crees que será capaz de guardar el secreto?

—Sí. Es de los pocos por aquí que podrían.

—Pues habla con él, por favor.

Asintió y se alejó, camino de la barra.

Cuando Marina estuvo a su altura, lo saludó dándole un par de besos. Después empezó a hablarle al oído. Al principio, él mantenía el rostro tranquilo, imperturbable. Al cabo de unos segundos, sin embargo, pareció sorprendido y preguntó algo.

Comencé a moverme en dirección a ellos. Cuando llegué, Marina ya estaba mirando alrededor, buscándome.

—Aquí está —dijo a Nil.

Él me miraba perplejo.

—Gracias, Marina —dije.

—De nada —respondió ella, volviendo de nuevo junto con sus amigas.

Nil permanecía mudo.

—¿Puedo invitarte a algo? —pregunté.

—Una cerveza, si quieres.

Llamé la atención de la camarera, una mujer vestida con una camiseta temática de las fiestas de Plademunt y un pañuelo rojo al cuello, y le pedí dos cervezas. Pagué y le pasé la suya a Nil. Él dio un pequeño sorbo, sin apartar la vista de mí. Ambos nos acodamos en la barra, húmeda y pegajosa.

—¿En serio estás aquí para descubrir lo que le pasó a Noa?

—Estoy en ello —dije—. Aunque apenas he averiguado nada hasta el momento, no te voy a engañar. En tu opinión, ¿qué crees que sucedió?

Se encogió de hombros y bufó, lánguido y taciturno.

—Lo mismo que todos: que le pasó algo malo. Aunque me parece que la poli a estas alturas ya se ha olvidado de ella.

—Debió de ser duro vivirlo todo desde la distancia, en Italia.

—Fue una auténtica mierda. Se suponía que debía reunirse conmigo allí, en las Dolomitas.

Le había encontrado un trabajo cerca de donde estaba yo.

No pensábamos quedarnos para siempre, pero sí pasar una temporada, recorrer los Alpes, viajar…

Estábamos muy ilusionados. Cuando desapareció…

, joder… Estar tan lejos se me hizo insoportable. Por eso volví.

Esta vez fui yo quien asintió, comprensivo. Al chaval se le veía afectado de verdad.

—Sé que los Mossos ya te preguntaron al respecto, pero debo insistir. ¿Te comentó algo Noa acerca de los últimos días que pasó en Miranda? Algo extraño que le sucediera, o que temiera por algo…

—Qué va —respondió con un enérgico movimiento de cabeza—. Nada de nada. Estaba entusiasmada con el viaje. No hablábamos de otra cosa.

—Pero tengo entendido que, en la fiesta mayor de Vilavella, hubo un altercado con Álex Velasco.

En cuanto oyó aquel nombre, la rabia asomó en su rostro.

—Ese es un gilipollas, igual que Rai y toda la chusma con la que se mueven. Noa se lio con él poco después de llegar a Miranda, pero lo dejó en cuanto vio de qué palo iba.

Debía insistir, pero con tacto.

—Sí, ya he oído hablar de esa perla… Pero, escucha, por lo que me ha comentado Marina, esa noche la amenazaron con que no contara algo que ella sabía. ¿Tienes idea de qué iba eso?

—Eso era por el trapicheo —dijo Nil, llevándose el vaso de cerveza a la boca—.

Seguro. En cierta ocasión le pidió que le guardara una bolsa cargada de marihuana.

Ella lo hizo, pero después le advirtió que no volviera a pedirle algo así y fue cuando lo mandó a paseo.

Todos sabíamos que trapicheaban, se relacionaban con los albaneses.

Se rumoreaba que tenían plantaciones, aunque nadie se imaginaba lo de la plantación de Miranda, la verdad.

Si Rai estaba allí, Álex no andaría muy lejos.

—¿Temían que Noa los delatara?

—Puede, pero me cuesta pensar que por eso acabaran con ella.

Ellos quizá no, pensé en aquel momento, pero ¿y los albaneses?

Di un sorbo para ganar tiempo y dejar de presionar. Miré a mi alrededor. Todo seguía tranquilo. El estilo de música de la orquesta había cambiado a temas más actuales. Ahora los más jóvenes coreaban las letras. Retomé la conversación soltando otro de los hilos que tenía en mente.

—¿Conoces a Wilmer, el pinche de cocina?

—Sí, claro.

—Seguro que más de un día fue al Pedraparada a trabajar y coincidió con Noa allí. ¿Sabes qué tal se llevaba con él?

Dudó unos instantes.

—No sé, normal, creo… Es un tío bastante solitario. No se junta con mucha gente…

De pronto, calló por completo.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—No sé, quizá sea una chorrada.

—Da igual, cuéntamelo de todos modos.

—Durante varios días, una semana o así, Noa comenzó a recibir llamadas de un número que no conocía.

Cuando descolgaba, nadie respondía, solo se oía una respiración.

Daba bastante mal rollo. Le pregunté si le había dado su número a alguien antes de que comenzaran y me dijo que sí, que a un par de compañeros, entre ellos Wilmer.

Bloqueó el número y nos olvidamos del tema, porque no hubo más llamadas.

—¿Llegó a pensar Noa que pudiera tratarse de Wilmer?

—Lo comentó como una posibilidad, porque llevaba días tirándole la caña, invitándola a bajar a Quintana, a ir al cine, cosas bastante inocentes, pero ella le dio largas; por entonces, nadie sabía que manteníamos una relación en secreto.

De todos modos, ese verano Wilmer estuvo pocos días trabajando en Miranda.

Creo recordar que lo operaron de urgencia y pasó buena parte del verano ingresado en el hospital.

—¿Le hablaste de esas llamadas a los Mossos?

—La verdad es que no, porque sucedieron mucho antes de la desaparición, a finales de julio o así, y hasta ahora no lo había recordado. Debería haberlo hecho, ¿no?

—Acabas de hacerlo, tranquilo.

Me miró con sorpresa. Entonces caí en la cuenta de que ya no era policía, o al menos no un policía en activo. Apuré mi cerveza y dejé el vaso vacío sobre la barra.

—Muchas gracias —dije—. Cualquier cosa que recuerdes, puedes contármela, por chorrada que parezca.

Antes de alejarme de la barra, dijo:

—Sara es buena tía. Y se la ve feliz. Espero que os vaya bien.

—Quién sabe —respondí—. Estaría bien, pero quién sabe.

Regresé a la pista de baile en busca de Sara. A medio camino, Marina me abordó.

—¿Cómo ha ido?

—Bien, bien… —respondí, con pocas ganas de dar explicaciones.

De pronto sentí la necesidad de formular una pregunta que llevaba tiempo rondándome la cabeza.

—Una cosa, Marina. —Tomé aire antes de exteriorizarla—: ¿Tú dirías que Noa era feliz?

Me miró algo extrañada.

—¿En Miranda?

—Bueno, en general. En la vida. ¿Dirías que era feliz?

No dudó.

—Sí, yo creo que sí era feliz.

Me alegré por ello… y a la vez sentí mucha pena.