Nuestra señora del abismo 37
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Cuando la llamada se cortó, el sargento César Sánchez tardó varios segundos en apartar el teléfono móvil de la oreja.

Y siguió aferrándolo con fuerza un rato más, tenso y muy cabreado.

Acababa de mantener una conversación con Íngrid, su esposa, y, a falta de una expresión mejor, podía decirse que había perdido otra batalla.

Pero no una batalla cualquiera, sino una de las que dan muchos dolores de cabeza.

En cuanto le había comentado que tenían que dejar las vacaciones para más adelante, que iban cortos de personal, que en verano la afluencia de turistas aumentaba, que las fiestas populares daban mucho trabajo…

, ella le soltó, antes de colgar sin darle opción a réplica: «Pues, si no vienes tú, vamos nosotros.

Subimos a pasar agosto contigo a Quintana».

En realidad, en el piso de Quintana cabían los tres sin problema, y las noches allí eran más frescas y el crío dormiría más a gusto, pero él prefería que no subieran. Y no porque no los echara de menos.

El volumen de trabajo era solo una parte de las excusas.

Algo raro flotaba en el ambiente de aquella ciudad, se respiraba una tensión tan extraña que ni siquiera el aumento de veraneantes conseguía disipar.

La comunidad musulmana parecía a la defensiva, especialmente desde que habían comenzado a surgir indicios de que el fuego en la mezquita había sido intencionado, y los partidarios del alcalde se mostraban hostiles a cualquier insinuación de su vinculación con el incendio…

Era raro el día que las patrullas no fueran a cubrir algún incidente relacionado con problemas vecinales, trifulcas y peleas entre lo que cada vez parecía más evidente: dos marcados bandos contrarios.

César prefería mantener a su familia apartada de todo eso, pero Íngrid no le había dado opción, entre otras cosas porque Rossana se marchaba de vacaciones en agosto y no podían contar con su ayuda.

Tardó unos segundos en percatarse de que uno de los teléfonos de mesa sonaba en la oficina. Salió de su despacho y constató una vez más que no había nadie allí. Arnau había salido a comer y los dos agentes de las tardes, Sebas y Carme, estaban tomando una declaración.

Se aproximó a la mesa del cabo y levantó el auricular. En la pantalla aparecía una extensión que no le sonaba, y unas siglas que no logró descifrar. Cada dos por tres cambiaban el nombre de las unidades.

—UI Quintana —dijo a modo de saludo.

—Buenas, UI Quintana —respondió un tipo con voz monótona—. Llamo de la Unidad de Coordinación Interpolicial. Quería hablar con algún responsable.

—Yo mismo.

—¿Y tú quién eres?

La pregunta sonó con tono de incredulidad, como si la voz de César no fuera digna de un mando. Al instante, la irritación le recorrió el espinazo de arriba abajo, varias veces.

—Soy el jefe de la Unidad. Sargento César Sánchez.

—Ah, pues perfecto. —El tipo pareció aliviado—. Escucha, nos habéis hecho llegar una petición de antecedentes penales de un extranjero, pero nos faltan un par de datos para poder tramitarla…

El cerebro del sargento iba a mil por hora: ¿qué petición de antecedentes de un extranjero?

—¿Me puedes pasar el número de expediente? —preguntó César, como si tuvieran varias decenas en curso.

—Sí…, el 95646.

—De este año, ¿no?

—Eeeh…, claro. ¿Cuál va a ser si no?

—Solo era una duda. Pues deja que lo mire y te llamo. A esta extensión que aparece en pantalla, ¿verdad?

—Eso es.

—¿Y por quién pregunto?

—Por el cabo Pau Vidal.

Y colgó sin darle opción a réplica.

La principal preocupación de César en aquellos momentos era averiguar a qué se debía aquella petición de la que no tenía ni idea. Leía los avances de cada investigación a diario. Y no se consultaba nada sin que él diera el visto bueno.

Cuando tecleó en su ordenador aquel número de expediente descubrió que Arnau deseaba saber si constaban antecedentes de un tipo llamado Wilmer André Cedeño Ramos en su país de origen, Perú.

Para enmascarar aquella petición, había utilizado un caso ya cerrado y cuyos autores eran de todo menos peruanos… ¿A qué venía aquello?

Justo cuando se disponía a telefonear a Arnau para pedirle explicaciones, el cabo entró por la puerta de la oficina. Tan pancho. Solo le faltaba silbar.

—¡Arnau, ven aquí!

El cabo se detuvo un instante, lanzándole una mirada a su superior. Después suspiró, resignado, y avanzó hacia el despacho de César.

—¿Quién es Wilmer André Cedeño Ramos? —le espetó en cuanto cruzó el umbral de la puerta.

—¿Cómo te has enterado?

—Han llamado los de Interpolicial. Por lo visto faltaban datos en la petición.

—Mierda, es que parece que no hay quien se aclare con esos formularios. Ya me extrañaba a mí que funcionara a la primera…

—No has respondido a mi pregunta.

El cabo tomó aire. Después miró a su jefe con el ceño fruncido, tratando de quitarle hierro al asunto, y dijo:

—No te enfades, ¿vale? Pero el compañero que trabaja en Miranda, Víctor Trafalgar, tiene sus sospechas.

Aquello sacó de sus casillas al sargento. Pero ¿es que nadie le hacía caso, ni en su casa ni en la comisaría?

—¿Qué pasa? —saltó—. ¿Que ahora trabajamos para él o qué? ¡No me jodas! Está suspendido de empleo y sueldo. Ahora mismo no es ni siquiera policía.

—No estoy de acuerdo.

—Me da igual si estás de acuerdo conmigo o no.

Aquí mando yo, ¿me oyes? Y no compartimos información con un policía suspendido de empleo y sueldo al que van a inhabilitar de por vida.

No pienso jugármela por él ni pienso tolerar que lo hagas tú.

Y menos por… ¿Qué carajo le hace sospechar de ese tal Cedeño?

—No ha entrado en detalles, la verdad.

—Pues escúchame bien: tienes la mesa repleta de casos abiertos, casos en los que hay que hacer gestiones, que se pueden resolver y que nos pueden subir la estadística para que nuestro jefe Aparisi esté contento y satisfecho.

Eso es lo que quiero que hagas, ¿queda claro?

Y olvídate del tal Cedeño ese y de cualquier cuento con que te venga tu amigo el camarero. Aquí no hacemos favores a ese tío.