36
Ya había comenzado a anochecer cuando salimos del bar L’Estrella y tomé el tren.
Iba bastante achispado. Costaba seguirle el ritmo a aquel poli, grande como un armario, y ni siquiera el bocadillo de butifarra y las bravas me habían servido para hacer un poco de colchón y ayudarme a contrarrestar el efecto de tanta cerveza.
Estaba cansado, pero no como para quedarme dormido. Durante el trayecto le di vueltas a lo último que me había contado Arnau antes de despedirnos:
—Una cosa antes de irme… Lo de la plantación de marihuana fue una buena jugada, pero arriesgaste demasiado. Espero que no te traiga problemas.
Ahogué un «¡qué cabrón!» y traté de mostrarme indiferente, sin rehuir su mirada.
—No sé a qué te refieres… Más allá de las noticias, claro.
—Como quieras. En todo caso, son simples conjeturas mías, no las he hablado con nadie, ni las hablaré.
Pero déjame decirte que, si Rai Garrigosa estaba en el ajo, su colega Álex Velasco no andaría muy lejos.
Y, aunque no sea más que un capullo descerebrado, te puede buscar algún problema en caso de enterarse de que tú…
—Enarcó las cejas y desvió la mirada antes de continuar—: Es decir, en caso de que crea que tú puedas estar implicado.
—Por suerte, yo no tengo nada que ver con eso.
—Ya, menos mal… —Sonrió y añadió después—: Ahora que caigo, a su hermana la conoces, ¿no?
—¿A Sara? —Arnau asintió—. Sí, claro.
—Buena chavala. Bastante bien ha salido para todo lo que ha vivido.
Por un momento dudé si debía o no preguntarle al respecto. Sentía curiosidad, pero también temía inmiscuirme en su pasado si ella misma no me lo había revelado. No lo veía justo. No obstante, Arnau me lo contó por iniciativa propia:
—Su padre era un alcohólico crónico. Y un maltratador.
De hecho, se llevó por delante a su madre de una paliza.
Sara y su hermano se quedaron al cuidado de la abuela.
Y el viejo murió de cirrosis en la cárcel.
Por supuesto, todo eso pasó antes de que nosotros asumiéramos las competencias aquí arriba.
Pero bueno, en Quintana todo se sabe. Y, por desgracia, hay historias que resulta imposible borrar.
Cuando llegué al valle de Miranda ya había caído la noche. En la estación me crucé con un centenar de visitantes que hacían cola para tomar el último tren.
El Pedraparada estaba a punto de cerrar, de modo que me acerqué para ver qué tal les había ido el día a mis compañeros, y de paso echarles una mano cargando neveras.
De pie junto a la barra aguardaba un hombre vestido con una chaqueta larga de color azul oscuro y botas técnicas negras.
Era un tipo bajito, de poco más de metro sesenta, con una nariz prominente.
Llevaba el cuello de la chaqueta levantado y mantenía las manos en los bolsillos.
Al acercarme a él, advertí en el pecho de la prenda, a la izquierda, el logotipo de una conocida empresa de seguridad.
Até cabos. Aquel era el vigilante del que me había hablado el mosén, el que resolvería los robos que estaban aconteciendo por el Valle. Escruté con más detalle su rostro lleno de arrugas y advertí que me miraba con suspicacia. Soltó:
—¿Pasa algo?
—Nada. Trabajo aquí.
Decidió ignorarme y desvió la mirada hacia la cocina del bar, de la que segundos después salió Marina, terminando de envolver un bocadillo con papel de aluminio. Lo metió en una bolsa de plástico junto a una botella grande de agua y un puñado de servilletas de papel.
—Ponme un café también —le indicó el vigilante—. Y échale un poco de brandy. Magno, si puede ser.
Marina desvió la mirada hacia Gero, que estaba cuadrando caja un poco más allá.
—A mí lo que me han dicho —especificó el encargado, tratando de mostrarse comedido— es que en la cena solo te entra un bocadillo caliente y agua.
—Y un café —insistió el vigilante. Gero arrugó el morro, poco convencido. Cuando parecía dispuesto a ceder, el otro añadió—: Y hemos acordado que, si pago un euro, me entra también una copita de coñac.
Marina y yo cruzamos una mirada, sorprendidos. ¿De dónde habían sacado a aquel tío?
La chica consultó con la mirada al encargado, que gruñó al perder la cuenta. Dejó las pilas de billetes sobre la barra y espetó:
—Ponle la copa, pero que pague.
—Puedes usar una botellita de agua vacía —se apresuró a indicarle el vigilante a Marina, esta vez en voz baja—, y estírate con el brandy, no me seas garrepa … Y que sea Magno, recuerda.
Me acodé en la barra junto a aquel tipo y no pude evitar preguntarle:
—¿Así que te vas a quedar toda la noche en pie, vigilando?
El segurata me lanzó una mirada de perdonavidas, por encima del cuello de su chaqueta, pero el resultado fue bastante cómico. Marina se dio la vuelta para ahogar una carcajada y yo aguanté estoicamente y seguí preguntando:
—¿Dónde te alojas?
Tras darme un repaso de arriba abajo, respondió con una mueca de asco:
—En la cabaña que hay junto a la estación.
Quizá lo de cabaña se quedaba corto. Era una edificación de dos plantas construida en madera que solía utilizarse en invierno para alojar a media docena de monitores de esquí.
—Buen sitio —dije—. Desde ahí tienes una buena panorámica de toda la parte frontal del valle.
El tipo cogió la bolsa con la cena y se aproximó a mí tratando de intimidarme.
—Para tu información, tengo una vista de lince —dijo—. Soy capaz de distinguir en plena noche la brasa de un cigarrillo a un kilómetro de distancia.
—Joder, qué vista. Que Dios te la conserve muchos años.
El tipo apretó los labios, sin saber cómo tomarse mi comentario.
—Pase lo que pase aquí —dijo a modo de despedida, alzando una mano y trazando un círculo con el índice—, voy a averiguarlo y erradicarlo. Así que mucho cuidado.
Dio media vuelta y comenzó a alejarse hacia la puerta.
—¡El euro! —exclamó Marina.
El vigilante se detuvo. Aquello jodía el dramatismo de su escena. Se volvió hacia mi compañera y dijo:
—Ahora no tengo suelto, ya, si eso, mañana te lo pago.
Gero, que por fin había terminado de hacer caja, lo dejó pasar y el vigilante se marchó.
Y yo me quedé un poco más tranquilo, al advertir que aquel tipo era un inútil total.