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Arnau Ventura y Víctor Trafalgar se encontraban en el bar L’Estrella, un local situado en las inmediaciones de la principal estación del tren cremallera, en el corazón mismo de la villa de Riudellums, merendando en una de sus muchas mesas de madera. Llevaban un buen rato hablando.
—Pero a Andrés no le tocaste un pelo, a ese lo trincaron tus compañeros en cuanto tu ex lo identificó —dijo el cabo—. ¿Cómo llegaste al otro?
—El otro —repitió Víctor con una mueca de hastío—.
El otro… Ni te imaginas la de veces que he pensado que, de no ser por la madre de Echepares, ese otro se habría ido de rositas.
Cuando me contaron lo de la nota, la cabeza casi me explota.
Aquella información tenía que proceder de un policía. De un compañero…
—Hay que ser un auténtico canalla para hacer algo así. De todos modos, de alguno sí que comenzaste a sospechar pronto, ¿no?
—Así es. Aunque me costaba creer que incluso él fuera capaz de llegar tan lejos. Sin embargo, lo hizo.
—Pero ¿por qué?
—No lo sé. Me gustaría darte alguna razón concreta, porque hice esto o aquello tal día, pero es que no sé qué cojones le molestaba tanto de mí.
Reconozco que me cuesta trabajar en equipo, eso siempre ha sido un hándicap para mí.
Me acarreó problemas en el GEI y también con algunos compañeros de la Unidad de Investigación, aunque no con todos.
A este del que hablamos no le gustó lo más mínimo mi llegada a la comisaría de Hospitalet.
Y no sé por qué. No sé si es que le daba asco, si me tenía envidia por algo, o que me veía como una amenaza a su estatus allí.
O quizá yo había tenido un roce con algún amigo suyo en otro destino, no tengo ni idea.
Te juro que no sé qué le pasaba conmigo.
El caso es que, siempre que podía, me boicoteaba.
De pronto me faltaba algún documento, o no me llegaba un recado importante.
O mis atestados no se entregaban en el juzgado…
Estuvieron a punto de imputarme en una ocasión.
Y siempre acababa apareciendo su nombre de por medio.
Cada vez iba a más, hasta que lo pillé por banda un día y le avisé de que, si seguía así, lo lanzaría por la ventana del despacho, que estaba en una segunda planta.
Lo dije muy en serio y el tío lo captó. Y yo creía que la cosa había quedado clara, hasta que sucedió lo de Marta.
—Pero ¿cómo estabas tan seguro de que había sido él?
—Eso fue sencillo. Yo ya no vivía con Marta cuando Andrés se presentó en su casa.
Había vivido allí hasta un mes antes, pero entonces ya no.
Sin embargo, aquel era mi domicilio según esa nota.
¿De dónde había salido aquella información, si yo ya había notificado a personal vía telemática cuál era mi nuevo domicilio?
Arnau abrió mucho los ojos. Sabía que antiguamente, en todas las comisarías, los de personal guardaban carpetas físicas individualizadas con toda la información relativa a los agentes y la documentación que estos presentaban a administración.
A pesar de que hacía ya un tiempo que todo se gestionaba de manera informática, esas carpetas seguían existiendo y se encontraban en los despachos de administración, que nunca se cerraban.
—La carpeta de Recursos Humanos.
Víctor asintió.
—Fui a buscar mi carpeta, cogí también un par de objetos que aquel cabrón tenía en su bandeja de trabajo y se lo llevé todo a un colega de Científica para que buscara coincidencias.
Y vaya si las encontró. El muy gilipollas se había preocupado de no dejar ninguna huella en la nota, pero se olvidó de ser igual de escrupuloso con la carpeta de administración.
Y, al enterarme de eso, fui a por él. No lo lancé de ninguna segunda planta…
, pero prácticamente quedó igual. Mi intención no era matarlo. Solo que sufriera.
—Es más que probable que pierdas tu trabajo —dijo el cabo.
—Soy muy consciente, y no te imaginas lo mucho que me jode. Aun así, acataré las consecuencias e intentaré seguir adelante.
Tras aquello, ambos se quedaron en silencio.
Arnau alzó una mano en dirección al camarero y le pidió dos jarras más. Cuando llegaron, Arnau levantó la suya y dijo:
—Gracias.
—¿Por qué? —El cinismo había vuelto al semblante de Víctor—. ¿Por contarte mis penas?
—Por ser sincero conmigo.
—No es que me guste mucho hablar del tema, pero tenía el presentimiento de que me entenderías… o que, al menos, no me juzgarías a la ligera… —Hizo una pausa y soltó—: Y también tenía la esperanza de que me ayudaras.
El cabo enarcó las cejas.
—¿Con todo eso que me acabas de contar?
—No, qué va. Quería pedirte un favor. Hay un tipo trabajando en el hotel, en la cocina, del que me gustaría saber si tiene antecedentes en su país de origen.
—¿De dónde es?
—De Perú.
Arnau se pasó una mano por la barba y después entrelazó los dedos.
—Para eso tengo que contactar con la Oficina Interpolicial, que eleven la consulta a la Interpol. No es difícil, pero tendré que justificarlo. ¿Tiene antecedentes aquí?
—Contaba con que me dijeras eso también. Pero me da que no. Lleva unos dos años en España y vive casi como un ermitaño.
—Entonces ¿por qué sospechas de él?
Víctor se echó hacia atrás, apoyándose en el respaldo de la silla.
—No es que tenga nada contra él, la verdad… Pero me da que el tío cumplió condena en su país. Y me pregunto por qué. Tú intenta averiguar si tiene un pasado en Perú, ¿me harás ese favor? Te paso el nombre por WhatsApp.
—¿Sigues pensando que se trata de un agresor de mujeres? ¿Algo así como un depredador?
—Durante los últimos cuatro años —respondió Víctor—, han desaparecido cuatro mujeres, una por año. El caso de Jordi Mateu desconcertaba, hasta que salió de la ecuación. ¿Acaso no lo has pensado tú también?
—Claro, coño. ¿O qué te crees? Pero en ninguna de las investigaciones llegamos a nada.
Pudimos haber hecho más en un par de ellas, pero ni dábamos abasto ni teníamos los medios.
Además, todas eran mayores de edad. Como la chica que te ha traído aquí, Noa.
Su desaparición no se consideró inquietante hasta bastantes días después, y para entonces podía haber desaparecido en cualquier sitio de camino a Italia.
—¿Qué me puedes contar de las dos primeras? —preguntó Víctor.
—A ver. La primera de ellas era de aquí de toda la vida.
Se llamaba Carmela Bas y tenía cincuenta tres años.
Vivía a las afueras de Vilavella, en una zona de casas aisladas, completamente sola…
Bueno, sola sola, no. Tenía reses y un perro.
Y también cuidaba de un pequeño huerto. Desapareció de repente, una noche, a finales de noviembre.
No se había llevado su Range Rover ni se había preocupado de que alguien se encargara de sus animales, como hacía siempre que se marchaba unos días.
Era revisora del cremallera, y su día a día era el trabajo, las bestias y el huerto.
Se especuló mucho con que tenía un novio o una novia, que se fugó por amor, pero eso es casi para partirse.
Porque era la tía más seca que he visto en mi vida, con una mala leche del carajo.
—¿La conocías?
—De vista, de cuando ella bajaba a Quintana a comprar al mercado o a alguna tienda, o de encontrármela al coger un cremallera para subir a Miranda.
Y con eso ya tuve bastante. Tuvo algunos enfrentamientos con clientes, enganchadas en el tren, casi todo por chorradas.
El caso es que se esfumó de la noche a la mañana.
—Y de la segunda, ¿qué me cuentas?
—Olaia Balaguer. Ella no era de la zona.
Llevaba un par de años trabajando como cocinera en el autoservicio.
Cuarenta y dos años, discreta, trabajadora.
Desapareció a mediados del mes de marzo, unos cuatro meses después que Carmela.
Tenía la costumbre de bajar a pie por el camino viejo hasta Vilavella, donde solía aparcar el coche.
No llegó a subir a él. Tampoco pudimos concretar si llegó a Vilavella o se desvió del camino antes.
Hay apenas cuatro repetidores en esta zona y cubren un terreno demasiado amplio para acotar nada.
Por esas fechas, el deshielo suele echar para atrás a muchos senderistas, de modo que se cruzó con pocos testigos.
Cuando no estaba en Miranda, vivía con su hermana y su madre en Manlleu.
Todo el mundo hablaba bien de ella, en el mejor de los sentidos.
Al oír aquello, Víctor apuntó:
—Otra soltera.