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Pasaban algunos minutos de las cuatro y media de la tarde cuando entré en la sala de personal. La última vez que estuve allí fue la noche del sábado, y el lugar estaba tan cambiado que no parecía el mismo. Ahora, sin embargo, volvía a ser la estancia gélida y poco acogedora de siempre.
Al fondo de la sala, el televisor de cincuenta pulgadas estaba encendido, y las cortinillas de las ventanas del techo abuhardillado, bajadas; sin embargo, no se veía a nadie.
Las mesas estaban vacías, al igual que el futbolín y el billar, y ninguna cabeza asomaba por encima del respaldo de los sofás.
Asomé la cabeza por encima de uno de los respaldos y me encontré con Wilmer tumbado a lo largo, vuelto hacia la pantalla.
El pinche de cocina peruano iba vestido con su habitual chaquetilla blanca de trabajo y sus pantalones de cuadritos negros y blancos.
Era de los pocos que no tenían televisor en su habitación y yo sabía que solía subir por las tardes a descansar y ver algo.
Me agaché, aprovechando que se trataba de uno de los pocos pasajes tranquilos de la película, y dije:
—Lo que no te mata te hace… diferente.
Wilmer dio un respingo en el sofá y se volvió hacia mí.
Parecía desencajado; era probable que estuviera medio dormido, o roque del todo. Hacía apenas media hora que había finalizado el turno de las comidas en el restaurante del hotel.
Alargó una mano para coger el mando a distancia y detener la reproducción. Después me miró con gesto serio y dijo:
— Batman. El caballero oscuro.
—Correcto —respondí, acomodándome en una butaca orejera frente a él.
—Pero hay un problema —me corrigió—: En realidad el Joker dice en la versión original que «lo que no te mata te hace… más extraño».
—Bueno, ya sabes, son cosas del doblaje y de hacer coincidir las palabras con el movimiento de la boca.
—Aun así, me gusta más el original.
—Sí, queda más inquietante, la verdad. —Señalé la pantalla y dije—: No veas cómo reparte Uma en esta, ¿eh? A mí me encanta.
—Sí, la película está bravaza.
—Te dejo que acabes de verla. No te molesto más. —Hice amago de ponerme en pie.
—No, no, tranquilo. —Wilmer se apresuró a detenerme, alargando una mano, la misma que lucía aquel tatuaje carcelario de cinco puntos—. Si ya la he visto como una docena de veces… Vamos a conversar un rato, que estoy más aburrido que una puerta de iglesia.
—Como quieras —dije, acomodándome de nuevo en la butaca. Él se recostó—. Desde que estoy currando aquí arriba no he podido ir al cine, y ya va tocando. ¿Sabes si en Quintana hay alguna sala?
—Sí, algo hay. Pero no te hagas muchas ilusiones.
Es un teatro antiguo que convierten en cine los fines de semana.
Pasan alguna peli más o menos nueva, pero la imagen y el sonido son una desgracia.
Yo prefiero ir a otro sitio. Intento escaparme una o dos veces por semana, cuando no me toca quedarme a dormir acá arriba.
Y a veces hasta me hago doble función. Con el tren, en poco más de una hora estás en alguna ciudad con multicine. Vale la pena.
—Seguro que sí. A ver si puedo acompañarte un día, ¿no?
—Sí, claro.
—A no ser que vayas acompañado; en ese caso, no me gustaría interrumpir nada…
Wilmer soltó una carcajada.
—Qué va, si siempre voy solo… Y no será porque no lo intente, ¿eh? Pero no hay flaca que me dé bola.
—¿Y eso?
—¿Qué va a ser? Pues que soy un desastre con las mujeres. Me cuesta chamuyarlas y, cuando lo hago, me mandan a volar.
—Quizá el problema sea que apuntas demasiado alto.
—Puede, pero no siempre. Yo le doy a todo, amigo, a ver si cae algo. Pero ni los cacharros más maltratados me hacen caso, ¿me entiendes? Ni las más feítas.
Se subió la manga de la chaquetilla de cocina para rascarse el codo, y adiviné el inicio de otro tatuaje en su brazo, hecho también con aquella característica tinta azul usada en los presidios.
Parecía un dibujo chusco de una serpiente enroscada en torno a un puñal.
Wilmer debía de tener un par de años menos que yo, pero la piel surcada de su rostro moreno indicaba que había estado expuesto a las inclemencias de una vida dura.
—¿Cuántos años llevas aquí, Wilmer?
—¿En Miranda?
—Sí, bueno, en Miranda y en España en general, trabajando.
—Llegué hace como dos años, y me vine al toque a la casa de mi hermana, que vive en Riudellums desde hace… Uy, no sé, como diez años más o menos.
—¿Y siempre has trabajado aquí, en Miranda?
—Casi, casi. Estuve chambeando un tiempo como limpiador, por una empresa de servicios. Luego me ofrecieron venir acá como pinche. Y, como tengo algo de cancha en cocina, acepté. Guisar me gusta. La cocina peruana es una delicia, por si no lo sabías.
—Lo sé, lo sé… Pero estar aquí arriba, tan aislado…
—Me gusta bastante, te lo aseguro. Y estoy mejor acá que en casa de mi hermana. Allá hay demasiada gente. Y yo quiero ahorrar. Además, este lugar me recuerda a mi tierra.
—¿Y eso?
—Yo soy de La Rinconada, en el departamento de Puno. No solo es la ciudad más alta del Perú, sino también la más alta del mundo. Me gustan las alturas, y puedo soportar el soroche…
—¿Soroche? ¿Qué es eso?
—Es lo que ustedes llaman «mal de altura», ¿sí?
El mal de la montaña. Allá es común en los que recién llegan, y a algunos les da duro, aunque lleven años viviendo en las alturas.
No se aclimatan y se les va la chaveta. La Rinconada es básicamente un centro minero, mucho más alto que esto, a 5.
100 metros, pero de alguna forma este valle me la recuerda. Por eso me siento bien acá.
—No pinta mal. Algo extremo para mi gusto —dije sonriendo buscando su complicidad, y lo conseguí—, pero no pinta mal. Y lo bueno de alojarte en Miranda es que la comida y la cama están incluidas y puedes ahorrar aún más.
—Total.
—¿Tienes pensado cuándo vas a regresar allí?
Frunció los labios y negó con la cabeza.
—Por ahora, prefiero esperar. No tengo apuro en volver. Me gustaría algún día, no te voy a mentir, pero no por ahora.
—¿Malos recuerdos?
—Ajá —asintió, desviando la mirada hacia la pantalla—. Y, cuando te dan una segunda oportunidad, es de tontos desperdiciarla.
Noté que el teléfono móvil me vibraba en el bolsillo. Lo saqué discretamente y vi que me llamaban con número oculto. Volví a guardarlo sin responder; prefería acabar la charla sin prisas.
—Bueno, Wilmer, esta semana ya me he quedado sin días libres —dije, desplazándome hasta el borde de la butaca—, pero ojalá coincidamos pronto y vamos al cine a ver alguna peli juntos.
—Claro. Cuando quieras bajamos y nos hacemos una doble función.
—Genial —respondí, levantándome.
Alcé una mano en señal de despedida y, mientras me alejaba, Wilmer pronunció a mis espaldas:
—El mejor truco realizado por el diablo fue convencer al mundo de que no existía.
Me sentí tentado a responder el título de la película, pero en el último momento opté por darle el gusto de la victoria. Me giré con cara de confusión y dije:
—Ahí me has pillado.
—Creo que acá la conocen como Sospechosos habituales , pero para nosotros es Sospechosos comunes.
—Esa ha sido buena. Pero no te saldrá gratis. Me vengaré.
—Cuando quieras —respondió riendo.
Aún no había salido de la sala, que ya le había dado al play y la banda sonora de la película invadió la estancia.
Cerré la puerta a mis espaldas y anduve hacia la escalera, recapacitando acerca de lo que Wilmer acababa de narrarme sobre su vida.
Apenas había descendido un par de escalones cuando mi teléfono volvió a vibrar.
Lo saqué y esta vez no se trataba de un número oculto, aunque tampoco tenía registrada a la persona que me llamaba.
—¿Diga?
—Víctor, soy Arnau Ventura, el…
—El cabo de la UI Quintana, ya. Eras tú quién ha llamado antes desde la comisaría, ¿no?
—El mismo. Este es mi número personal. Guárdatelo, ¿vale? Y escucha una cosa: hoy tienes libre, ¿no?
—Algo así.
—¿Y estás en Miranda?
—Sí.
—Pues coge el cremallera y baja hasta Riudellums.
—¿Por qué?
—Porque quiero invitarte a unas cervezas.
—¿Y eso? ¿Buscas una confesión a base de emborracharme?
—No, hombre, no. Busco que me expliques tu historia. —Hizo una pausa y respiró hondo antes de continuar—. Quiero oírla de ti, no leerla en un atestado ni que terceras personas me den su opinión. ¿Te apetece?
No me apetecía mucho, la verdad. El cabo parecía de fiar, pero pegarme el tute de coger un tren para volver a recordar todo aquello… Sin embargo, se me ocurrió que, a cambio, yo también podía sacar algún beneficio de aquel encuentro.
—Aparte de las cervezas, supongo que me invitarás a comer algo, ¿no?
—Claro, coño. ¿Por quién me tomas?