Nuestra señora del abismo 33
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El martes por la mañana, Arnau Ventura volvía de entregar un oficio en el juzgado al volante del Dacia Duster de paisano, cuando recibió la llamada de Borja Sahuquillo.

Sahuquillo era cabo en la Unidad de Investigación de L’Hospitalet de Llobregat y se conocían desde hacía unos cinco años, cuando ambos participaron en un curso de cibercrimen impartido en la Escuela de Policía.

Arnau resultó ser el único de Quintana que podía permitirse el lujo de perder dos semanas en Mollet del Vallès aprendiendo sobre phishing , servidores proxy y direcciones IP, y no le quedó otra que acudir a regañadientes.

En realidad, los cursos eran realmente útiles en los descansos, al interactuar con compañeros de otras comisarías, consolarse mutuamente por las mismas miserias laborales, comparar métodos y contrastar experiencias.

Y, en aquel curso, Arnau hizo buenas migas con Sahuquillo.

Por eso la noche anterior le había enviado un mensaje, para ver si podían hablar.

Descolgó y se llevó el teléfono a la oreja, mientras con la otra mano sujetaba el volante.

—Buenas, Borja, ¿cómo andas?

—Yo bien. ¿Y tú qué tal por las montañas? Al menos dormirás fresco, ¿no, cabrón?

—Dormiría más fresco si estuviera de vacaciones. Pero aún me queda para eso.

Se detuvo en un semáforo y una mujer que pasaba por la acera empujando el carro de la compra le lanzó una mirada de reprobación al verlo con el móvil y conduciendo. Se conocían, por supuesto. Allí todos sabían a qué se dedicaba cada uno. Era lo que tenía Quintana.

—Escucha, amigo —dijo, ignorándola—, quería hablar contigo por una cosa de trabajo.

—Tú dirás.

—¿Te suena el nombre de Víctor Trafalgar?

Sahuquillo dejó pasar varios segundos antes de responder.

—Sí, ¿por qué?

—Porque ayer estuve charlando con él. No es que esté relacionado con ninguna investigación, pero el lugar donde trabaja sí…

—¿A qué se dedica ahora?

—Es camarero aquí arriba, en el valle de Miranda.

—¿Camarero? Pobre chaval…

—¿Trabajabais juntos?

—No, no, qué va. Bueno, en la misma Unidad sí, claro. Compartíamos despacho y eso. Pero él estaba en Robos violentos, y yo, en Estafas.

—¿Y qué me puedes decir de él?

—Sabes lo que le pasó, ¿no?

—Sí, he leído el atestado.

—Bueno, ahí no está todo. De hecho, la cosa fue más complicada… En fin, ¿qué quieres saber? ¿Qué tal poli era?

—Por ejemplo.

—Buen poli. Metódico. Bastante solitario, pero, bueno, eso no tiene por qué ser algo negativo. Aunque quizá fue por eso por lo que después le pasó lo que le pasó. Menuda putada le hicieron a esa pobre chica, su ex…

—Sí, la verdad.

—Supongo que ya sabrás que estuvo en el GEI, ¿no?

—Eso he leído. ¿Tienes idea de por qué lo dejó?

—Creo que lo invitaron a marcharse o algo así. Como te decía, le costaba trabajar en equipo. Pero el tío era bueno, y muy técnico; a nivel físico, me refiero. Cuando me tocaba trincar a alguien que me daba mala espina, con pinta de peligroso, siempre le pedía que me acompañara. Y el tío no fallaba.

—¿Me estás diciendo que en Estafas detenéis a gente peligrosa? ¿Os amenazan con pincharos el wifi o algo así?

Acababa de llegar a comisaría y aguardaba a que se levantara la barrera del aparcamiento exterior.

—No me jodas, Arnau. Me refiero a otros temas, que aquí curramos de verdad, que esto es la jungla.

No como tú, que te rascas las pelotas en medio del monte.

Y solo trincáis a follavacas. —Arnau no pudo reprimir una buena carcajada.

La barrera subió y entró hasta la parte trasera del edificio—.

A lo que iba —retomó Sahuquillo—. Que el tío es bastante potente… O lo era, al menos.

Tras aquello, se dieron recuerdos para las respectivas parejas, se juraron mutuamente que aquel año quedarían por fin para hacer una calçotada juntos, y se despidieron.

Justo cuando Arnau se apeaba del Duster, otro de los vehículos de paisano de la Unidad entraba al aparcamiento.

En él iban Carme y Blai, los únicos agentes del turno de mañana de aquella semana.

Antes de estacionar, Carme detuvo el vehículo y Blai bajó la ventanilla de su lado. Arnau se apoyó en el marco y preguntó:

—¿Cómo ha ido?

—Nada —respondió el agente—. Hemos visto el coche, pero hace tiempo que no lo mueven. Años, diría yo. Coméntales que la gestión es negativa.

—Están un poco desesperados, ¿no? —preguntó Carme.

—Un poco, la verdad. Tienen ADN del autor, pero no han podido identificarlo. Por lo demás, pocos indicios y ningún testigo.

Se trataba del hallazgo del cadáver de una chica violada y mutilada en el maletero de su coche en Vic, unas semanas atrás. La Unidad que llevaba el caso les había pedido que hicieran aquella gestión.

—Bueno, por nuestra parte, trabajo hecho —sentenció Carme.

Mientras el cabo aguardaba a que estacionaran para entrar los tres juntos al edificio, su mente volvió a la conversación con Sahuquillo, y recapacitó sobre lo que este le había contado acerca del pasado de Víctor Trafalgar.

Buen investigador y hábil en el cuerpo a cuerpo. Después pensó en sus heridas. Parecían recientes. De lucha. De pronto, en la cabeza de Arnau comenzó a formarse una conjetura.