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—¿Fuiste a por quien le hizo daño? —me preguntó Sara, pegada a mí.
—A ese no pude pillarlo a tiempo. Mis compañeros lo detuvieron antes. Yo fui a por la persona que lo envió allí. Y no lo maté de milagro.
A pesar de mi violenta confesión, Sara se pegó aún más a mí y me abrazó. No pidió detalles de lo que hice, ni yo se los di. Lo que sí hizo fue preguntarme por el futuro:
—¿Y ahora qué? ¿Sigues siendo policía o no?
—Estoy pendiente de juicio, y es probable que me caiga una condena importante.
—¿De varios años?
—Puede. Supongo que al final pactaremos, y apechugaré con lo que me caiga. Tengo esperanzas.
—Pero te inhabilitarán, ¿no? Te impedirán volver a ser policía.
—Es probable, sí. Al menos durante unos cuantos años. Bastantes, me imagino. Tendré que cambiar de vida por completo. Un nuevo trabajo, eso seguro. Hasta ahora, no era otra cosa más que policía. Eso me definía.
—¿Te arrepientes?
—Lo lógico sería decir que sí, pero no. Es decir, no me siento orgulloso de lo que hice, claro, pero asumo que pasó y pasó. Punto. —Hice una pausa; nos estábamos poniendo demasiado trágicos—. En fin, menuda sorpresa, ¿no? ¿Te lo imaginabas?
—¿Estás de broma? Ni de coña… Aunque preferiría que no fueras poli, la verdad.
—¿Tan mal te caen?
Esta vez fue ella la que desvió la mirada al suelo. Comenzó a desplazar con el pie pequeñas piedras de manera distraída, creando surcos en la tierra.
—No es que me caigan mal, es que… A ver, cómo te lo explico…
Me he pasado la vida viendo a la policía llegar a casa y llevarse a alguien detenido.
Primero fue mi padre, y ahora mi hermano.
Debe de ser algún tipo de trauma que se me metió en la cabeza cuando era pequeña, como si fuerais el coco o el hombre del saco.
Y sé que mi padre era un cabrón y que mi hermano no es ningún santo, pero siempre que veo un coche patrulla siento una aprensión que me recorre por dentro… Es totalmente involuntario.
—Lo siento —dije—. No sabía lo de tu padre. Lo de tu hermano podía imaginármelo, pero no tenía ni idea de que te afectara tanto.
—Mi hermano no ayuda, la verdad. Que yo recuerde, siempre se ha metido en problemas. Y encima hace días que no sé nada de él… A veces me gustaría perderlo de vista para siempre, pero, cuando no da señales de vida, me pongo de los nervios…
Sin duda estaba escondido como una rata después del descubrimiento de la plantación de marihuana, lamiéndose la herida de la pierna.
—Yo solo espero que conmigo no sientas lo mismo —dije.
Ella se encogió de hombros.
—A ti te veo diferente. No te imagino de uniforme.
—Tampoco te pierdes nada. El viejo era muy feo, y el nuevo me queda muy apretado.
—Y encima van a echarte, así que mejor ni me preocupo…
—¡Eh! —me quejé—. No te pases.