Nuestra señora del abismo 31
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Salí de la comisaría con una sensación agridulce.

Podría haberme callado y seguir con la careta de crápula cuyos huesos habían ido a parar al último rincón de Cataluña, pero en su lugar había decidido mostrar mis cartas.

Si no todas, parte de ellas. Lo hice porque intuía que las desapariciones estaban relacionadas.

Y, si pretendía obtener información del resto de los casos para dar respuesta a lo sucedido con Noa, no me quedaba más remedio que buscar la complicidad de la Unidad de Investigación.

Por desgracia, ya tenía de culo al sargento. En fin, que le dieran. A quien sí podía tantear era al cabo; su actitud había sido más receptiva, menos juiciosa. Tendría que trabajármelo.

Subí a mi coche y salí de Quintana de Ter.

Apenas hacía unas horas que había bajado de Miranda y, por alguna extraña razón, necesitaba regresar cuanto antes, a pesar de la multitud, del ambiente asfixiante de las montañas, del aislamiento.

Que estuviera Sara allá arriba era, sin duda, un buen aliciente.

También el convencimiento de que aquel era el lugar donde debía seguir indagando.

Paré en un restaurante situado a las afueras de Riudellums, donde comí un plato de carrilleras en salsa sentado a la barra, y continué mi camino hasta la estación de Vilavella.

A primera hora de la tarde, todos los visitantes del valle se encontraban ya arriba, de modo que encontré varios asientos libres en el cremallera.

Ocupé uno y comencé a hojear mi libro de cine de culto, deteniéndome en el apartado titulado «polis duros».

La lista era larga, desde Harry el Sucio hasta T he French Connection , pasando por Hana-bi , Heat , L.A.

Confidential y Bullitt . No sabría con cuál quedarme, la verdad.

Sin embargo, en aquellos momentos tenía la mente en otro sitio.

Tenía que hablar con Sara. Merecía saber quién era yo en realidad.

No estaba seguro de si lo nuestro duraría mucho o poco, pero no quería cimentarlo en una mentira.

El día anterior habíamos cruzado miradas y algunos mensajes más que sugerentes.

Apenas habíamos podido disfrutar de un momento juntos y después ella tuvo que marcharse a su casa.

En cuanto llegué a Miranda, le envié un mensaje. Debía de estar a punto de acabar el turno de las comidas. Nos reunimos al cabo de un rato y fuimos a pasear por el camino del albergue, también conocido como el Camí de les Creus.

De Sara me gustaba prácticamente todo, hasta su manera de vestir.

A diferencia del resto de los trabajadores, en sus ratos libres no usaba ropa deportiva ni prendas que parecían rescatadas del baúl de los recuerdos.

Llevaba unos pantalones anchos y una camiseta de los Strokes metida por dentro, lo que unido a su sinuosa forma de andar la convertía no solo en la persona más sexy de todo Miranda, sino también en la más cool .

Sobre nuestras cabezas, los habitáculos del telecabina ascendían en línea recta, lentamente, emitiendo un zumbido monótono.

El camino que seguíamos nosotros era zigzagueante, ya que debía salvar una pendiente pronunciada.

Cada cierta distancia nos encontrábamos con una estatua en forma de cruz, componiendo así un vía crucis con sus doce estaciones.

—En invierno —dijo Sara—, esto se convierte en una pista azul.

Miré a mi alrededor y conté el número de remontes. Cuatro en total, sin contar el telecabina.

—No debe de ser una pista de esquí muy grande, ¿no?

—No, qué va. Es de las más pequeñas del Pirineo.

Nos habíamos detenido junto a la tercera cruz, aprovechando su sombra. Consistía en una gran construcción metálica, inclinada y clavada en la tierra. Cada cruz era diferente a la anterior. Allí había una roca grande y baja, y aprovechamos para sentarnos en ella y descansar.

Una familia de turistas pasó delante de nosotros y permanecimos callados, observándolos. Cuando se alejaron y volvimos a estar a solas, Sara se aproximó a mí y me besó en los labios. Nos quedamos mirándonos unos segundos y, al oír una voz a lo lejos, se separó de nuevo.

Por un momento, me sentí como un adolescente, escondiéndome, vergonzoso. Ella sonrió y dijo:

—Prefiero ser discreta. ¿Te importa?

Negué con la cabeza. Tampoco era yo mucho de ir dando la nota, la verdad.

La voz que antes habíamos escuchado provenía de un grupo de excursionistas montados a caballo que se aproximaban a nuestra posición. Marchaban al paso, tranquilamente, formando una hilera, y en cabeza iba el guía, Nil.

Tendría unos veinticinco años, delgado y atlético, con barba de pocos días y ataviado con un sombrero chambergo bastante gastado, a juego con su ropa verde claro.

Sí, era el chico con el que Noa estaba saliendo en el momento en que desapareció, aunque, para entonces, él se encontraba a 1.

200 kilómetros de allí, en los Alpes italianos.

Nil solía venir al Pedraparada. Era un chico tranquilo, poco conversador, demasiado serio para mi gusto, aunque algo me decía que su carácter se había agriado en exceso a lo largo del último año. Todavía tenía pendiente hablar con él, pero me resultaba difícil abordarlo sin ser demasiado obvio.

En aquellos momentos, Nil iba dando instrucciones a los turistas que llevaba detrás, vuelto hacia ellos, asiendo las riendas con una única mano e indicándoles cómo controlar a aquellos caballos que, por otro lado, podían ir completamente solos de lo habituados que estaban a hacer siempre las mismas rutas.

Cuando pasó junto a nosotros, nos saludó llevándose una mano al ala de su sombrero y, al mirarme, sonrió con complicidad, cosa que me sorprendió.

—¡No quiere moverse! —se quejó un turista de su montura, que acababa de detenerse a comer hierba.

—¡Talones! —gritó Nil—. Demuéstrale quién manda.

El equino se hizo el loco durante los primeros intentos, pero acabó cediendo y continuó la marcha.

Su jinete, sin embargo, no parecía tenerlas todas consigo; aferraba las riendas con fuerza mientras sudaba a chorros.

El resto de los turistas seguían avanzando con más o menos destreza, con aquel vaivén tan característico, moviéndose arriba y abajo en pequeños saltos.

—¿Has montado a caballo alguna vez? —me preguntó Sara mientras se alejaban.

—Solo una vez —respondí—, y no sé qué decirte. Fue bastante más salvaje que lo que hacen estos, la verdad. Incluso galopamos durante un buen rato, pero nunca llegué a sentir que dominaba por completo al animal. Por no hablar de lo que me dolió el trasero durante días…

—¿Dónde fue?

—En Cabo San Lucas, México.

—Vaya, estás hecho toda una caja de sorpresas.

Aquel momento era tan bueno como cualquiera para sincerarme. Y no quería demorarlo más, así que dije:

—Hay algo que quiero contarte.

De pronto su expresión cambió. Acababa de ponerse en alerta.

—¿Tengo que preocuparme?

—No, no, qué va… Tampoco es que te haya mentido ni nada. Simplemente he obviado algunas cosas sobre mi pasado.

—¿Como qué?

—Como que soy policía.

—¿De verdad?

Acababa de pasar de la alarma a la perplejidad.

—Sí. Hace más de veinte años que soy mosso d’esquadra. Aunque ahora estoy suspendido de empleo y sueldo.

—¿Y eso por qué?

Agaché la cabeza y resoplé. Había contado aquello media docena de veces y, aun así, me costaba tanto confesarlo como la primera vez.

—Ya te hablé de mi anterior relación —dije. Mi voz sonaba grave. Me costaba pronunciar las palabras—. En eso no te engañé. No era muy estable: lo dejamos y volvimos a intentarlo varias veces… Hasta que sucedió algo que le puso fin por completo.

—¿Y qué fue?

—Una noche vino alguien a casa buscándome. Yo no estaba, pero ella sí. Y…

Sara se aproximó a mí. Yo mantenía la vista clavada en el suelo sin mirar nada en concreto; mi mente estaba muy muy lejos de allí. Ella me aferró del brazo con ambas manos y me preguntó, casi en un susurro:

—¿Le hicieron daño?

—Mucho.

—¿Y qué hiciste tú?

—Fui a por el culpable.