30
El sargento César Sánchez cerró la puerta de su despacho y corrió la cortina veneciana de aluminio para evitar las miradas curiosas.
En la mesa de reuniones estaban el cabo Arnau Ventura y el tal Víctor Trafalgar.
César eligió la silla que estaba justo enfrente de este último.
El tipo tenía una mirada serena y tranquila, con un punto desafiante.
Según el atestado policial de su detención, podía hacerse una idea de cómo era aquel individuo en realidad: un bravucón incapaz de controlarse y una auténtica vergüenza como policía.
En las fotos del expediente salía con el rostro intacto, a diferencia de ahora, pero su camiseta y sus pantalones mostraban grandes manchas de sangre.
Ni una gota, sin embargo, era suya. En otra fotografía en la que posaba de pie con su número de detenido, tenía las manos extendidas a ambos lados del cuerpo y sus nudillos estaban en carne viva.
Viendo ante sí las heridas que se había hecho recientemente en la cara y el cuello, resultaba evidente que la violencia formaba parte de su vida cotidiana.
Por fortuna, estaba fuera del cuerpo de manera temporal, pero sin duda era cuestión de meses que acabase expulsado de forma definitiva.
César se tomó unos segundos para repasar la carpeta con todo lo que tenían sobre Víctor Trafalgar y lo hizo con la intención de ponerlo nervioso.
Había ingresado en los Mossos d’Esquadra hacía veintidós años y, durante ese periodo, había hecho un poco de todo: patrullero en varias comisarías cercanas a Barcelona, miembro del Grupo Especial de Intervención durante algo más de cinco años, y agente de investigación.
Su último destino era, precisamente, la Unidad de Investigación de L’Hospitalet de Llobregat, la ciudad donde lo habían detenido.
Le sorprendía que aquel tipo hubiera formado parte del Grupo Especial de Intervención.
No era fácil ingresar en el GEI; se trataba de una unidad de élite cuyas pruebas de acceso eran duras y exigentes, tanto a nivel físico como mental, y donde la cohesión grupal y la cadena de mando eran el eje vertebrador de su trabajo.
Sus funciones iban desde el rescate de rehenes hasta la protección de personalidades y la detención de delincuentes peligrosos, entre otras muchas situaciones de riesgo.
Arnau carraspeó para llamar la atención de su sargento, y este apartó por fin la vista de los documentos. Miró a Víctor y dijo:
—¿Sabes por qué estás aquí?
—Por el tono solemne y por esa carpeta que tienes delante, cualquiera diría que me consideras sospechoso de la desaparición de Alba.
César cerró la carpeta; quizá había mostrado más de lo que debía.
—¿Hay motivos para sospechar de ti? —preguntó.
—No, claro que no… Tampoco necesitáis hacer esto. —Hizo un gesto, señalando a ambos policías—. Ni me siento intimidado ni hace falta que me aturulléis a preguntas para ver si me contradigo. Solo decidme qué queréis saber y yo os responderé. No tengo nada que esconder.
Arnau sonrió, provocando un ligero movimiento en su espesa barba. César, en cambio, sintió una punzada de orgullo en el pecho.
—Si nos ponemos en este plan es porque tenemos la sensación de que has estado dándonos esquinazo.
—Bueno, un poco sí, no lo negaré, pero no es porque tenga nada que ocultaros. Es porque nadie en el hotel sabe que soy…, bueno, lo que he sido hasta ahora. Y me gustaría que siguiera así.
—¿Y qué nos puedes contar del día que desapareció Alba? —preguntó Arnau.
—Pues que ese fue precisamente mi primer día de trabajo.
A Alba la había visto un rato antes, en la recepción, cuando me reuní con el director del hotel, y luego más tarde, cuando estaba tras la barra, con Sara Velasco.
Me pidió una botella de agua grande, se la di, y escuché que subía al refugio de Pas de Llops y que iba sola porque alguien la había dejado plantada.
No dijo quién. Después se marchó, yo seguí trabajando un rato más y a continuación subí a mi habitación, donde conocí a mi compañero de cuarto.
Él puede corroborar que estuve allí hasta la mañana siguiente, así que…
Eso es todo lo que sé sobre Alba. Bueno, quitando lo que he leído después en los periódicos, lo del chico marroquí y todo lo que se ha montado.
—¿Cómo has acabado en Miranda? —se interesó el cabo.
—Lo sabéis tan bien como yo. Estoy suspendido de empleo y sueldo. Necesitaba trabajar. Acudí a una empresa de trabajo temporal y me ofrecieron venir aquí. Acepté. Me apetecía cambiar de aires.
—Pues menudo cambio de aires —ironizó el sargento—. ¿Y te gusta? Porque, con la que te va a caer encima, ya puedes despedirte de continuar como mosso.
—Bueno, no está mal —respondió Víctor, con una media sonrisa. Si se había ofendido ante la pulla, conseguía disimularlo muy bien—. Como en todos los trabajos, hay cosas buenas y cosas malas. Ahora tengo que soportar a clientes maleducados y antes a mandos arrogantes. No hay trabajo perfecto.
—Un poco más de respeto al uniforme que has vestido y al trabajo que has desempeñado. Está claro que te lo tomas todo a guasa. Normal que hayas acabado así.
Víctor endureció el gesto y César sonrió satisfecho; por fin le había borrado aquella sonrisilla de listillo.
—Al contrario de lo que piensas —dijo Víctor, inclinándose hacia delante, con ambas manos sobre la mesa—, yo no me lo tomo todo a guasa.
Cierto que hay cosas que no dependen de mí, y ante eso no puedo hacer más que esperar y confiar en que saldrán bien o, simplemente, no serán un desastre.
Pero, cuando dependen de mí, cuando están en mi mano, te aseguro que me las tomo muy en serio.
—Hizo una pausa y, por un momento, pareció estar sopesando qué decir a continuación—: Os voy a ser sincero, ¿vale?
Podría sentarme aquí y decir que lo único que hago allí arriba en Miranda es servir cervezas y cafés, y esperar a que pase una jornada tras otra, a que pase el verano entero, pero no es verdad.
—¿Ah, no? —inquirió César.
—No. Estoy en Miranda por algo más… Para averiguar qué le sucedió a Noa Aguilar.
Arnau reaccionó dejándose caer sobre el respaldo de la silla, sorprendido. César, en cambio, se limitó a desviar la mirada hacia su cabo y preguntar:
—¿Quién es esa Noa Aguilar?
—La camarera desaparecida el verano pasado, durante la fiesta mayor de Vilavella —respondió Arnau. Y, dirigiéndose a Víctor, le preguntó:
—¿Qué tienes tú que ver con Noa?
—Yo nada, pero tengo un amigo en común con la madre de Noa. Cuando él se enteró de que me iba a Miranda a trabajar, me habló de ella y de la desaparición de su hija, y de que la policía no había hecho nada por encontrarla.
—Eso va por nosotros —dijo Arnau a su sargento.
—Irá por ti, pero no por mí —lo cortó César. Y entonces le preguntó de nuevo a Víctor—: ¿Has averiguado algo?
—Poca cosa.
—Y, aun así, vas a cobrarle una buena pasta, ¿no?
—No cobro nada. Lo hago solo como un favor.
—Ya…
—De eso que has descubierto —interrumpió el cabo—, ¿hay algo interesante?
—Durante los primeros días de Noa en Miranda, tuvo una aventura con un chaval bastante conflictivo, Álex Velasco. Por lo que sé, tiene antecedentes y puede estar involucrado en temas de drogas, pero tampoco he encontrado nada sólido contra él.
—Es un pieza —dijo Arnau—. Lo conozco bien. ¿Tienes algo más?
Víctor negó con la cabeza.
—Lo que sí me gustaría es preguntaros una cosa, ya que estoy aquí: ahora que ha aparecido el cuerpo del único varón desaparecido, ¿estáis considerando la posibilidad de un depredador sexual?
—Para eso tendríamos que relacionar todas las desapariciones… —respondió Arnau, con un gesto ceñudo, en dirección a su sargento.
—Basta —lo cortó César—. No vamos a compartir nada con él. Por lo que a mí respecta, y a ti también, este hombre no es policía. Está suspendido de empleo y sueldo, y dudo mucho que vuelva a tener placa.
Víctor se puso en pie y, con gesto cansado, sin apenas ganas de defenderse, dijo:
—Júzgame si quieres por lo que hice, pero, si preguntas por ahí, te dirán que era un buen policía. Sigo siendo un buen policía.
—Di lo que quieras —César también se había puesto en pie, con la mesa entre ambos—, pero respóndeme a esta pregunta: ¿te arrepientes de lo que hiciste?
—La verdad es que no —dijo Víctor, negando pesadamente con la cabeza—. No me arrepiento lo más mínimo.
—Pues ahí lo tienes —sentenció César—, la prueba de que jamás has sido un buen policía. Tú y yo no podríamos ser más diferentes.
—En un momento dado, con unas circunstancias concretas, incluso tú podrías ser diferente.
Víctor dio media vuelta y se aproximó a la puerta del despacho. Antes de salir, a su espalda, el cabo Arnau dijo:
—Estaremos en contacto.
—Como quieras —respondió Víctor.
Una vez solos, el sargento quiso dejar las cosas claras.
—Como se entrometa en nuestra investigación, pienso detenerlo si hace falta… Y habla con sus anteriores mandos, a ver qué te cuentan de él.
—César…
—¿Qué?
—Vamos a darle un poco de tregua. Ha sido sincero con nosotros, nos ha contado lo que se lleva entre manos.
—Eso es lo que tú te crees. Pero yo lo miro y solo veo problemas.