29
El servicio de comidas de aquel domingo estaba siendo especialmente duro en el Pedraparada.
Cada vez que levantaba la vista, veía cómo la cola de la caja seguía saliendo del restaurante y llegaba hasta la zona de césped.
Por eso, la puerta principal estaba casi siempre abierta y el calor de fuera entraba en el local a pesar del aire acondicionado.
Mi compañero Pol, por ejemplo, tenía la espalda del uniforme completamente empapada.
Gero, en cambio, que no era más que huesos, pellejo y J dudó un instante y, con gesto derrotado, dio media vuelta y desapareció. Amadeo bajó por fin el cuchillo.
—Ahora todos a currar —dijo Gero—. No quiero más historias.
Y, al salir a la barra, el encargado exclamó a toda la concurrencia:
—Disculpen por el espectáculo. Ya está todo solucionado.
Poco a poco volvieron los murmullos, después las conversaciones y, mucho antes de lo que yo hubiera deseado, los gritos a lo largo y ancho del salón. El trabajo no comenzó a aflojar hasta una hora más tarde. Me aproximé a Marina y le pregunté:
—¿A qué ha venido eso de antes?
—¿Lo de Amadeo? Es normal. Se preocupa por su hija.
—Pero Gero no ha puesto en duda nada de lo que ha dicho.
—Es que no hay nada que poner en duda. Amadeo es nuestro cocinero. Y Wilmer… En fin, Wilmer es un poco pesado.
—¿En qué sentido?
Marina se encogió de hombros.
—Pues ya sabes, pesado. Con las mujeres. Pesado, pesado.
—¿Tira mucho la caña?
—Sí, claro. Va probando. Y más vale pararlo, porque es de los que no se dan por vencidos. Más de una ha estado a punto de ir a quejarse a dirección.
—¿Yo también soy pesado? —bromeé.
—Tú eres de lo peor.
Al oír que reíamos, Gero nos lanzó una mirada amenazadora desde su rincón de la barra.
Seguimos al tajo un rato más hasta que el teléfono de la línea interna del hotel comenzó a emitir su monótono pitido.
El auricular inalámbrico se encontraba donde siempre, sobre la base de carga, junto a la caja registradora y los datáfonos.
Gero alzó una mano en señal de disculpa a un cliente que le estaba cantando el pedido, y respondió al aparato.
—Víctor —dijo, colgando el teléfono—, ha llamado el director. Que subas a su despacho.
—¿Qué?
—Que vayas a ver al director, que te quiere ahora mismo en su despacho.
—¿Por qué?
—¿A mí qué me cuentas? Tú sabrás lo que has hecho —sentenció, y después dio un buen sorbo al vaso de J&B con limón.
Marina había oído nuestra conversación.
—¿Es normal esto? —le pregunté.
—La verdad es que no. Y menos en domingo.
Por un momento me sentí como en el instituto. No negaré que visité el despacho del director muchas veces y que la mayoría de ellas me lo merecía.
Abandoné la barra y subí por las escaleras hasta la planta principal. Al entrar al hotel, saludé a la recepcionista y esta me dirigió una mirada suspicaz y me señaló el despacho de dirección, situado justo enfrente de su mostrador. Llamé a la puerta.
—¡Adelante!
Abrí y me topé con el director hablando por el teléfono fijo de su mesa.
—Ya está aquí. Se lo paso… De nada, ningún problema. Lo que necesiten.
Antes de pasarme el auricular, el director me susurró:
—Son los Mossos… ¿Qué carajo has hecho?
—¿Yo? Nada…
Aferré el aparato y respiré hondo.
—Hola, soy Víctor Trafalgar. ¿Con quién hablo?
—Hombre, Víctor. Por fin conseguimos dar contigo. No hay manera de que respondas al teléfono.
—Perdón, ¿quién es?
—Te llamo de los Mossos, de la comisaría de Quintana de Ter. Soy el sargento César Sánchez, jefe de la Unidad de Investigación. ¿Usas tu teléfono móvil?
—Sí, ¿por qué?
—Pues porque te hemos llamado un montón de veces y no has respondido ni por casualidad.
—He visto unas llamadas perdidas de número oculto, pero es imposible devolverlas. Y tampoco eran tantas.
—Vamos a dejarnos de historias, Víctor. Por respeto al uniforme que vistes. O, al menos, al que vestías hasta hace poco.
Al oír aquello, supe que iba a tener que cambiar de plan: eran las mismas cartas y el mismo juego, solo que las reglas variaban ligeramente.
—Está bien —dije—. ¿Qué necesitas?
—¿Que qué necesito? Que vengas a comisaría y respondas a unas cuantas dudas que tenemos.
—Por mí no hay problema, pero poco podré aportar que no os hayan dicho ya.
—Tenemos muchas cosas que preguntarte, y no todas tienen que ver con la desaparición de la recepcionista.
—Entiendo.
—Pues si entiendes, ven para acá volando.
—Estoy trabajando. Mañana libro. Podría estar allí por la mañana.
Silencio al otro lado de la línea. Y al fin:
—Está bien, pero no me la juegues. A primera hora te quiero aquí como un clavo.
—Allí estaré.
Colgué el auricular y miré por primera vez al director.
—¿A qué ha venido esta llamada? —me preguntó.
—Es por la desaparición de Alba. Por lo visto llevan días intentando contactar conmigo porque fui de los últimos en hablar con ella.
Di media vuelta, dispuesto a abandonar el despacho, pero las palabras del director me frenaron.
—Aquí no quiero problemas —dijo.
—Mi intención no es traerle problemas.
—Eso espero —dijo—. Eso espero. Porque aquí hay sitio para todo el mundo, menos para el que me trae problemas.