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La mezquita de Quintana de Ter se hallaba a las afueras del municipio, en un edificio que antiguamente servía de almacén para una empresa de congelados.
Tras unos años de alquiler, la comunidad islámica llegó a un acuerdo para comprarla, y desde entonces habían puesto especial esmero en acondicionarla.
El cabo Arnau Ventura observaba la fachada ennegrecida de la mezquita y solo podía pensar en la entrevista de la noche anterior al alcalde. Sus declaraciones habían sido más incendiarias que nunca.
El edificio aún humeaba y desprendía un hedor a moqueta requemada y madera chamuscada.
El interior estaba completamente calcinado.
Por suerte, no se habían producido daños personales.
A eso de las cuatro de la madrugada, un vecino se había despertado por los ladridos de su perro, que había olido el humo.
Cuando llegaron los bomberos, el fuego estaba a punto de propagarse al edificio colindante.
Y de ahí a la primera vivienda apenas había cincuenta metros.
Arnau había recorrido la zona toda la mañana, llamando a las puertas en busca de testigos, pero hasta el momento nadie había visto nada.
O, al menos, no lo habían reconocido. Y en la mezquita no había cámaras de seguridad, como tampoco en los edificios cercanos, así que las pistas de las que disponían eran escasas.
A su izquierda, al otro lado de la cinta balizadora que marcaba un perímetro de seguridad alrededor del edificio, varios ciudadanos musulmanes observaban la mezquita achicharrada con gesto de pesar y también de temor.
Uno de ellos era Said, su vecino de escalera.
Tendría unos cuarenta cinco años y trabajaba en una fábrica metalúrgica.
Era discreto y educado, al igual que su mujer y sus tres hijos.
Solo había llamado a la puerta de Arnau en una ocasión, cuando su hijo pequeño sufrió un colapso repentino en mitad de la noche y dejó de respirar.
Arnau tenía conocimientos de enfermería y consiguió reanimarlo antes de que llegara la ambulancia.
Días después, le trajeron un regalo: una bandeja de dátiles rellenos.
Y, de nuevo, vuelta a los discretos saludos en la escalera y poco más.
Más adelante, en la parte sombreada de la calle, se encontraba el imán de Quintana junto con representantes de algunas federaciones musulmanas. Hablaban en árabe, en un tono elevado. Arnau se podía imaginar lo que estaban diciendo.
El cabo sacó el móvil y, mientras le escribía a su mujer que todavía no sabía si estaría libre para la hora de comer, notó como alguien se le aproximaba. Levantó la vista y se topó con su vecino.
—Hola, Said —dijo Arnau—. Siento lo que ha pasado. A ver si descubrimos quién ha sido.
Said permaneció en silencio. Labios fruncidos, tensos y pálidos. Mirada fija y también algo ida. Al cabo de unos segundos, agachó la cabeza, dio media vuelta y se marchó. Arnau tampoco dijo nada. Entendía su frustración.
Acto seguido, fue el imán quien se acercó al cabo. Lo hizo a grandes zancadas, seguido por tres hombres más. Estaba bastante exaltado. Un par de patrulleros corrieron a detenerlo, pero Arnau les hizo una seña para que los dejaran hablar.
—¿Qué pensáis hacer? —le espetó el imán.
—Mejor vamos paso a paso, ¿no? —indicó Arnau, extendiendo ambas manos, en señal de conciliación, por encima de la cinta balizadora.
—¿Paso a paso? ¡Sabes tan bien como yo que esto ha sido intencionado!
—Puede que sí o puede que no. Usted y yo podemos creer muchas cosas, pero la verdad es que ninguno de los dos estábamos aquí cuando se inició el fuego. Vamos a esperar a que los bomberos y los de Científica se pronuncien.
—Yo no necesito que nadie me lo confirme. Sé que el fuego ha sido intencionado y punto.
—En ese caso, averiguaremos quién es el responsable. Eso no tiene ni que dudarlo.
—Ya te digo yo quién es el responsable… ¿O es que no escuchaste a ese anoche, en la tele? ¡Podría haber muerto alguien!
—Lo más importante —dijo el cabo— es que no ha habido heridos ni…
—Pero ¿te parece poco lo que ha pasado aquí? ¡Esta mezquita es todo lo que tenemos! Aquí es donde damos clase de árabe a los niños, donde les transmitimos nuestra religión y nuestra cultura. ¿Dónde vamos a hacer todo eso ahora, eh? ¿Cómo vamos a recuperar lo que hemos perdido aquí?
—¿No tienen seguro?
A esa pregunta no obtuvo respuesta, por lo que Arnau supuso que no. En su lugar, el imán contraatacó con una retahíla de reproches:
—¿Quién nos va a ayudar a rehabilitarla? ¿Las administraciones? Pero ¡si estamos abandonados! El Ayuntamiento, la Generalitat, los Mossos, ¡todos!
—Haga el favor de no alzar la voz. Entiendo que esté nervioso por lo sucedido, pero no pienso tolerar que me falte al respeto.
—¿Y qué me dices de nuestro querido alcalde, eh? ¿No nos lo falta él a nosotros? ¿Dónde está el sentido común de los catalanes, eh? Eso que vosotros llamáis «seny», ¿dónde está?
Arnau no respondió. No deseaba entrar en un diálogo absurdo con aquel tipo, ni mucho menos sobre aquel asunto.
—No dices nada, ¿verdad? —El imán rio con sorna—. Pues más vale que alguien ponga seny , o esto se nos va a ir a todos de las manos.
Por alguna extraña razón, aquello sonaba más a amenaza que a advertencia. El imán dio media vuelta y regresó de nuevo a la acera sombreada, seguido por su séquito.
Arnau soltó un bufido y se pasó el empeine de la mano por la frente para secarse el sudor.
Hacía rato que no olía más que a chamuscado y, cada vez que se sonaba, soltaba un líquido negro y pringoso.
Estaba cansado, acalorado, y quería marcharse de allí.
Se aproximó a la entrada de la mezquita y llamó la atención del sargento de bomberos.
—¿Hay daños estructurales?
—Es un edificio antiguo, de hormigón armado. El suelo enmoquetado y el revestimiento de madera de las paredes se han llevado la peor parte, pero no parece que el fuego haya alcanzado una temperatura tan elevada para afectar a la resistencia de los materiales. De todos modos, son datos preliminares.
—Me vale —dijo Arnau.
Se despidió de los compañeros de Científica, que seguían a lo suyo con la inspección ocular, y regresó al vehículo de paisano para ir a la comisaría.
Debía redactar para su sargento un documento con toda la información recabada, para que este lo hiciera llegar a la Unidad que finalmente acabaría haciéndose cargo del incendio.
Conforme cruzaba la puerta de las dependencias de investigación, vacías por ser domingo, su teléfono empezó a sonar. Era César.
—¿Dónde estás? —preguntó el sargento
—En la oficina. Acabo de llegar del incendio.
—¿Cómo que en la oficina? Yo estoy aquí.
Arnau alargó el cuello, en dirección al despacho de su jefe, y lo vio allí, de pie junto a su mesa. Todavía con el teléfono pegado a la cara, el sargento se volvió hacia él.
—¿Para qué has venido? —preguntó Arnau, ya directamente. Habían hablado un rato antes, y el cabo ya le había dicho que no hacía falta que subiera solo para eso, que él se las apañaba—. Podías haberte quedado en casa. Aprovechar el domingo.
—No quería dejarte solo con esto.
—Aquí no hay nada más que hacer —dijo Arnau, ocupando una de las sillas frente a la mesa del sargento—. ¿Se sabe qué Unidad es la afortunada?
—La Unidad Central de Delitos de Odio y Discriminación —respondió César, ocupando su butaca habitual. Iba vestido con un polo color pistacho que le iba grande, como todos los polos que utilizaba, y pantalones cortos de pinzas. Verle las piernas, casi sin vello, aniñaba aún más su imagen.
—Ya que estás aquí, César, quisiera comentarte algo acerca de ese trabajador de Miranda. El que me dijiste que llamara… Víctor Trafalgar.
César enarcó las cejas.
—¿Qué se cuenta?
—Lo he llamado, pero no me coge.
—¿Y entonces?
—Entonces me dio por buscarlo en nuestra base de datos y resulta que tiene un antecedente por tentativa de homicidio.
—¡No jodas!
—No jodo, no. Pero eso no es lo que más me llamó la atención.
—¿Tengo que adivinarlo?
—No creo que lo adivinaras. O, al menos, tardarías un buen rato. Mejor te lo digo. Víctor Trafalgar es compañero.
—¿Compañero? ¿Te refieres a…?
—Mosso d’esquadra.
—¿Y qué hace trabajando en Miranda?
—Está suspendido de empleo y sueldo.
Arnau se tomó su tiempo para relatarle lo que había leído en las diligencias policiales. Al acabar, el sargento permaneció pensativo unos segundos. Finalmente dijo:
—¿Crees que por eso nos está dando esquinazo?
—Podría ser.
—Pues te aseguro que vamos a hablar con ese tío. Como me llamo César. A mí nadie me vacila, y menos un tipo como él.