27
La sala de descanso del personal estaba ubicada en la última planta del ala de apartamentos, justo sobre las habitaciones de los trabajadores.
Tenía el techo abuhardillado y una estructura alargada de unos cincuenta o sesenta metros cuadrados, con tres ambientes bien diferenciados: el área de juegos, nada más entrar, con un futbolín y una mesa de billar; la zona de mesas, en el centro, para comer o arruinarse a las cartas; y la sección de cine, al fondo, con tres sofás de lo más vapuleados frente a un televisor de cincuenta pulgadas.
Yo apenas había puesto los pies allí en tres o cuatro ocasiones, bien porque Isra o algún otro proponía subir a jugar al futbolín o bien para ver algún partido del Mundial, tomando unas cervezas.
Cuando entré aquella noche, la sala estaba completamente cambiada.
La habían despejado y convertido en algo así como una sala de baile, con las mesas y los sofás apartados a los lados, y el billar y el futbolín arrinconados al fondo.
Había luces de colores que provenían de una minibola de discoteca giratoria que no paraba de rotar, y la música, a un volumen que me sorprendió dado que dos plantas más abajo había clientes durmiendo, tronaba desde un bafle conectado a un ordenador portátil.
Frente a mí, una veintena de personas bebían y charlaban, de pie, sentadas sobre las mesas o moviéndose al ritmo de los hits del verano.
Entré y fui directo a saludar a uno de los cumpleañeros. A los otros dos no los conocía, la verdad. También saludé de lejos a Marcelo, el camarero jeta, que alzó una muleta y simuló que me ametrallaba.
—¡Eh, Víctor! ¡Has venido!
Me volví y me encontré a una chica bajita, con el pelo revuelto, muy maquillada, con una camiseta blanca luciendo un escote de vértigo.
Tuve que mirarla dos veces hasta que la reconocí.
Era Mireia, una camarera del restaurante, compañera de Sara.
Hasta entonces solo la había visto con el uniforme de trabajo, sin apenas maquillaje, con gafas y peinada siempre con coleta.
Debía de tener poco más de veinte años. Me sonreía con unos labios rojos y carnosos.
Se puso de puntillas y nos dimos dos besos.
—Vaya, no te había reconocido, Mire. Estás genial.
—¡Gracias! Tú también —dijo, repasándome de arriba abajo—. ¿Quieres tomar algo? ¿Un gin-tonic?
Yo iba bastante tirado, con camiseta, tejanos anchos y unas New Balance, de modo que el cumplido me sonó un poco exagerado. Había en su voz un esfuerzo desesperado por complacer.
—Sí, pero bueno, no hay prisa… Me pillaré una cerveza.
—Te la traigo —se ofreció.
—No, no tranquila. Voy yo. Ahora nos vemos, ¿vale?
Se quedó algo parada, pero yo me abrí paso hacia la mesa donde estaban las bebidas. En un gran cubo con cubitos de hielo sobresalían los cuellos de los botellines de cerveza. Cogí una Voll-Damm.
Miré a mi izquierda y por un momento tuve que parpadear.
Allí estaba, ni más ni menos, que el cura del santuario de Miranda, sirviéndose un vaso muy generoso de ratafía.
Vestía camisa y pantalones negros, una rebeca gris y, claro, el alzacuellos.
Era bajito y obeso, con el cabello y la barba canosos, y unas gafas de pasta negras.
Jamás había hablado con él, pero lo había visto pulular de un lado a otro. Alzó su bebida y, mirándome, dijo:
—¡Salud!
Sonriendo, choqué el cuello de mi botella con su vaso.
—Salud.
—Tú eres el nuevo —dijo, inclinándose hacia mí—, el que se ha pegado un buen castañazo por ahí.
—El mismo. Me llamo Víctor.
—Y yo soy el mosén Batallé. —Nos dimos la mano.
La suya era bastante áspera, mucho más de lo que hubiera esperado de alguien en su posición y con su apariencia—.
Tienes que ir con cuidado —dijo, tras un lingotazo de ratafía—.
La montaña es muy traicionera… Si no, que se lo pregunten a ese pobre chaval, Jordi Mateu.
—A ese chico ya poco se le puede preguntar… —El cura asintió en silencio y yo añadí—: De todos modos, por lo que he leído en la prensa, su problema no fue la montaña en sí, sino lo que encontró allí.
—Todo forma parte de la montaña. La niebla, las pendientes resbaladizas, los depredadores hambrientos, los traficantes asesinos… La montaña es como cualquier otro lugar de la tierra: el mal acecha en cada esquina, en cada curva, en cada risco. Basta con bajar la guardia y ¡zas!
Con su rechoncha mano extendida acababa de cortar el aire para acentuar aquel sonido.
—Veo que es usted de los optimistas.
—Y de los más optimistas. Si no, no estaría aquí, rodeado de tantos pecadores.
Sonrió abiertamente, no solo con la boca, sino también con los ojos, mirando a la gente que bailaba, y volvió a alzar su vaso para apurarlo del todo. Aproveché que el tipo tenía ganas de hablar.
—¿Cree que esos traficantes están detrás de las demás desapariciones?
—No sé qué decirte, la verdad. A mí me parece que no, pero, aun así, lo reconozco, es preocupante… Aunque en estos momentos hay cosas que me quitan más el sueño.
—¿Ah, sí? ¿Como qué?
Dejé mi botellín vacío y abrí otro nuevo.
—Pues como los robos que ha habido recientemente en el santuario de la Madre de Dios y en la ermita de Sant Genís.
—No tenía ni idea —respondí mientras rellenaba de ratafía el vaso del mosén.
—Gracias… Sí. Es algo que hemos intentado llevar con discreción, pero ya pasa de castaño oscuro.
Hará cosa de un mes que están desapareciendo objetos ornamentales; al principio eran cosas de escaso valor artístico, piezas bañadas en oro y en plata, como candelabros, cosas así, pero hace dos días alguien se llevó de la sacristía una cruz parroquial del siglo XVII .
—¿Lo han denunciado?
—Estamos pendientes, pero deposito mi fe en Dios más que en los Mossos d’Esquadra.
—Aun así, habrá que hacer algo, ¿no?
—De momento se ha decidido contratar a un vigilante de seguridad para las noches, que es cuando se han producido los robos.
Aquella noticia no me gustó nada. Un vigilante podría complicarme mucho la vida si necesitaba moverme otra vez de madrugada.
—Buena idea —dije contrariado, y me llevé el botellín a la boca, pero ya lo había vaciado sin darme cuenta.
Cogí mi tercera Voll-Damm y, al volverme de nuevo hacia el sacerdote, sentí que alguien me tiraba del brazo.
—Se lo robo un rato, mosén —dijo Mireia, alejándome de él.
—Portaos bien —dijo el cura—. No hagáis nada que yo no haría.
—Soy una chica buena, ya lo sabe —respondió Mireia, soltando una risotada. Y, tras guiñarme un ojo, añadió en voz baja—: No tan buena, ¿eh?
Yo sonreí, sobre todo al ver que Sara venía en mi ayuda. Supuse que acababa de llegar, porque tenía en las manos una bandeja con la tarta de cumpleaños.
—¡Eh, hola! —me dijo, al tiempo que me plantaba dos besos.
Estaba preciosa. Llevaba el pelo suelto y la melena ondulada se le desparramaba sobre los hombros.
Se había puesto un vestido negro de tirantes anchos, largo y ligero, cerrado elegantemente por encima del pecho con un lazo fino.
Sonreía. En sus ojos vi un brillo nuevo, y al principio quise atribuirlo al maquillaje que los subrayaba, a juego con sus cabellos castaños.
No me había fijado antes en que tenía los ojos rasgados por el lado del lagrimal, lo que les daba cierta forma de lanza.
Dos lanzas clavándose en la constelación de pecas de su nariz.
Me perdí en ellos: un azul mar enmarcado en la calidez del color del chocolate.
—¿Me ayudas con esto? —Sara interrumpió mis pensamientos ofreciéndome la bandeja.
No recuerdo qué contesté, solo que tomé la tarta y me dirigí a una de las mesas para dejarla. Cuando volví, Mireia ya no estaba.
—Te he visto un poco apurado con la chica, ¿eh?
—Me has pillado.
—No es mala chavala. Desde que te vio está encoñada contigo.
—Pues no tenía ni idea… Pero ¿qué quieres que te diga? Demasiado joven para mí. No sabría ni por dónde empezar.
—Es verdad, que tú ya estás mayor, a pesar de las apariencias.
—Pues sí, soy mayor y no me apetece perder el tiempo.
—A mí tampoco —dijo, clavándome la mirada. Estaba volviendo a hipnotizarme—. A mí tampoco.
El alcohol también estaba haciendo mella en mí, pero no me importaba. Me encontraba a gusto, relajado, como hacía días que no me sentía. La tensión acumulada desde el enfrentamiento en la plantación, la pelea con Driton, sus machetazos… Sentaba bien calmarse un rato y, simplemente, dejarse llevar.
—Voy a coger otra birra —dije—. ¿Quieres algo?
—Pilla una cola para mí. —Hizo una pausa y, sin apartar su mirada de la mía, soltó—: Y nos vamos a mi habitación, ¿te parece?
Tuve que esforzarme para no enmudecer y parecer un tipo firme.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es tu habitación?
—La única que piso desde hace semanas, la que comparto con Marina. Y hoy está en su casa, así que la tenemos para nosotros.
Había mil razones para negarme, pero en aquel momento no se me ocurrió ninguna.