Nuestra señora del abismo 26
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El cabo Arnau Ventura suspiró al comprobar que, por tercera vez, el tal Víctor Trafalgar no respondía a su llamada desde comisaría.

Estaba solo en la oficina de la Unidad, sentado a su escritorio, y la cabeza todavía le zumbaba a consecuencia de la resaca…

Había sido un día difícil. Después del aperitivo en el bar Mufló, había continuado la fiesta en casa con su familia.

Hacía tiempo que no se reunían todos: él, Marisa y los críos.

Bueno, los críos… La mayor tenía veintiocho años, y el menor, veinticinco.

Ella vivía en Girona, y él, en Barcelona.

Ambos tenían pareja y ya planeaban darle algún que otro nieto.

Fue un buen cumpleaños, aunque no recordaba cómo había llegado a la cama.

A media mañana, desde el balcón de casa, había visto pasar la manifestación de los Vecinos contra la Islamofobia.

Era más multitudinaria de lo habitual, en torno al millar de personas.

La mayoría eran árabes, aunque también había gente local acompañándolos.

Marchaban tranquilos en dirección a la comisaría de los Mossos.

Los compañeros de antidisturbios estaban desplegados y bien alerta, pero, por lo que supo Arnau más tarde, no tuvieron que intervenir.

Se limitaron a leer un manifiesto y, tras reclamar de nuevo justicia y un trato igualitario, se dispersaron de un modo pacífico.

Por suerte, los miembros de la Lliga Nacional no hicieron acto de presencia.

Un alivio para todos, especialmente para Arnau, que podía quedarse en casa tranquilo a superar la resaca.

Por la tarde, cuando se acordó de su jefe echándole en cara que no hubiera hecho la gestión con el trabajador de Miranda, Arnau se acercó a la comisaría a realizar aquella maldita llamada.

Pero nada, no hubo suerte ninguna de las tres veces, y además ese Trafalgar tampoco tenía buzón de voz.

Pensaba en enviarle un wasap, cuando se le ocurrió una idea.

Tenía el aplicativo de los Mossos abierto en la pantalla del ordenador y consultó su nombre en la base de datos.

Constaban cinco Víctor Trafalgar. Dos eran muy mayores para estar en situación activa laboral, y otro, demasiado joven, así que los descartó.

Dudaba entre los dos restantes y se le ocurrió cambiar el foco de búsqueda.

Utilizó el número de teléfono. Y resultó ser uno de esos dos.

Lo primero que le llamó la atención cuando accedió a su ficha fue que el tipo tenía un antecedente policial.

Había sido detenido en L’Hospitalet de Llobregat por tentativa de homicidio.

Casi nada. De eso hacía apenas unos meses, en enero de aquel mismo año.

A continuación, accedió a las diligencias de la detención y comenzó a leer rápido entre líneas.

Mujer… Agresión… Heridas graves… Ingreso hospitalario… Secuelas de por vida…

«Mierda, mierda, mierda», pensó.

De pronto sintió una fuerte presión en las sienes, efecto de la resaca.

Se ajustó las gafas de cerca y comenzó por leer la diligencia de inicio. Y fue ahí mismo cuando descubrió algo sobre aquel tipo que le hizo explotar aún más la cabeza.