Nuestra señora del abismo 25
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Me quedé quietecito durante los siguientes días a mi aventura en la plantación de marihuana. Y, aun así, di que hablar.

Porque los moratones del cuerpo podía ocultarlos con la ropa, incluso el vendaje de la herida del brazo, que llegaba justo al límite de la manga del polo que usaba de uniforme, pero las magulladuras y los cortes del rostro resultaban evidentes.

Por suerte, la historia que inventé para justificar aquellas lesiones resultó convincente.

Para entonces ya llevaba bastantes días saliendo a correr muy temprano, así que pocos se extrañaron cuando les conté que, de buena mañana, me había resbalado mientras subía por una ladera rocosa y había acabado rodando varios metros abajo, desollándome entero.

Las chuflas del personal no se hicieron esperar.

Durante varios días tuve que mantener un perfil bajo, sin hablar apenas con nadie y pasando la mayor parte de mi tiempo libre en la habitación, hojeando mi libro de cine y viendo Netflix con Isra, que apenas hizo preguntas sobre mi accidente; estaba más interesado en la detención de Rai y los dos albaneses, y en aquella plantación de marihuana perdida en la montaña.

—¿Te ha sorprendido? —le pregunté.

—A ver, el tío vendía, eso lo sabía todo el mundo. Yo solía pillarle de vez en cuando y, como yo, medio valle, porque movía buen material. Pero estaba claro que la hierba no era suya. Ya había oído hablar de la mafia esa albanesa, pero de ahí a que Jordi apareciera muerto…

El sábado por la noche, sin embargo, iba a celebrarse una fiesta de cumpleaños, y pensé que sería el momento ideal para entablar conversación con otros compañeros con los que no coincidía habitualmente.

También había otra razón para acudir: poco antes de terminar mi turno, Sara se había pasado por el Pedraparada a preguntarme si tenía pensado ir, como quien no quiere la cosa.

Habíamos coincidido poco los últimos días, pero había reaccionado de un modo casi maternal a mi accidente y desde entonces manteníamos conversaciones por WhatsApp a diario.

En su mayoría eran frases intrascendentes, algún que otro meme, algún que otro cotilleo sobre un compañero…

, pero esas cosas sin importancia nos mantenían conectados, y eso me gustaba.

Cuando acabé, a las nueve, fui a cenar al comedor del personal, anexo a las cocinas del restaurante del hotel.

Estaba prácticamente vacío, ya que la mayoría de la gente acostumbraba a ir mucho antes, sobre todo los que cubrían el turno de las cenas.

De las cuatro largas mesas que ocupaban el comedor, tres estaban vacías.

En la última solo quedaban cuatro trabajadores, y parecían apurar ya sus postres.

—Si te descuidas, te quedas sin cenar —bromeó Nely, una de las encargadas del servicio de lavandería.

Debía de estar más cerca de los sesenta que de los cincuenta, pero se conservaba bien; tenía bastante genio, y la gente, por miedo, se dirigía a ella con pies de plomo.

A su lado estaba Lourdes, compañera inseparable, de la misma quinta e igual de generala.

Yo me llevaba bien con ellas; no les daba problema alguno cuando tenía que lavar mi ropa y encima les subía algún regalo del bar, ya fuera en forma de café o de chocolatinas.

—Tampoco te ibas a perder mucho, la verdad —soltó Lourdes, rebañando su flan.

Los otros dos trabajadores pertenecían al servicio de limpieza; eran dos paquistaníes con los que apenas había cruzado cuatro palabras. Siempre discretos, comían en silencio, sin apartar la mirada de sus teléfonos móviles.

Levanté las tapas de las fuentes calientes, una a una, y me decidí por un par de bistecs, finos, finísimos, con una guarnición de guisantes con jamón. Después cogí cubiertos, servilleta y vaso, y me senté junto a las dos mujeres.

Nely me llenó el vaso con una jarra de agua y le di las gracias.

—¿Vais a ir luego a la fiesta? —pregunté.

—¿Nosotras? —exclamó Lourdes.

—Eso lo dejamos para los jóvenes —respondió Nely—, que esas fiestas tienen mucho peligro…

—¿Peligro? —dije, guiñándoles un ojo—. ¡Vosotras sí que tenéis peligro! Pues no habréis hecho daño por ahí…

Ambas rieron, pero no me contradijeron.

Lourdes se levantó y fue hacia los termos para preparar un par de tazas de café. Yo trataba de masticar los filetes, que empezaban a hacérseme bola.

De pronto, a mi espalda, alguien dijo:

—Vivo o muerto, tú vendrás conmigo.

—¡Jesús! —exclamó Nely, dando un bote.

—¿Tú estás tonto o qué? —dijo Lourdes de regreso a la mesa con las dos tazas, reprendiendo al tipo que había soltado aquello.

Yo, antes de volverme, ya sabía de quién se trataba.

No era otro que Wilmer, un pinche de cocina peruano aficionado al cine y al que un día que vino a sustituir a Amadeo al Pedraparada se me ocurrió seguirle la corriente cuando jugaba a ver quién adivinaba frases memorables de películas.

Desde entonces, no había ocasión en que nos cruzáramos y no me soltara una, a ver si me pillaba.

—Esa es de Robocop —respondí—. Me lo pones demasiado fácil, tío.

—Maldito… —dijo Wilmer, alzando un puño y sonriendo.

Sobre la piel de su mano, donde se unían el pulgar y el índice, observé aquel tatuaje de cinco puntos en el que ya me había fijado el primer día.

Era simple y algo asimétrico. Lo habían hecho burdamente, con tinta azul de bolígrafo, y solía simbolizar al preso acorralado entre las cuatro paredes de una prisión.

Wilmer se dirigió a las fuentes de comida y comenzó a recogerlas.

—Menudo bicho raro —soltó Lourdes, tras apurar su café.

Nely añadió algo, pero no lo escuché porque me había empezado a sonar el móvil.

Lo saqué del bolsillo y miré la pantalla. Número oculto, otra vez. Podía ser cualquiera… o podía ser quien yo me temía. Bajé el volumen y no respondí.