Nuestra señora del abismo 24
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César comprendió a primera vista que el bar Mufló no era el típico para forasteros.

Nada en él invitaba a entrar: ni la fachada del edificio en el que se encontraba, ni su vieja puerta de madera con cristales ahumados por la suciedad, ni su descascarillado cartel, ni mucho menos sus parroquianos, que bebían y fumaban en la entrada mientras repasaban con la mirada a todo el que cruzaba por ahí.

Resignado, se plantó ante la puerta y tomó aire antes de abrirla.

Se había planteado escaquearse con la excusa de que era viernes y deseaba volver cuanto antes a Terrassa, donde lo esperaban su esposa y su hijo, pero no lo había hecho por un inesperado respeto hacia Arnau.

Era su cumpleaños y lo había invitado a tomar un vermut para celebrarlo.

De hecho, había invitado a media comisaría porque, en cuanto abrió la puerta, oyó los gritos y las risotadas de sus compañeros de trabajo, acodados junto a la barra o de pie en medio del salón.

Había una veintena de personas por lo menos, pero, en cuanto se percataron de su presencia, callaron de golpe.

La situación fue de lo más incómoda, tanto como las seis semanas que llevaba en Quintana de Ter.

Y es que, desde la puesta en libertad de Younes Bidouane, todo se había ido de madre.

Comenzando por la concentración frente a la comisaría, que había acabado con media docena de detenidos y otros tantos heridos, y siguiendo por el aluvión de llamadas que recibió de jefes de la Región Policial, de la Comisaría Territorial y de otros muchos destinos de los que no había oído hablar en su vida, deseosos de hallar una cabeza de turco que sacrificar.

Por si fuera poco, el alcalde había mostrado un apoyo envenenado a la actuación policial, manifestándose primero a favor de los Mossos, para luego acusarlos de flojos por ceder ante las presiones de los magrebíes y dejar libre a Younes, que a todas luces le parecía el culpable de las desapariciones de Miranda.

Por el otro lado, la plataforma Vecinos contra la Islamofobia había convocado una manifestación que tenía visos de ser de lo más multitudinaria.

Y la cosa podía empeorar más: la posibilidad de que los simpatizantes del partido de la alcaldía organizaran una contramanifestación.

Al principio, César creyó que el asunto de la plantación desviaría la atención pública.

Tres mil cuatrocientas plantas de marihuana y los cultivadores maniatados y envueltos para regalo.

Eso ya de por sí debería haber llamado la atención de muchos, pero es que, además, el justiciero que avisó por teléfono no había mentido; bajo el cobertizo, enterrado a un par de metros bajo tierra, se hallaba el cadáver de Jordi Mateu, uno de los desaparecidos de Miranda.

Aquel desaparecido, sin embargo, no tenía nada que ver con el resto.

El tipo llevaba enterrado casi un año y prácticamente solo quedaba su esqueleto.

Aun así, el forense pudo certificar que murió acuchillado en el tórax un mínimo de cinco veces.

Faltaba confirmar la identidad por medio del ADN, pero daban por hecho que se trataba de Jordi Mateu debido a la mochila que apareció junto al cadáver, con su documentación.

Sin lugar a duda, a César todo le estaba resultando mucho más duro de lo que imaginaba. Se acercaba un infierno y el pasillo de entrada parecía ser aquel salón completamente en silencio.

Quien lo rompió fue Arnau:

—¡César, ven aquí a tomar algo!

Las cabezas se volvieron poco a poco, y todos retomaron sus anteriores conversaciones.

Sin mirar a los lados, César avanzó en dirección al cabo, que se encontraba repanchingado en la barra, con una copa de cerveza en la mano. Junto a él advirtió la presencia del agente que se había dado de baja hacía apenas un par de semanas por lumbalgia.

—¿Quieres una caña? —preguntó Arnau. Por el tono eufórico de su voz, aquella no era la primera cerveza que tomaba. Ni la tercera.

—Tengo que conducir… Mejor pídeme un bíter.

—¿Un bíter? —La cara de Arnau era un poema—. ¿Estás seguro?

—Sí, seguro.

—Como quieras… Y come algo, anda. Que pareces un alma en pena.

Sobre la barra y las mesas más cercanas a los invitados había gran cantidad de comida: callos, capipota, fricandó, oreja con garbanzos, calamares rellenos…

A César se le hizo la boca agua y lamentó en silencio lo poco que casaba todo aquello con su Bitter Kas.

Pinchaba de este y de aquel plato, esperando a que transcurriera un rato prudencial y poder largarse de allí. Los callos, eso sí, estaban tremendos.

Alguien se aproximó a felicitar efusivamente a Arnau, y, de pronto, César y el agente quedaron frente a frente, mirándose en silencio. ¿Cómo se llamaba? ¿Sandro? No tenía ni idea. La situación era tan incómoda que César soltó, por el simple hecho de decir algo:

—¿Qué tal lo llevas? ¿Sabes ya cuándo vuelves?

Tan pronto como el agente escuchó aquello, enarcó las cejas y desvió su mirada hacia Arnau, que ya volvía a prestarles atención. Este chasqueó la lengua, negando con la cabeza, y el agente dio media vuelta y desapareció.

—Pero ¿se puede saber a qué viene eso? —lo reprendió Arnau.

—¿Cómo que a qué viene eso? Solo le he hecho una pregunta.

—Escucha, no puedes ir acribillando a tus agentes con las bajas médicas como si fueran cuentos chinos…

Aunque no lo creas, Salva ha estado años viniendo a currar con la espalda muy jodida, y no se ha quejado nunca.

Podía incluso tener una invalidez, pero no la ha cogido porque le gusta este trabajo.

Hombre, si quieres saber algo sobre la baja de alguien, pregúntamelo a mí.

—Pero tú también eres jefe.

—Soy jefe y también soy amigo de la mayoría de ellos. No es lo mismo.

César soltó un bufido y dejó el vaso sobre la barra, como si fuera a largarse ya. Arnau lo retuvo de la muñeca con una de sus manazas.

—Tampoco me hagas mucho caso, que ya voy achispado.

—No es eso. Necesito salir de aquí, marcharme a Terrassa. Ha sido una semana de mierda. Si sale algo, me llamas, ¿vale?

—Jefe, hoy es mi cumpleaños… No pretenderás que esté muy operativo esta tarde, ¿no?

—Está bien. Olvídalo. Disfruta de tu día.

Aquello era una despedida y, aun así, Arnau no lo soltaba. Sin abandonar el tono confidente, dijo:

—Ahora que sabemos lo que ha pasado con el único varón desaparecido, podemos darle otro enfoque al resto de las desapariciones. Ahora podemos plantearnos un móvil sexual. Todas son mujeres.

De repente, César sintió que el calor le subía por el cuerpo. No había salido de un berenjenal, que ya querían meterlo en otro.

—Bueno, bueno. Eso ya lo veremos. Te recuerdo que yo solo me ocupo de la desaparición de Alba Solà… —Y de pronto recordó algo—: ¿Llamaste al trabajador aquel de Miranda, el otro que había hablado con Alba?

—No, la verdad… Al surgir la línea de Younes, parecía tan evidente que me olvidé por completo.

—Pues ya sabes.

Arnau le soltó la muñeca por fin.

—Lo haré… Aunque tampoco creo que sea hoy, no te voy a engañar…