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Con aquello se daría respuesta a una de las desapariciones de Miranda, en el caso de que Rai no hubiera mentido. Esa era la parte buena. La mala era que aquel hallazgo desvinculaba la desaparición del camarero con el resto.
Tocaba volver a empezar.
Sin embargo, todavía no las tenía todas con respecto a Álex.
Rai había jurado que ninguno de los dos sabía qué le había pasado a Noa, pero aquella era solo su palabra.
Para salir de dudas, tendría que reencontrarme con Álex.
Del modo que fuera, porque había volado de allí con una profunda herida en la pierna.
Me había abstenido de hablar acerca de él en la llamada.
Solo mencioné a los tres que les dejaba.
El camino de regreso al santuario fue penoso. El corte del brazo era muy profundo y me resultó imposible detener la hemorragia, de modo que tuve que practicarme un torniquete. También cojeaba de la pierna izquierda y tenía el cuerpo magullado. Y estaba exhausto.
Llegué al valle de Miranda cuando comenzaba a amanecer. Era un remanso de paz, y yo veía borroso. Había perdido mucha sangre.
Sabía que me resultaría imposible curarme yo mismo la herida del brazo, así que no me dirigí a mi habitación.
Fui a otra situada en la planta inferior a la mía, donde los apartamentos eran más grandes y estaban todos destinados a clientes.
Bueno, todos no; había uno que sí utilizaba un trabajador del valle. Un trabajador preferente.
Llamé a la puerta. No hubo respuesta.
Insistí.
A la tercera, oí ruidos al otro lado. Yo estaba sudando a mares.
La puerta se abrió.
Apareció el doctor en pijama, despeinado.
Le mostré el brazo.
—Necesito un favor —dije—. Y todos tenemos secretos que guardar.