22
Eran las cinco de la mañana. Pronto saldría el sol. Sin embargo, en la comisaría de los Mossos d’Esquadra de Quintana de Ter, todo seguía muy negro.
El sargento César Sánchez estaba sentado a su escritorio, muerto de cansancio. Frente a él, Arnau Ventura apuraba un café de máquina, entrecerrando los ojos tras el último sorbo de aquel brebaje artificial.
El cabo había llegado hacía apenas unos minutos de hacer una visita a Rafael Expósito, camarero de habitaciones en el hotel de Miranda, que aquella noche libraba y se encontraba en su domicilio de Riudellums. Se había mostrado sorprendido ante la intempestiva visita del investigador, pero había reaccionado con naturalidad y había corroborado la versión de Younes.
Dijo que sí, que mantenían una relación a escondidas, nada serio porque Younes se negaba a reconocer su homosexualidad, pero que a Rafa le iba bien, porque no implicaba exclusividad.
—Le he preguntado si recordaba lo que vestía esa noche —dijo Arnau—. Y no ha dudado. Ha descrito las mismas prendas que se ven en la cámara de seguridad del albergue.
—¿Podrían haber preparado la coartada de antemano? —preguntó el sargento.
Arnau negó categóricamente.
—Hay más —dijo, al tiempo que sacaba su teléfono móvil—. Se hicieron varias fotos juntos.
Le mostró la pantalla. En ella aparecían Younes y otro tipo, el tal Rafa. Este, sonriente, abrazaba al primero; Younes, en cambio, se mostraba más cohibido, con una mueca incómoda en el rostro. No había nada burdo ni sexual en la fotografía. Podían ser simplemente dos amigos de broma.
—¿Seguro que son de ese día?
—Aparecen con la fecha y la hora de esa noche —respondió Arnau—. De todos modos, se podrá comprobar con los metadatos. Ha accedido a que me lleve el teléfono para comprobarlo. Sin duda, quiere ayudar al chaval.
—Pues va a salvarlo de una buena.
Arnau asintió.
—Lo que nos lleva de nuevo a la casilla de salida —dijo. Y añadió—: Y a preguntarnos qué vamos a hacer con él y con la turba que sigue aumentando en la puerta de la comisaría.
César suspiró y se frotó los ojos con una mano. La falta de sueño comenzaba a hacer mella en él. Y para colmo tenía al inspector Aparisi, el jefe de la comisaría, soplándole en el cogote por todo aquello.
Se oyeron pasos en la sala de la Unidad de Investigación. Era, precisamente, el inspector, vestido de paisano, con unas ojeras que le llegaban al suelo. Y muy mosqueado.
—A ver, Sánchez —gruñó Aparisi nada más entrar en el despacho—. O hacemos algo o esto se nos va a ir de las manos. Ya ha comenzado a correr el rumor ahí fuera de que estamos acusando a ese tío de todas las desapariciones de Miranda. ¿Qué tenemos?
César alzó ambas manos, con las palmas bien abiertas, y dijo:
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—El chico tiene coartada. Estuvo con un trabajador del hotel toda la noche. Y este no solo lo corrobora, sino que hay fotos que lo demuestran.
—¿Es maricón?
La palabra sonó como un latigazo.
—Sí. Bueno, es gay.
—Y, por el bien del chaval —dijo Arnau—, mejor que esto no salga de aquí. Si es inocente, creo que ya le hemos causado bastantes problemas.
—¡Problemas son los que tengo yo con esos de ahí fuera! —bramó Aparisi.
César miró a Arnau. El cabo asintió.
—Dejaremos la detención sin efecto —dijo César—. Así se largarán todos de aquí.
El inspector asintió, pero no parecía satisfecho.
—Eso los frenará ahora, pero habrá consecuencias.
—¿Por qué? —preguntó César.
—Porque lo van a usar unos y otros para atacarse entre ellos. Y nosotros acabaremos salpicados. Siempre acabamos salpicados. Ya lo sabes.
El teléfono del inspector comenzó a sonar. Este descolgó y salió del despacho para hablar.
—¿A mí también me va a salpicar? —preguntó César a Arnau.
—¿A ti? Más que a nadie. Y a toda la Unidad, en general. Unos nos acusarán de detenerlo sin motivos y los otros de no hacer bien nuestro trabajo y tener que soltarlo. Y, mientras, las desapariciones de Miranda siguen sin resolverse.
—La única desaparición de Miranda que a mí me concierne es la de Alba Solà, que no se te olvide.
—Ya…
El inspector entró hecho una furia.
—¡Si monto un circo, me crecen los enanos!
Era de la Sala Central. Por lo visto han recibido una llamada anónima de un tipo que les ha contado un cuento chino sobre una plantación de marihuana cerca de Miranda, con más de tres mil plantas.
Y no solo eso, parece ser que el tipo va de justiciero y ha dejado a tres de los cultivadores atados con bridas, como un regalito.
—¿Dónde dices que está la plantación? —preguntó Arnau.
—Entre el Montcreus y el Pic de Neus. Se ve que ha dado las coordenadas. Y, por si no fuera bastante, también dice que hay enterrado un cadáver.
—¿Y le han dado credibilidad?
—Eso parece. En cuanto salga el sol, envían el helicóptero para allá.