Nuestra señora del abismo 21
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Tengo unas pocas habilidades, algunas son innatas y otras aprendidas.

De las segundas, se me da bien improvisar y no trazar un plan, algo que he interiorizado y me ha ayudado a salir adelante en situaciones complicadas.

Otra habilidad aprendida que también me ha ayudado a sobrevivir es la defensa personal.

El segundo albanés era un tipo bajito y esmirriado, con barba de varios días y vestido de modo andrajoso, pero con pinta de estar muy zumbado, lo cual quedaba acentuado por las dimensiones considerables del cuchillo que empuñaba.

Junto a mí, tirado en el suelo, estaba el hierro con forma de arpón que había estado a punto de partirme en dos.

Era una barra de casi un metro de largo, robusta y pesada, con un extremo acabado en punta.

Aferré aquella arma improvisada con la mano derecha y me incorporé de un salto, adoptando la postura de guardia: codos pegados al cuerpo, puño libre a la altura del rostro, rodillas ligeramente flexionadas, pie izquierdo adelantado para ladear el cuerpo y reducir silueta, piernas separadas, centro de gravedad bajo.

Al ver mi movimiento, el albanés cesó su grito, pero no la carrera. Tracé un movimiento circular en el aire con el hierro, a media altura, para descargarle un golpe seco en la rodilla izquierda.

El cloc me dolió hasta a mí.

El tipo cayó al suelo emitiendo un alarido desgarrador, pero ni así soltó su arma. Hizo falta un segundo golpe con la barra, esta vez de arriba abajo, para lograr que dejara el condenado cuchillo. Aquello le reventó la muñeca.

Sin tiempo de reacción, noté que alguien corría hacia mí a mi espalda.

Traté de zafarme, pero ya era tarde. Eran Álex y Rai, embistiéndome e intentando derribarme.

Lo lograron. Fuimos los tres al suelo, pero yo todavía sostenía el hierro afilado entre las manos.

No dudé y lo clavé contra una de sus piernas, sin importar a quién pertenecía.

El agraciado fue Álex; aulló de dolor y me libré de él.

Rai, sin embargo, seguía pegado a mi espalda, rodeándome el cuello con uno de sus brazos, tratando de asfixiarme.

Palpé su brazo hasta llegar a la mano y apresé dos de sus dedos. Los retorcí tanto como pude y no tardé en sentir que su fuerza en mi cuello disminuía. Aproveché el momento y le clavé el codo en la ingle una, dos, tres veces. Golpes secos y duros. Me soltó, desesperado.

De un brinco me puse en pie y le pateé la mandíbula con todas mis fuerzas. Quedó tieso. Álex, por su parte, seguía retorciéndose en el suelo a causa de la herida de la pierna, y el albanés se arrastraba como una babosa, aunque apenas avanzaba.

Mi cuarto contrincante no se hizo esperar.

Me volví hacia la izquierda justo a tiempo para ver a Dritan precipitándose sobre mí con algo en la mano. Logré esquivar el machetazo pivotando sobre mi pie izquierdo. Vi pasar ante mis ojos la hoja de unos cincuenta centímetros. El cabrón arremetía con fuerza.

Tomé distancia y me situé frente a él, en posición de guardia, con los puños en alto. Desde ahí podía esquivar cualquier embestida o movimiento circular que realizara con su arma.

Yo estaba luchando a pelo. La barra de hierro estaba fuera de mi alcance y también el cuchillo que le había arrebatado al otro albanés.

Para colmo, la herida del brazo no me paraba de sangrar.

La adrenalina atenuaba el dolor, pero desconocía cuánto más aguantaría así.

No me podía permitir el lujo de perder el tiempo.

—¡Vamos, cabrón! —grité—. ¡Ven a por mí!

El muy idiota entró al trapo. Demasiado rudo y visceral.

Salté a un lado justo a tiempo de evitar que me rajara el pecho de abajo arriba y contraataqué colocándome a su lado, al tiempo que le inmovilizaba el brazo con el que empuñaba el machete y lo derribaba con un contundente barrido de pie. Ambos caímos al suelo de espaldas.

Mientras yo me empecinaba en luxarle la muñeca para que soltara la condenada arma, él me sorprendió dejándola caer, renunciando a ella por voluntad propia.

Se revolvió como una anguila y se plantó prácticamente encima de mí, golpeándome el torso y la cara con rabia.

Aquello no eran puñetazos, eran mazazos.

Alargué una mano al suelo y conseguí apresar un puñado de tierra. Se lo arrojé a la cara y aproveché la distracción para apartarme de él.

No llegué muy lejos. Volvió a caer sobre mí, pero esta vez yo estaba preparado.

Le di un golpe en la barbilla y lo desestabilicé con un taconazo en la cadera y, tras voltearlo, me situé a su espalda.

A continuación, le rodeé el cuello con un brazo, tal y como había hecho conmigo Rai un momento antes.

La diferencia es que yo sí sabía llevar a cabo un estrangulamiento en condiciones: planté el antebrazo en su tráquea e hice palanca tras pasarle el otro brazo por el cogote, presionando el bíceps contra su carótida.

Fuerte, muy fuerte. Como si quisiera reventársela.

El tipo se revolvió como un loco, pero no logró liberarse.

Y, conforme el riego sanguíneo disminuía, yo sentía que aquel bicharraco albanés se desvanecía en mis brazos.

Fueron segundos de angustia, mientras sus manos perdían agarre y tensión, y sus pies dejaban de patalear.

No sé cuánto tiempo estuve presionando. Me sentía mareado y desorientado.

Busqué el pulso en su cuello. Era débil, pero aún vivía.

Eché un vistazo a mi alrededor.

Álex había desaparecido.

El otro albanés había dejado de moverse y ahora se limitaba a gemir.

Rai era quien hacía esfuerzos por ponerse en pie, aunque seguía en el suelo. Tenía la mandíbula hinchada y amoratada.

Recuperé el machete y salté sobre Rai, plantándole la hoja roma en la garganta.

Era ahora o nunca.

—¿Qué hicisteis con Noa? —le pregunté.

Estaba medio ido, con la mente en penumbra. Necesitaba despertarlo.

Apoyé un pie sobre una de sus rodillas y dejé caer todo mi peso sobre ella. Rai emitió un chillido de profundo dolor.

—¿Qué hicisteis con Noa? —insistí.

—¿Qué Noa?

—¡La chica que desapareció el verano pasado! ¡La camarera de Miranda!

—¡No sé nada! ¡Te lo juro! ¡No sé qué le pasó!

Volví a dejar caer todo mi peso sobre la misma rodilla. Le estaba haciendo puré la articulación.

—¡Para, cabrón, por favor! ¡Para! —Sudaba a chorros y me miraba acojonado, con los ojos bien abiertos—. ¡Te juro que no sé nada de esa tía! Solo que desapareció, como los demás.

Trataba de mostrarse sincero y convincente. No me bastaba.

—¡No te creo! O tú o Álex le hicisteis algo, y no pienso parar hasta que me lo digas. ¿Fue porque os pilló aquí, en la plantación?

—¡¿Qué?! ¡No! ¡Nosotros no le hicimos nada! ¡Eso fue Dritan!

—¿Y qué coño le hizo?

—A ella no… Mierda, tío, me estás matando…

—¡¿Qué coño le hizo?!

—¡Te estoy diciendo que a ella no le hizo nada! Fue al otro camarero…, el del restaurante del hotel. Lo encontró un día rondando por aquí y se lo peló…

Eso no lo había visto venir.

—¿Cómo que se lo peló?

—Dritan está como una regadera… Lo pilló arrancando unas plantas y se lo tomó como algo personal.

Se le fue la olla, le reventó la cabeza…

Si no me crees, ponte a cavar debajo del cobertizo.

Lo enterró ahí… Pero a Noa no le hicimos nada, te lo juro por mis muertos. Tienes que creerme… Por favor, para…