Nuestra señora del abismo 20
25%

20

Pasaban varios minutos de la una y media de la madrugada cuando el teléfono móvil del sargento César Sánchez sonó.

Apenas llevaba durmiendo un rato, pero se despertó sobresaltado.

No sabía si era la alarma o una llamada.

Tardó varios segundos en localizar el aparato.

Era una llamada. Número oculto: de comisaría.

—¿Diga?

—¿Sargento? Soy el jefe del turno de noches. Llamo por el detenido.

Durante unos segundos, César temió que Younes hubiera sufrido algún percance médico, como Samir.

O que hubiese cometido alguna locura. Cuando lo bajaron al calabozo, parecía desesperado.

Aunque en custodia se tomaban medidas para evitar el suicidio, no sería la primera vez que alguien intentaba ahorcarse usando los pantalones y los barrotes de la celda.

—¿Le ha pasado algo? —preguntó, ansioso.

—Que está hecho un flan… Y dice que quiere confesar.

—¿En serio?

—Eso parece. Le he pedido que me adelante algo, pero no ha querido. Dice que solo hablará con vosotros.

—Está bien. Voy para allá.

—Ten cuidado al llegar, redéu , que esto está lleno de paisanos de vuestro detenido —le advirtió el jefe de turno antes de colgar.

César consideró por unos instantes llamar a Arnau, pero después se lo pensó mejor y se limitó a enviarle un mensaje de texto.

El chaval se ha rendido. Dice que quiere confesar. Si tienes insomnio, vente para comisaría.

Se vistió y, al cabo de poco más de diez minutos, estaba ya camino de las dependencias policiales. Las calles estaban desiertas a aquellas horas. En el cielo destacaba la luna llena. Nada bueno suele suceder con luna llena, pensó, eso lo sabía hasta el más pintado.

Conforme se aproximaba a comisaría, fue avistando el tumulto de gente allí agolpada, la mayoría de origen árabe. Por lo menos había sesenta o setenta personas, controladas desde la distancia por un equipo antidisturbios, que las mantenían alejadas de los accesos principales.

Poco antes, cuando había abandonado el lugar tras la detención de Younes Bidouane, apenas había diez o doce familiares y amigos del chico.

Lo de ahora era serio de verdad. Al pasar frente a ellos sintió las miradas de odio clavándose en su cogote.

Por un momento temió que se abalanzaran sobre el vehículo, pero solo hubo algún que otro insulto, nada más.

Esta vez, la barrera subió sin que tuviera que pulsar el botón del interfono.

Junto a la puerta trasera ya esperaba el jefe de turno.

Un sargento entrado en años y en carnes, con un acento y un deje tan peculiares que costaba entender la mitad de las cosas que decía.

Por suerte, César había empezado a pillarle la frecuencia.

— Osti tu , qué noche más larga. Más vale que el mansu este haya matado a Kennedy, porque, si no, vamos a comer merda a cullerades .

—¿No has dicho que quiere confesar?

—Sí, claro. Pero, tal y como está, hecho una faba , igual se te desmaya de la tensión, cagon Déu!

—Llévalo a mi despacho.

—¿Pasará mañana a disposición? Porque esos de ahí fuera van a montar el pifostio más pronto que tarde.

—Lo dudo.

— Osticana… —lamentó el jefe de turno mientras desaparecía meneando la cabeza.

Al cabo de tres minutos, ya tenía a Younes sentado a la mesa redonda de su despacho.

La imagen impoluta que presentaba el chico horas antes no tenía nada que ver con la de ahora.

Lucía manchas oscuras en la camiseta, especialmente en el faldón y las mangas, como si la hubiera utilizado para limpiarse el sudor del rostro y las lágrimas.

Y estaba muy pálido, con ojeras marcadas.

—Puedes quitarle las esposas —dijo César al agente que lo custodiaba.

César notó movimiento fuera de su despacho y desvió la mirada hacia allí. Se trataba de Arnau, que acababa de aparecer.

—Y puedes dejarnos solos —le dijo el sargento al agente uniformado, que, al observar la corpulenta figura de Arnau, asintió y se marchó.

—Ya has visto lo de fuera, ¿no? —dijo el cabo—. Ya te avisé de que…

—La cosa se estaba calentando. Sí, ya. Claro que lo he visto.

Sentados nuevamente los tres en torno a la mesa, ocupando las mismas posiciones que un rato antes, el sargento dijo:

—Younes, lo que nos digas ahora no servirá de nada si no lo declaras delante de tu abogado.

Es solo una charla que no constará en ningún sitio, será tu palabra contra la nuestra, y eso, por mucho que me pese, no sirve para nada.

Por eso te lo voy a preguntar solo una vez: ¿corroborarás todo lo que digas ahora cuando te tomemos declaración por escrito con tu abogado?

El chico los miró a uno y a otro. Parecía un cordero en el matadero. Finalmente habló:

—Sí.

—Entonces, empieza a cantar —lo apremió el sargento—. ¿Dónde está Alba?

—No…, no lo sé.

Ambos policías se miraron, perplejos. Después, Arnau se dirigió a Younes, con evidente mosqueo y bramó:

—Pero ¿no decías que querías confesar? ¿Te estás riendo de mí? —Y dio un fuerte manotazo en la mesa—. ¿Para eso has hecho que me levante de la cama a la una y media de la madrugada?

—¿A qué estás jugando? —preguntó César, cansado y molesto—. ¿No les has dicho a nuestros compañeros que ibas a contarnos la verdad?

—¡Sí! —exclamó Younes con los ojos encendidos, llorando a lágrima viva—. Les he dicho que quería contaros la verdad. Pero es que yo no sé qué le ha pasado a Alba. ¡Ojalá lo supiera, pero no lo sé!

—Entonces ¿qué cojones quieres contarnos? —exigió Arnau—. ¿Un cuento chino?

—No… Quiero contaros dónde estuve esa noche… Pero no puede salir de aquí…

—¿Por qué? —preguntó César.

—Porque, si mi padre se entera —dijo, compungido—, me mata.

Ambos policías se buscaron con la mirada. ¿Hacia dónde conducía todo aquello?

—Explícate —exigió César.

Younes levantó la vista con gesto culpable. Sin mirarlos directamente, como si las palabras le quemaran, confesó por fin:

—Soy gay.

Eso explicaba muchas cosas, pero ¿sería cierto?

—Sigue.

—Nadie lo sabe… Bueno, casi nadie.

—Alba tampoco, ¿no? —preguntó Arnau.

Younes negó con un movimiento de cabeza.

—Aunque creo que al final lo sospechaba —dijo—.

Nos hicimos amigos un día, charlando en el cremallera.

Después quedamos unas cuantas veces, para tomar algo, caminar por la montaña.

Nos llevábamos bien, pero ella quería más.

No paraba de insistir y decidí cortar la relación de raíz.

Y se lo tomó muy mal. Lo de pasar la noche en el refugio de Pas de Llops fue la puntilla.

Ella lo organizó, me presionó para ir allí, y yo lo cancelé.

Jamás pensé en ir. De ahí la discusión de aquella tarde, frente al albergue.

Cuando desapareció, pensé que había sufrido un accidente.

Y me sentí muy culpable. Pero no tengo nada que ver con su desaparición.

—Alzó la mirada, para mostrarse sincero—.

Tenéis que creerme. Yo no he tenido nada que ver.

—Está bien —dijo Arnau—. Pongamos que te creo, y esta vez lo digo de verdad. Aun así, todavía no sabemos dónde estuviste esa noche.

Younes guardó silencio unos segundos, con la mandíbula tensa y la respiración contenida. Por fin dijo:

—Tengo una relación con un trabajador del hotel. Se llama Rafa. Esa noche la pasé con él, en su habitación.

—Y crees que, si hablamos con ese tal Rafa, corroborará tu versión.

—Él no tiene los problemas que tengo yo para reconocer lo que soy.

—Lo dijo de tal modo que parecía referirse a su identidad sexual como si de una aberración se tratara—.

En mi familia…, en mi comunidad…, si se enteran de que soy homosexual, si se corre la voz…

, estoy acabado. Me apalearán hasta matarme. Y el primero será mi padre.