Nuestra señora del abismo 19
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Faltaban siete minutos para la una de la madrugada cuando llegué a la misma zona arbolada que me había servido de punto de vigilancia la noche anterior.

Era un camino largo, pero esta vez conocía el terreno que pisaba y el lugar al que me dirigía, de modo que podía dosificar mis fuerzas.

Otra ventaja era la iluminación; no me podía delatar mi linterna porque no la necesitaba: el cielo estaba despejado y la luna llena brillaba en lo alto.

La baliza volvía a indicar el interior del frondoso bosque de pino negro.

Mucho antes de aproximarme a sus inmediaciones, advertí un foco de luz artificial y el ronroneo del generador eléctrico.

Yo daba por hecho que Álex había acompañado a Rai todo el trayecto, y que ambos se habían reunido con los mismos dos extranjeros cuyas voces había escuchado, así que, como mínimo, había cuatro hombres allí.

Descansé un rato en mi escondite de la ladera del Pico de Nieves, me hidraté y comí un puñado de frutos secos para recuperar energías.

Lo necesitaba porque esta vez pensaba ir un paso más allá.

Busqué el pasamontañas en la mochila y me cubrí el rostro.

Era fino, de licra negra, con una única apertura en la parte de los ojos.

A pesar de la fría brisa que corría, todavía tenía el rostro y el cabello bañados en sudor, de modo que la tela se me pegó a la cara.

Ignoré aquella incomodidad y me puse unos guantes finos.

A continuación, dejé mi mochila escondida bajo un arbusto, con el teléfono que usaba para la baliza apagado en su interior, y comencé a descender por la ladera hacia el riachuelo.

Para cruzar, me abstuve de hacer malabarismos y hundí los pies en el agua. Estaba helada y me caló los calcetines. Volví a ignorar aquella nueva molestia y avancé silencioso hasta llegar a la orilla.

Me moví entre las sombras y alcancé rápidamente los primeros árboles del bosque.

En ese momento, un tipo con acento extranjero gritaba algo ininteligible y Álex le contradecía.

Yo podía distinguir el tono, pero no las palabras, ya que se encontraban a bastante distancia de mí; no obstante, nada más percibir el primer golpe de voz, mi reacción fue instintiva y me agaché…

, y, al hacerlo, a punto estuve de plantar la cara en las zarzas que plagaban el sotobosque.

Miré a mi alrededor y advertí que aquella maleza espinosa estaba presente únicamente en la parte exterior, a modo de barrera defensiva.

Sin duda la habían plantado adrede, para disuadir a curiosos.

Haciendo esfuerzos por no pincharme, y alumbrado únicamente por el brillo de la luna, conseguí sortear aquellos malditos matorrales e internarme cada vez más en la zona frondosa.

Me movía con cuidado, avanzando con cautela hacia la zona iluminada por luz artificial y, poco a poco, todo fue adquiriendo mayor intensidad: las voces, el rumor del motor del generador…

y el pestazo a marihuana. Aquello tenía pinta de ser una plantación de las grandes, se había cumplido mi presentimiento.

Agachado, fui ganando posiciones hasta que por fin logré ver las plantas de marihuana. Debían de medir cerca de dos metros y había cientos de ellas. Miles.

De pronto, noté algo a la altura de la cintura y me quedé clavado.

Bajé la mirada y afiné la vista para descubrir un delgado hilo de pescar, muy tenso, que yo mismo presionaba con la cadera.

Lo seguí con la mirada hacia la izquierda; estaba atado a la rama de un pino.

Lo recorrí en sentido contrario, hacia la derecha, y observé cómo se hundía en el suelo o, mejor dicho, sobre un montículo de tierra cubierto de follaje.

Me separé del hilo muy lentamente, consciente de lo cerca que había estado de mandarlo todo a la mierda, y a continuación me agaché junto al montículo, con gran precaución para no exponer mi rostro.

Porque lo que había allí era una trampa casera, y nada inofensiva.

Consistía en un arma de fuego artesanal, elaborada con un tubo metálico, un muelle interior y un mecanismo de cerrojo similar al de los fusiles. Al accionar el disparador con el tirón del hilo, detonaba un cartucho del calibre 12 y te reventaba el pie o la pierna. O lo que pillase.

¿Cuántos artilugios como aquel habría por ahí? Un escalofrío me recorrió el espinazo. Esquivé la trampa con mucho cuidado y, sin abandonar la zona arbolada, comencé a rodear la plantación.

Entre la multitud de plantas distinguí, en uno de los extremos, iluminado con una pobre lámpara, una especie de cobertizo hecho con palos y cubierto por una lona.

Conforme me iba aproximando, capté un sonido.

Era una canción de trap , de las que acostumbraba esquivar cuando sonaban en la radio.

Parecía provenir de un teléfono móvil, por el sonido distorsionado.

Su origen no estaba junto al cobertizo hacia el que me dirigía, sino más bien en el centro de la plantación.

Cuando me encontraba a poco más de cincuenta metros, pude ver en su interior todo tipo de artilugios destinados a la época de recolección y secado, con varias barras de madera instaladas en la parte superior y ganchos para sujetar las plantas bocabajo.

Solo que ahora no había nada, todavía faltaban unos meses para la recogida.

En el suelo, todo tirado de cualquier manera, había mangueras, varillas, cubos y demás enseres.

También había un camping gas y bolsas de comida.

Y montones de botellas de agua empaquetadas.

Y, a la derecha del cobertizo, dos tiendas de campaña. De las de fácil instalación, con loneta plateada, para una o dos personas, si se apretujaban.

De pronto, el volumen de la música aumentó.

Oí pasos. Alguien se aproximaba. Y parecía más de uno.

Me oculté tras un pino y me agaché.

—Yo solo digo que tengo hambre, nen . —Por la voz, parecía Álex.

—Y yo solo digo que eres un vago. —Este hablaba con acento extranjero. De Europa del Este.

—Ni vago ni pollas, nen . Tengo hambre y punto.

—Yo también, colega. —Este era Rai, sin duda—. Y estoy fundido. Todavía estoy petado de lo de ayer, así que me iré pronto a planchar la oreja.

—Sois unos putos perros —repitió el de Europa del Este—. Luego bien que queréis cobrar… ¡Y apaga la música, no te lo repetiré!

Distinguí a los tres hombres acercándose a la luz del cobertizo.

Llevaban linternas frontales. El desconocido vestía con camiseta negra y pantalones militares, todo muy raído y sucio.

Tendría unos cuarenta años, con barba y mirada de cabreo, y estaba fuerte, aunque tenía un barrigón que desentonaba con su recia figura.

Probablemente era albanés, miembro de la banda para la que trabajaba aquel par de pájaros, tal como me había contado Marina.

Los tres llevaban en las manos largas varillas metálicas y fajos de bridas. Debían de estar acondicionando las plantas para evitar que se doblasen o partiesen por el peso de los cogollos.

—Yo seré un perro —dijo Álex, todavía con la música tronando en el bolsillo trasero de sus pantalones—, pero tú eres un puto negrero, nen . Y, que yo sepa, no estoy aquí para ser tu esclavo.

El tipo del Este se detuvo en seco y, con un ágil movimiento, le plantó el extremo de una de las varillas metálicas a Álex en la yugular. Este se quedó completamente quieto.

—Tú estás aquí para hacer lo que yo te diga —le soltó con asco el albanés—. Y lo que ahora quiero que hagas es que ¡apagues la puta música!

—Dritan, colega —trató de mediar Rai, aunque con voz de acojone—. Ya está, tío, no lo decía en serio. ¿A que no, Álex? Y apaga el puto móvil, coño.

Álex tenía las manos levantadas. Con la mirada trataba de aparentar dureza, pero su reacción había sido de pura supervivencia. Y por pura supervivencia bajó una mano al bolsillo trasero de sus pantalones, sacó el teléfono y lo apagó.

Tras unos segundos en los que todos permanecieron inmóviles, el tal Dritan retiró la varilla del cuello de Álex.

—No me pongas a prueba —dijo, y se marchó hacia el cobertizo.

—Pero ¿a ti qué te pasa? —le susurró Rai a Álex—. Ha sido de locos, tío. De locos…

Llegados a ese punto, decidí que no pintaba nada en aquel lugar o, al menos, no en ese momento. Ya había averiguado mucho más de lo que esperaba. Además, había algo que me mosqueaba, algo que, sin saber qué era, sentía que estaba pasando por alto.

Di media vuelta y comencé a desandar el camino hecho, en completo silencio. Y la cosa marchaba bien hasta que escuché un chasquido.

Chac.

Fue breve y sutil, pero sonó justo después de dar un paso y percibir cómo la tierra cedía ligeramente bajo el peso de mi cuerpo.

Chac.

Otra trampa.

Me lancé a un lado, al tiempo que un hierro caía sobre mí como un arpón. Tenía la punta afilada y sentí que me rasgaba la carne del bíceps izquierdo.

Rodé por el suelo haciendo grandes esfuerzos por contener un alarido de dolor, y me refugié tras un pino.

Rabiaba por dentro. La sangre me manaba del brazo y traté de taponar la herida. El corte era profundo. Por si fuera poco, levanté la mirada y por fin adiviné qué era lo que tanto me mosqueaba: el cuarto hombre.

El otro albanés.

Ahí lo tenía al muy cabrón, corriendo hacia mí, cuchillo en alto, y alertando a sus compañeros con un grito que casi me deja sordo.