18
Por indicación de César, habían dejado a Younes Bidouane solo en su despacho, con la puerta cerrada.
Desde fuera podían verlo a través de la pared acristalada, al igual que Younes podía verlos a ellos reunidos en corro, hablando entre susurros, desviando sin disimulo la mirada hacía el despacho, poniéndolo así como una moto.
De eso se trataba. Aunque lo cierto es que el chico ya estaba a medio cocer cuando lo metieron allí.
Según le había contado Arnau, el chaval se había pasado el viaje gimoteando y moqueando, hasta el punto de incomodarlos a todos. El trayecto hasta Quintana se les había hecho muy largo. Para que se calmara un poco, dijo el cabo, le habían permitido llamar a su hermana y contarle a dónde iba.
—No tendrías que haberle dejado llamar —le reprendió el sargento, lanzando otra mirada hacía Younes, que en aquellos momentos se cubría el rostro con ambas manos. Lo habían hecho sentar en una de las sillas de la mesa redonda que César utilizaba para mantener reuniones.
—Tampoco está detenido, ¿no? —soltó Arnau.
—No, pero…
—Era la única manera de que nos diera un poco de tregua. No paraba de repetir que lo esperaban en casa y que se preocuparían si no tenían noticias suyas.
César lo dejó pasar.
—¿Qué sensación os ha dado? —preguntó a sus tres subordinados, que parecieron agradecer que les pidiera opinión.
—Culpable —dijo Carme.
—Inocente —respondió Sebas.
Ambos se miraron y rieron.
—Yo no lo sé —fue la respuesta de Arnau—. No hemos querido empezar el interrogatorio en el coche, pero de algo teníamos que hablar… O intentar hablar. Le hemos hecho algunas preguntas, para tantear el terreno, como cuánto tiempo hace que conoce a Alba…
—¿Ha hablado de ella? —se interesó el sargento.
—Coño, si ha hablado de ella —dijo Sebas—. En cuanto nos hemos identificado ya ha preguntado si estábamos ahí por lo de Alba.
—¿Y sigues pensando que es inocente? —le preguntó Carme.
—¡Claro! Ese tío es un flojo.
—Pues anda que no hay flojos con mala hostia —dijo Carme. Y añadió—: Y rencorosos.
—Aun así, lo veo muy flojo.
—Y tú, Arnau. ¿Qué piensas? —preguntó César.
El cabo respiró hondo, observando al chico desde la distancia. Este alzó la mirada y volvió a agacharla, acojonado.
—Oculta algo —respondió finalmente Arnau—. Y teme que lo descubramos.
—Pues vamos a intentar sacárselo —dijo el sargento—. De momento no está detenido, va a declarar en calidad de testigo. De él depende si acaba en el calabozo o no.
Sobresaltado por el brusco movimiento de la puerta al abrirse, Younes dio un respingo y se puso bien tieso mientras los dos policías entraban en la estancia.
—Tranquilo, Younes —dijo el cabo, cerrando la puerta tras de sí—. Que somos nosotros. ¿Estás bien? ¿Quieres agua o algo?
—No, gracias —respondió Younes—. Solo quiero responder a vuestras preguntas y marcharme de aquí.
No solo era educado, sino que su dicción era perfecta. Por cómo hablaba, debía de llevar allí toda la vida.
Arnau y César ocuparon sendos asientos en torno a la mesa redonda donde se encontraba Younes: el cabo, frente al chico, y César, a su izquierda.
—Pues empecemos —dijo Arnau, abriendo la carpeta del expediente que había traído con él. Habían acordado que el cabo llevaría la voz cantante ya que conocía bien el valle de Miranda, aunque el sargento tenía muy claro que metería baza.
—Primero, lo obvio, no vayamos a estar haciendo el canelo todos aquí: ¿no sabrás por casualidad dónde está Alba?
—¿Eh…?
El chico miró a ambos policías alternativamente, como si se tratara de alguna broma pesada.
Estaba sudando y le brillaban tanto la frente como las mejillas pulcramente afeitadas.
Se notaba que se cuidaba, aunque en aquellos momentos la camiseta blanca mostraba un pequeño surco de sudor alrededor del cuello y las axilas.
Y eso que el aire acondicionado estaba encendido.
—Responde —presionó César—: ¿sí o no?
—No, no. Claro que no…
—Pero da la sensación de que esperabas que tarde o temprano viniéramos a preguntarte por ella —dijo Arnau.
—Sí…, la verdad es que sí.
Había que arrancarle las palabras con tenazas. Arnau insistió.
—Venga, Younes. Al grano. ¿Por qué temías que viniéramos a buscarte?
Tras una pausa prolongada, el chico respondió al fin:
—Porque se suponía que íbamos a ir juntos a Pas de Llops, a pasar la noche allí y hacer alguna caminata por la zona al día siguiente.
—¿Y por qué no fuiste?
—Porque no me apetecía.
—¿Solo por eso?
Younes guardó silencio.
—¿Quieres demostrarnos que no tienes nada que ver con la desaparición de Alba? —le preguntó César. El chico asintió—. Pues deja de hacer el tonto y responde a las preguntas con sinceridad.
—Eso hago… Estoy siendo sincero.
—No. Estás siendo escueto. Tanto que parece que escondes algo.
—Yo creo que sí que esconde algo —le dijo Arnau a César. Acto seguido, mirando a Younes, le preguntó—: ¿Qué escondes, Younes?
—Yo no escondo nada, os lo juro.
—He oído a muchos jurar en esta comisaría —dijo Arnau, haciendo un gesto circular sobre su cabeza para señalar el conjunto del edificio—. Y, si me dieran un euro por cada uno que ha mentido, estaría forrado. Así que no me jures y dime la verdad de una vez, coño. ¿Qué escondes?
—Nada —insistió. Le temblaba la barbilla y un par de lagrimones le brotaron de los ojos. Estaba colorado y tenía el cabello empapado en sudor.
—Bueno —dijo Arnau, cambiando de tercio y revolviendo sin ton ni son los papeles del caso. Hizo bien al tomarse aquel respiro porque, de seguir presionando al chaval, acabaría bloqueándose—. Tenemos testigos que os vieron a ti y a Alba discutiendo junto al albergue.
—Eso no es verdad. Yo no discutí.
—Pero os oyeron gritar.
—A mí seguro que no —respondió, enjugándose las lágrimas—. Fue Alba quien gritó. Ya la había avisado de que no me apetecía acompañarla al refugio. Pero ella insistió en verme, que se lo dijera a la cara. Y se lo dije.
—¿Qué le dijiste?
—Pues eso, que no quería ir con ella.
—Pero ¿por qué se lo tomó tan mal? —El cabo utilizaba un tono firme pero conciliador. Casi parecía que se preocupaba por los problemas que pudieran tener—. Tampoco erais novios, ¿no? ¿O sí?
El chaval volvió a agachar la mirada.
—No. —Fue más un murmullo que una palabra.
—No te he oído —soltó Arnau, apretando otra vez.
Younes alzó la mirada con gesto agobiado y repitió:
—No.
El sargento decidió meter baza:
—No por falta de ganas, ¿verdad?
—¿Qué? —le preguntó el chico, clavándole la mirada.
—Ya me has oído —dijo César—. Tú querías algo más y… No me mires así, no estoy insinuando nada malo. Solo digo que tú querías que fuera tu pareja, pero ella quería que fueseis solo amigos. A todos nos ha pasado, no hay razón para avergonzarse.
—Pero es que no es eso —insistió Younes. Tenía los ojos enrojecidos, pero había dejado de llorar.
—¿Ah, no? Entonces ¿por qué se molestó tanto?
El chico los miró a ambos antes de responder. Se lo estaba pensando muy seriamente.
—Era ella la que quería algo más.
Los dos policías se miraron. Arnau enarcó las cejas y retomó el interrogatorio.
—Vamos a hacer como que te creo.
—Es que es verdad.
—Pues eso digo, que voy a hacer como que te creo.
—Pero es que no lo parece.
—Yo parezco muchas cosas, pero lo que seguro que no parezco es alguien con mucha paciencia. ¿Y sabes por qué? Porque no la tengo. Así que pasemos a la siguiente pregunta: ¿qué hiciste ese viernes por la noche?
—Trabajé en el turno de cenas. Después pensé en subir a la sala del personal con el resto de los compañeros, a ver un poco la tele, pero estaba muy cansado y decidí irme a dormir.
—Hasta la mañana siguiente —dijo Arnau.
—Sí, claro.
—En tu habitación del albergue.
—Claro.
—¿Y duermes solo en esa habitación?
—No, comparto litera con un compañero, Joan. Es recepcionista.
Arnau asintió, lentamente.
—Lo sé. Hemos hablado con Joan. Pero él no puede corroborar nada, porque esa noche estaba en su casa.
—Es cierto, tenía fiesta ese finde…
—Sí, tenía fiesta.
—Pero estuve en mi habitación, lo juro.
Ambos policías se miraron. César asintió, autorizando al cabo a dar el siguiente paso.
—Ya te he dicho que no me impresiona lo más mínimo que la gente me jure las cosas. De hecho, te hace perder credibilidad.
El cabo fue directamente al último folio de la carpeta del caso y se la mostró a Younes.
—¿Ves esto de aquí? —preguntó Arnau.
El chico echó un vistazo a lo que le mostraba.
Eran dos fotoprinters de una cámara de seguridad.
La del albergue. En la primera imagen se veía a Younes saliendo por la puerta.
Iba vestido con ropa deportiva larga y llevaba una mochila a la espalda.
Eran las 22.47. En la segunda imagen se le veía entrando al albergue por la misma puerta.
Vestía igual, pero por la expresión de su rostro parecía cansado. Eran las 6.32 del día siguiente.
Younes agachó la cabeza, abatido. Comenzó a sollozar y se llevó las manos a la cara. Le temblaba todo el cuerpo.
—Te lo voy a preguntar una sola vez —dijo César, poniéndole la mano en el hombro al chico—. ¿Mataste a Alba?
El chico trató de enjugarse las lágrimas, pero resultaba absurdo ya que lloraba desconsoladamente. Entre hipos, dijo:
—No. Os lo ju… —Calló de pronto y miró a Arnau con miedo. Después volvió a arrancar el llanto. No era fingido, eso estaba claro, pero tampoco significaba que fuera inocente. Más bien todo lo contrario. Apestaba a arrepentimiento.
—¿Vas a decirnos qué hiciste esa noche? —preguntó Arnau.
—No puedo… —respondió gimoteando. E insistió—: No puedo decíroslo.
—Pues siendo así… —concluyó César, poniéndose en pie. Arnau lo imitó y rodeó la mesa hasta situarse detrás del chico—. No me queda más remedio que detenerte por la desaparición de Alba Solà.
Cuando Carme y Sebas se lo llevaron al calabozo, sonó un teléfono en el despacho de la Unidad de Investigación. César estaba solo en aquellos momentos y recuperó la llamada.
—Buenas, llamo desde la entrada —informó la agente de la recepción—. No sé a quién habéis detenido, pero esto está empezando a llenarse de familiares.