17
El miércoles por la tarde, cuando Rai entró en el Pedraparada, no me di ni cuenta. Y más me hubiese valido haber estado atento, porque Álex Velasco iba con él.
Sin embargo, un artículo del periódico que hablaba de una chica desaparecida captaba toda mi atención.
Apenas había clientes y, como Gero hacía un rato que se había largado, para hacer tiempo cogí uno de los periódicos de cortesía que el hotel ponía a disposición de los clientes, ensartado en uno de esos aparatosos bastones de madera para asegurarse de que a ningún cliente le daba por llevárselo escondido bajo el brazo.
En relación al artículo, nada, aparte de que se trataba de una chica que había desaparecido recientemente, unía aquella noticia con las desapariciones de Miranda.
Porque ni trabajaba allí, ni vivía por la zona, ni tampoco estaba ya en paradero desconocido.
Se trataba de una mujer de veinticuatro años, universitaria, que llevaba varios días desaparecida cuando su vehículo fue localizado por una patrulla de la Policía Local de Vic en un estacionamiento público, a la vista de todos.
Al abrir el maletero descubrieron su cadáver semidesnudo, con signos de haber sido torturada y agredida sexualmente.
La periodista era muy explícita en la narración del hallazgo; quizá demasiado.
La chica era de Vic, una ciudad a medio camino entre Quintana y Barcelona, a una hora en coche de Vilavella. Demasiado lejos para considerarla un caso relacionado, pero quién sabía.
Al levantar un momento la vista del periódico advertí la presencia de Álex Velasco junto a Rai. Marina acababa de servirles unas Voll-Damm y se dirigían hacia el reservado habitual.
Me mosqueaba que Álex estuviera allí, y que encima llevara una mochila de montaña del mismo tamaño que la de Rai y calzase botas de trekking. También me preocupaba que me viera.
—¿Cómo vamos de cambio? —le pregunté a Marina, acercándome a su posición, junto a la caja.
—Faltan monedas de cincuenta y de veinte. Y también de euro.
—Aprovecho que la cosa está tranquila y voy a cambiar —dije, alargando una mano hacia ella.
Marina asintió, sacó un fajo de billetes de cincuenta euros del compartimento del dinero y apartó seis.
Salí con discreción del Pedraparada y me dirigí a la recepción, donde solíamos acudir a por el cambio. Necesitaba desaparecer del campo visual de Álex el mayor tiempo posible.
Subí las escaleras y salí a la pasarela principal.
Antes de llegar al santuario, me detuve.
Entre los turistas que pululaban por ahí, vi venir en mi dirección a Marcelo, uno de los camareros del restaurante del hotel.
Iba vestido de calle, con unos tejanos cortos; en un pie lucía una aparatosa escayola y se ayudaba para andar con un par de muletas.
—¿Qué hay, tío? —le pregunté—. ¿Qué te ha pasado?
Había charlado con él unas cuantas veces, sobre todo en el comedor del personal.
Nada serio, conversaciones intrascendentes.
Debía de tener unos treinta y cinco años, y lo más característico en él era su cabello largo, recogido siempre con un pequeño moño en el cogote.
También lucía una barba perfilada, que acentuaba su prominente mandíbula.
—Pues ya ves —respondió Marcelo, sudando del esfuerzo de andar con las muletas—. Anoche me caí bajando las escaleras del restaurante, camino de la cocina. Me jodí el tobillo.
—¿Un esguince?
Asintió.
—De tercer grado. En cuanto apoyo el pie, veo las estrellas. No veas cómo duele.
—Pues tienes para varias semanas. Bajarás a casa, me imagino.
—¿Estás de coña? Yo de aquí no me muevo.
Tengo comida y cama gratis. Y por las noches se duerme de lo más fresco, así que mejor imposible.
Y lo voy a alargar lo máximo que pueda, como si me paso así todo el verano.
Que se jodan, negreros de mierda. Y lo mejor de todo es que yo voy a seguir cobrando.
Soltó una carcajada y comenzó a alejarse.
—Recupérate —dije.
—No prometo nada —respondió él.
Sara, que trabajaba con él codo con codo, ya me había comentado que era un poco jeta.
Cambié los billetes en la recepción y, de vuelta al Pedraparada, vi desde la propia pasarela que Rai y Álex salían por la puerta principal del bar, ambos con sus respectivas mochilas a la espalda.
Rai había pasado la noche en la montaña y, en torno a las seis y media de la mañana, había emprendido el camino de vuelta al santuario de Miranda. Ahora, por el rumbo que tomaban, regresaba allí, esta vez acompañado de Álex.
Aquella semana me tocaba trabajar en turno de tarde, desde las dos hasta las diez de la noche, de modo que hasta las diez y media, siendo optimistas, no estaría libre.
Y eso implicaba no llegar a la zona boscosa hasta pasada la una de la madrugada.
Aun así, al despertar, me había propuesto volver allí también aquella noche.
Pero ahora, con la presencia de Álex, se me fastidiaba un poco el plan.
La noche anterior, con Rai, había contado un mínimo de tres personas.
Ahora quizá fueran cuatro. Aunque, bien mirado, ¿qué más daba cuánta gente hubiera?
Tampoco pensaba arriesgarme en exceso; solo me acercaría un poco más y echaría un vistazo.
Y ya le había dejado caer a Isra que había conocido a una clienta del hotel que me había hecho ojitos, así que mi ausencia estaba más que justificada.