Nuestra señora del abismo 16
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La línea del cremallera de Miranda no comenzaba en Vilavella, sino en una localidad diez veces más populosa llamada Riudellums. Y era precisamente en la estación denominada Riudellums Enllaç donde se encontraba el cabo Arnau Ventura, junto con los agentes Sebas y Carme, en el interior de un Dacia Duster color gris metalizado.

Estaban aparcados en doble fila, con las ventanillas subidas y el aire acondicionado a todo trapo. Faltaba poco para que dieran las cinco de la tarde y aquel verano apuntaba maneras.

Llegó un cremallera a la estación y los policías inspeccionaron a todos los pasajeros que salían del recinto.

Eran una multitud, aunque muchos de los visitantes de Miranda ya se habían ido apeando en las estaciones anteriores.

La mayoría de los que bajaban allí era porque vivían en Riudellums o porque se dirigían a la estación de Renfe, situada a apenas cincuenta metros en línea recta.

Buscaban a una persona en concreto, y se habían dividido la estación en tres zonas. No obstante, el objetivo no había aparecido aún.

—En el próximo, seguro que baja. —Arnau se mostraba optimista.

Hasta el siguiente cremallera podían relajarse, así que Carme retomó un tema de conversación anterior.

—Yo no pienso renunciar a mis vacaciones —dijo la agente—. Las tengo en agosto y hace meses que pagué los vuelos.

—Aquí nadie va a tener que renunciar a sus vacaciones… —dijo Arnau, resoplando.

—¿Cómo que no? Tú lo has hecho —le espetó Carme.

—Bueno, yo no he renunciado a mis vacaciones. Solo las he pospuesto, de agosto a septiembre.

—Es decir —puntualizó Sebas desde el asiento trasero—, que has renunciado a tus vacaciones de agosto y te las has cogido en septiembre.

—Y todo ¿por qué? —apretó ella—. ¿Por salvarle la papeleta al Pequeño Emperador? —Así era como llamaban a César, entre otras lindezas—. Dime, Arnau, ¿qué opina Marisa de que seas tan pringado?

—A Marisa no le importa esperar a septiembre. Menos calor y precios más bajos.

—Está claro que quien no se consuela es porque no quiere. —Sebas metió baza.

—¡Que no es eso, coño! Para que os enteréis, no necesitamos irnos de vacaciones en agosto. Los críos ya son mayorcitos, pasan de venir con nosotros. Así que hemos decidido cambiarlas a septiembre y punto.

—Y porque el tirano te lo ha pedido.

—Sí, claro que me lo ha pedido. Y yo he aceptado porque me da la gana.

—¿Y él? —inquirió Carme.

—Él también renuncia a sus vacaciones. Me ha dicho que ya las cogerá más adelante, que no sabe cuándo, pero más adelante.

—¿Seguro? —La agente no parecía muy convencida.

—Hasta donde yo sé, sí.

—El tío ha venido a hacer méritos a costa de quien sea —comentó Sebas, dejándose caer sobre el respaldo del asiento—. Su familia incluida. ¡Hostia con el Napoleón!

—Basta con los putos motes —les llamó la atención el cabo—. Ya sé que no lo pone fácil, pero nosotros tampoco es que le estemos ayudando mucho, vamos.

—Que se joda —sentenció Carme.

Arnau respiró hondo. Hasta cierto punto estaba de acuerdo con ella, pero no había que olvidar que eran policías y que debían cumplir con ciertas obligaciones, por muy prepotente que fuera su nuevo jefe.

El sargento también debía hacer su parte, claro.

Algo había hecho, de momento. Porque, a pesar de que se quedaban en cuadro, había aceptado el consejo de Arnau de no poner impedimentos a los turnos de vacaciones autorizados a los agentes.

Llegó el siguiente cremallera y volvieron a ponerse en alerta.

Y, esta vez sí, Younes Bidouane apareció entre el gentío. El primero en verlo fue Sebas.

—Ahí está —dijo el agente, chasqueando los dedos y señalando a un chico joven que avanzaba hacia la estación de Renfe.

Iba vestido con camiseta de manga corta blanca inmaculada, pantalones cortos y zapatillas deportivas.

A la espalda cargaba una sencilla mochila azul marino y tenía encasquetados unos auriculares inalámbricos.

Llevaba un corte de pelo moderno y cuidado, y, en general, destacaba entre tanto turista vestido con ropa de montaña.

Los tres policías bajaron del Dacia.

No pretendían arrestarlo o, al menos, no hacerlo a las bravas; más bien invitarlo a que los acompañara a comisaría para charlar. Aun así, Arnau prefería pasarse que quedarse corto, de ahí que fueran tres a buscarlo.

Lo interceptaron antes de que accediera al andén de la estación de cercanías. Arnau le mostró la placa al tiempo que le hacía un gesto para que se quitara los auriculares. Younes se quedó petrificado.

—Los cascos —dijo Sebas, acompañando sus palabras con más gestos—. Fuera.

Younes paseaba la mirada de uno a otro, como si no comprendiera nada. Primero Arnau, luego Sebas, después Carme y vuelta a empezar.

La mossa alargó una mano y le quitó uno de los auriculares. Preguntó:

—¿Younes?

El asintió tímidamente.

—Tienes que acompañarnos a la comisaría de Quintana —dijo Arnau—. Queremos preguntarte un par de cosas. Vamos.

Los mossos hicieron ademán de darse la vuelta para dirigirse al coche, sin darle al chaval tiempo para reaccionar. Younes, sin embargo, permaneció clavado al suelo y, entre balbuceos, preguntó:

—¿Estoy detenido?

—No… —respondió el cabo—. A menos que hayas hecho algo por lo que tengamos que detenerte.

—¿Hay algo que quieras contarnos? —inquirió Sebas.

—Aprovecha ahora que estás a tiempo —dijo Carme.

A su alrededor, la gente pasaba sin percatarse de lo que estaba sucediendo allí.

—Es por lo de Alba, ¿no? —preguntó Younes.

—¿A ti qué te parece? —fue la respuesta de Arnau.

Y, de pronto, el chico comenzó a llorar como un crío. Desconsoladamente.