Nuestra señora del abismo 15
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Me pasé el fin de semana consultando la dichosa baliza. Para mi desgracia, no se movió de un edificio situado en una pequeña barriada próxima al cementerio de Quintana de Ter. Imaginé que era donde vivía Rai.

Por suerte, el lunes por la mañana volvió a moverse, y lo hizo hacia mi posición, el valle de Miranda.

Era mi primer día libre de la semana y me dediqué a seguir los movimientos de Rai, después de que dejara la mochila en la zona de vestidores de su empresa y comenzase su jornada laboral.

No se deslomó demasiado, aunque tampoco paró; primero se encargó de la recogida de contenedores y después se sumó a sus compañeros en las reformas del ala oeste.

Por la tarde, como venía siendo habitual, pasó por el Pedraparada y se tomó sus Voll-Damm en uno de los reservados que había junto a los ventanales, con la mochila de montaña frente a él.

Yo aguardaba fuera, observando desde la distancia.

Me cagué en todo cuando advertí que, una vez más, se dirigía a la estación del cremallera para volver a su casa. Una hora más tarde, el dispositivo daba posición en la calle Serrallonga, a escasos metros del muro del cementerio.

Al día siguiente, sin embargo, la cosa cambió.

La mañana era prácticamente igual a la del lunes, pero, por la tarde, el guion fue otro.

Rai se cambió de ropa y calzado, entró en la tienda de la planta principal para comprar pan, embutido y un par de latas de cerveza, y se marchó montaña arriba, siguiendo la ruta habitual.

Yo le di ventaja. Gracias a la baliza, no necesitaba ir pegado a él.

Subí a mi habitación y me vestí con ropa de running.

En una pequeña mochila de trail metí el cortavientos, la linterna frontal y un telescopio monocular, y eché a correr en dirección al camino del Montcreus, como hacía de manera habitual y, además, según indicaba la señal de la baliza.

Conforme me alejaba del santuario, fui cruzándome con algunos trabajadores y saludé a la mayoría.

Comenzaba a conocer a la gente, y la gente, a conocerme a mí.

A nadie le extrañó verme salir en aquella dirección.

Al cabo de media hora, bajé el ritmo hasta prácticamente caminar.

La ruta era ascendente, con una pendiente considerable, y costaba respirar.

Llevaba días aclimatándome, pero no los suficientes.

Para colmo, el paisaje se iba tornando cada vez más árido y rocoso, y debía vigilar dónde pisaba.

Rai llevaba buen ritmo, se notaba que estaba acostumbrado a andar por la montaña.

En torno a las siete de la tarde, transcurridas dos horas desde nuestra salida, en la aplicación de mi teléfono móvil vi que Rai abandonaba la ruta del Montcreus, justo antes de llegar al collado de Miranda, y avanzaba hacia la izquierda en un ángulo prácticamente de noventa grados, tomando una ruta perpendicular al camino principal.

Conforme el punto de luz se desplazaba por el mapa con vista satélite de la pantalla, no parecía seguir ninguna senda marcada como principal ni secundaria, sino avanzar campo a través, cruzando un prado de grandes dimensiones en sentido descendente.

Me detuve y esperé.

Al cabo de media hora, observé que seguía marchando en dirección a una zona boscosa situada entre el Montcreus y el Pic de Neus, otra de las cimas más imponentes que bordeaban el valle.

El extenso bosque al que parecía dirigirse limitaba al oeste con uno de los muchos riachuelos que nacían en las montañas, cuyo nombre era Torrent del Benamat.

Una hora después, ya no tenía dudas de que aquel era su destino.

Siguiendo sus pasos, recorrí un estrecho sendero que atravesaba en línea recta una pradera de varias hectáreas, y aún me encontraba en medio de ella cuando observé que la señal del dispositivo se internaba en la gran superficie arbolada y se detenía.

Yo aún me encontraba a bastante distancia, pero, a lo lejos, frente a mí, alcanzaba a ver aquel espeso bosque de pino negro.

Estaba empezando a oscurecer. Decidí desviarme un poco y caminar en dirección al torrente.

Llegué al cabo de media hora. El GPS de la mochila de Rai no se había movido.

Vadeé el arroyo y, desde la ladera opuesta, la del Pic de Neus, comencé a caminar en paralelo a la zona boscosa donde se encontraba Rai.

A pesar de que mi lado del río era menos frondoso, yo me movía entre los árboles, me ocultaba tras ellos.

La distancia que me separaba de Rai no era grande, apenas cuatrocientos metros.

Cuando me sentí lo suficientemente protegido, me detuve y observé lo que había al otro lado del agua, justo donde indicaba la señal del geolocalizador. Solo veía pinos y más pinos. Eran altos, tupidos y oscuros, tanto como la incipiente noche.

Me quedé en silencio escuchando solo mi respiración, oteando con el monóculo telescópico.

No vi nada que llamara mi atención. Estaba sudado y comenzaba a hacer frío.

Me puse el cortavientos y, justo al cerrar la cremallera, oí el sonido de un generador al arrancar.

Entonces se encendió una luz. No del todo en el centro del bosque, pero sí en su parte interior.

Dudé si debía acercarme más a la posición de Rai. Descendí entre los árboles, poco a poco, camuflado ahora también por la oscuridad. Y, antes de llegar al torrente, escuché las voces.

Al menos eran tres. Todos hombres. Uno parecía Rai, conocía su voz, pero no tenía ni idea de quiénes eran los otros dos. Y hablaban en una lengua extranjera.

Miré a mi alrededor y me resguardé un poco más, tras unas rocas.

Tenía fundadas sospechas de lo que hacían aquellos tres ahí, pero, por el momento, ya había visto suficiente. La próxima vez, iría más preparado.

Así que, poco a poco, fui deshaciendo el camino.

Cuando alcancé de nuevo al camino principal del Montcreus me permití el lujo de encender la linterna frontal. Y, llegados a ese punto, me puse a correr. Lo necesitaba. Sentía las piernas entumecidas del largo camino ascendente.

A mi llegada al santuario, pasadas las doce de la noche, tenía la sensación de que llevaba días enteros caminando por la montaña.

La pasarela principal estaba desierta, al igual que la planta baja de la zona de apartamentos.

Sinceramente, prefería no cruzarme con nadie para no tener que dar explicaciones de por qué regresaba tan tarde de correr.

La cosa pintaba bien hasta que, justo cuando me disponía a enfilar la escalera que conducía a las plantas superiores, oí que se abría de golpe la puerta del consultorio médico.

Me puse en guardia instintivamente, y me detuve junto al mostrador de información, de lado, medio oculto por una columna.

Y entonces vi al médico apoyado contra la puerta, comiéndose la boca con una mujer alta y delgada, de pelo rizado, vestida con el uniforme de la recepción del hotel.

Era la esposa del director.

Ambos estaban como auténticas motos, cachondos a más no poder.

Y, en el preciso momento en que yo salía con sigilo de detrás de la columna, el doctor abrió los ojos y me vio. O, más bien, vio que yo lo había visto.

No hizo ningún gesto, siguió a lo suyo. Y yo me limité a subir a mi apartamento sin hacer el menor ruido.