Nuestra señora del abismo 14
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—¿Cómo puede ser que solo haya un juzgado? —preguntó César al cabo Arnau Ventura. Ambos estaban sentados en la recepción del juzgado, en unas incómodas butacas de escay con los cantos de los cojines pelados.

—Esto no es el Bronx… Ni La Mina, ni San Cosme. En esta comarca pasan pocas cosas, y las que pasan son de poca monta. Eso por no hablar de las que ni nos enteramos. Hay quien piensa: «¿Voy a perder un día bajando a Quintana a denunciar algo que no servirá de nada?».

—Y, aun así, habéis acabado con un índice de resolución pésimo. No me mires así, Arnau, cuando llegué las estadísticas daban pena, y lo sabes.

—Y probablemente seguirán así —comentó Arnau, entornando los ojos—. Tenemos los medios que tenemos, ya los has visto.

—Los medios son los que son, pero hay muchas cosas que mejorar. La ambición, por ejemplo. No basta con lo de siempre: hay que innovar.

Arnau se volvió hacia su superior y alzó ligeramente el oficio policial que habían llevado con ellos.

—Sabes lo que te va a decir doña Ágata cuando le cuentes lo que pretendes pedirle, ¿no? —Y, sin aguardar una respuesta, Arnau continuó—: Que te dejes de películas y vayas a lo práctico.

—No veo por qué —dijo César, aunque no las tenía todas consigo.

La jueza titular del único juzgado de primera instancia e instrucción de Quintana de Ter era la ilustrísima magistrada Ágata de los Robles Camprubí, más conocida por aquellos lares como doña Ágata.

Llevaba por lo menos quince años allí, y todo parecía indicar que solo aspiraba a jubilarse en aquel puesto.

Y, aunque apenas había tratado con ella en un par de ocasiones, y todo lo que le había solicitado se lo había concedido, no había sentido mucha química con aquella señora de sesenta años, vestida a la antigua, con collar y pendientes de perlas, y mirada adusta enmarcada en una media melena blanca y repeinada.

Llevaban esperando más de media hora y César ya estaba ansioso. Un tic en la pierna le hacía repiquetear sin parar el talón contra el suelo.

—Te veo agobiado, César —dijo el cabo. Nunca lo llamaba «jefe» ni «sargento». Solo César, con condescendencia. También aquello le tocaba las pelotas.

—Me cuesta acostumbrarme a vuestro ritmo —soltó el sargento—. Tú has nacido aquí, estás hecho a todo esto.

—Estás muy equivocado —dijo el cabo, sonriendo—. Yo soy de Rubí. Me he criado a diez kilómetros de donde te has criado tú.

Aquello desconcertó a César.

Un teléfono sonó en la recepción del juzgado, al que contestó un oficial.

—Pensé que al llamarte Arnau, di por hecho… —dijo el sargento.

—Tú das por hecho muchas cosas.

—Ya pueden pasar al despacho de doña Ágata —anunció el oficial.

Ambos se levantaron y avanzaron hasta el despacho de su señoría.

Entraron y se aproximaron al escritorio de la jueza, que se puso en pie y alargó una mano blanca y arrugada para saludarlos escuetamente. A continuación, todos se sentaron.

—Pues ustedes dirán —los invitó a hablar.

A un lado tenía dos mástiles de despacho con las banderas de España y Cataluña, y, al otro, colgado en la pared, un retrato del rey Felipe VI en el que aparecía de pie, con los brazos cruzados en plan «a ver qué vienen a pedir estos ahora», y que parecía secundar a la jueza con su actitud.

La mujer los observaba con unos ojos pequeños y oscuros, tras unas gafas de montura negra, con grandes cristales cuadrados.

—Es sobre la desaparición de Alba Solà —comenzó a decir el sargento—, la recepcionista del hotel del valle de Miranda. Venimos a ponerla al día de la investigación y a solicitarle ciertas medidas que nos ayudarán a avanzar con el caso.

Lo dijo señalando el oficio policial que sostenía entre las manos, al que la jueza miraba con cierta reticencia. César alargó una mano para tendérselo, pero ella tardó algunos segundos en recogerlo; y, cuando lo hizo, comenzó a hojearlo como quien abre un regalo que sabe que no le va a gustar.

—Encontramos unos testigos que afirman que, la misma tarde de la desaparición de la chica, tuvo una discusión acalorada con un trabajador del albergue. Por si no lo supiera, el albergue está en…

—Sé dónde está el albergue de Miranda —lo cortó la jueza, sin apartar la mirada de la declaración de los testigos—. Aquí todo el mundo lo sabe. Vaya al grano.

—Esto…. —El sargento se sentía algo desconcertado por tanta premura.

Se tomó un par de segundos y continuó—: El testimonio de ese matrimonio nos llevó a pensar que quizá mantenían algún tipo de relación afectiva y que, por lo que fuera, había acabado mal.

Así que ayer, en cuanto nos llegó el vaciado de su teléfono móvil, fuimos directos a las conversaciones de WhatsApp que había mantenido con el chico.

—¿Está plenamente identificado?

—En efecto. Es Younes Bidouane, de veintitrés años. Trabaja en el albergue desde hace dos.

Ahora la jueza estaba leyendo la última conversación mantenida entre Younes y Alba. Después preguntó:

—Pero ¿eran pareja o no?

—Hemos podido constatar que se veían con frecuencia y hablaban prácticamente a diario —dijo César con un carraspeo—, pero, en caso de serlo, debían de llevarlo con mucho secreto, porque ni siquiera en las conversaciones queda claro.

Para ese día en cuestión, habían acordado subir juntos al refugio de Pas de Llops, pero ya desde primera hora de la mañana Younes empezó a poner excusas para no ir.

Ella estuvo insistiéndole a lo largo del día, hasta que el chico le dejó bien claro que no pensaba cambiar de opinión.

—¿Y por eso creen que la discusión fue tan acalorada como dicen? ¿Tan enfadada estaba ella por el plantón?

—Es posible, o quizá estaba molesta por algo que él le dijo en persona aquella tarde. Después de la bronca frente al albergue, él le escribió, lo tiene ahí resaltado en amarillo fosforito: «Las cosas son como son. Pero, por favor, te lo pido por favor…».

—«… no me hagas eso o me volveré loco» —acabó la jueza—. ¿Y ella no le responde nada?

—No. Leyó el mensaje poco después, eso seguro, pero no le contestó nada.

La jueza cerró el oficio y lo dejó caer sobre la mesa.

—¿No tienen nada más?

César se revolvió incómodo sobre su butaca.

—Bueno, todavía tenemos que acabar el análisis del vaciado del teléfono, pero hemos considerado muy relevante la información del tal Younes, y por eso creemos que es vital intervenir sus comunicaciones.

La jueza alzó una ceja por encima de las gafas.

—¿Me está diciendo que quieren pincharle el teléfono?

—Así es.

En esta ocasión, la jueza desvió la mirada a Arnau. Este se encogió de hombros. Regresó al sargento.

—Me está usted hablando de una intromisión en el derecho fundamental del secreto de las comunicaciones y todo por ¿una desaparición?

No niego que se trata de una desaparición inquietante, ni tampoco que esto de la discusión que me presentan tiene cierto cariz sospechoso, pero, para recurrir a una medida tan invasiva, hace falta más.

Mucho más. Y me extraña que no lo sepan.

César comenzó a sentir una ráfaga de calor que le subía por todo el cuerpo y le inundaba la cabeza. Temía haberse puesto colorado.

—Les concedí el vaciado de su teléfono. Continúen con ello. También ordené que les facilitaran la información relativa a los repetidores de telefonía móvil.

—Aún no hemos recibido toda la información —respondió Arnau.

—Pues trabájenla. Pero no me vengan con esto…

—Y señaló el oficio, que reposaba solitario en medio de su escritorio—.

Que no lo registren en el mostrador. Voy a hacer como que no me lo han traído, y con eso no solo les hago un favor a ustedes…

—Con «ustedes» en realidad quería decir «usted», ya que miraba fijamente a César—, también se lo hago a la causa.

No quiero que empiece con algunas denegaciones por falta de pericia en la investigación.

Y por falta de práctica. ¿Por qué no hablan con el chico?

Supongo que no tendrá antecedentes ni nada reprobable en su historial, de lo contrario me lo habría dicho.

Es posible que con una simple charla quede todo aclarado.

Porque esto de la intervención… Arnau, ¿cuándo fue la última vez que desde la Unidad de Investigación de Quintana de Ter se pinchó un teléfono?

—Hará cuatro años, más o menos.

—Pues eso. Póngalo un poco al día de cómo funcionan las cosas por aquí —finalizó la jueza, levantándose de la butaca.

—En eso estamos —respondió Arnau—. En eso estamos.