13
Mi pedido de Amazon llegó dos días después. Tuve que bajar hasta Quintana para recogerlo.
Habían transcurrido dos tardes prácticamente idénticas, en las que Rai, tras finalizar su jornada, había ocupado uno de los reservados del Pedraparada y se había inflado a Voll-Damm hasta recibir una llamada.
Entonces se había cargado la mochila a la espalda y había echado a andar montaña arriba siempre en la misma dirección.
Aquella tarde algo iba a cambiar. O eso pretendía yo, al menos. En mi bolsillo guardaba un localizador GPS para perros que apenas pesaba unos cuarenta gramos.
La única pega era que lo había pedido en color negro y me lo habían enviado en color verde oliva. Y tampoco me gustaba que emitiera unas lucecitas rojas y verdes. Ambos problemas los había solucionado forrando el dispositivo con cinta aislante negra.
Rai no se había despegado de la mochila ni un momento. Yo lo observaba con disimulo desde la barra, mientras escuchaba a Pol pontificando:
—Mira, a una prima mía, sin ir más lejos, le dio por hacerse vegana.
Era de esas que no paran de calentarle la cabeza a todo el mundo con que los animales tienen los mismos derechos que nosotros…
No veas tú la turra que daba. Hasta que un día se le acercó un perro y ¡ñac!
¡Le mordió en el culo! Como lo oyes. Y se pilló tal rebote que, en venganza, volvió a comer carne. Ahora hace unas barbacoas de miedo.
—¿Qué perro era? —pregunté por curiosidad.
—¿La raza?
Asentí.
—No era ningún bicharraco peligroso ni nada por el estilo, era un chihuahua de mierda. La pilló por sorpresa.
Meneé la cabeza con resignación y serví un par de cervezas de tirador a unos clientes. Mientras, Rai continuaba sentado en el reservado.
Por la puerta de la izquierda vi aparecer a Marina y Sara. La primera estaba trabajando y venía de buscar cambio en la recepción del hotel. La segunda debía de haber acabado su turno, porque vestía de calle.
Durante los últimos días, había mantenido las distancias con Sara de manera consciente. Desconocía qué rollo se llevaba con el maître, pero yo no estaba para historias ni complicaciones, y había vuelto a convencerme de que nada debía distraerme de mi objetivo allí arriba.
Al ver a Marina, Gero apuró el vaso de tubo y salió de detrás de la barra con andar vacilante. Tenía comprobado que, cuanta más caja hacíamos, más mamaba. Marina pasó a ocupar su puesto y Sara vino hacia mí. Yo acababa de salir a la zona de mesas para hacer una ronda de limpieza.
—Buenas —saludé con naturalidad—. ¿Ya te marchas?
—Dentro de un rato —respondió ella, y se puso a recoger una mesa—. Hoy no tengo prisa.
—Pero ¿tú no descansas nunca o qué?
—Qué va —respondió—, lo mío es vocacional.
Y sonrió, aunque la noté algo tensa.
Con el rabillo del ojo vi a Rai ponerse de pie y dirigirse a la barra. Había dejado la mochila sobre el banco, completamente sola. No estaba muy lejos de mi posición, a unos cinco o seis metros.
—Gracias, pero no hace falta que me ayudes —le dije—. Siéntate por ahí y ahora te llevo un café o lo que quieras.
—No quiero nada, gracias. Y no me importa echarte una mano.
—Pues te lo agradezco —dije, resignado.
Rai volvió al reservado con otra Voll-Damm.
—Me han dicho que te han visto corriendo por ahí —dijo Sara mientras nos dirigíamos a limpiar otra mesa situada aún más cerca de la de Rai—, que ibas de polvo hasta las cejas.
—Llevo varias tardes saliendo y la verdad es que me está gustando mucho. He encontrado algunas pistas forestales cojonudas. El desnivel es de la hostia, no te voy a engañar, pero es que te alejas de aquí y los paisajes son una pasada. Estoy viendo cosas muy guapas.
—Así que todavía no le has cogido manía al valle, ¿no?
—Todavía no.
—Lo harás. Ya verás… Crees que no, pero lo harás… De todos modos, si una tarde te apetece, te enseño algunos caminos que seguro que no conoces. Pero vamos andando, ¿eh? Nada de correr.
—Vale, cuando quieras.
¿Qué otra cosa podía decir?
Acabamos de limpiar aquella mesa y nos trasladamos hasta la zona más al fondo del salón, a un rincón oculto parcialmente de la barra.
De pronto, Sara me soltó a bocajarro:
—La otra tarde te asusté, ¿a que sí?
—No es eso, Sara.
—Entonces ¿qué pasa? —Me miró seria, clavándome aquella mirada capaz de desarmarme—. A ti te han contado algo, ¿no? ¿Te han dicho lo de Arturo?
Callé un instante. Después decidí ser sincero.
—Algo he oído —dije—, pero, oye, que yo no me meto en la vida de los demás, cada uno que haga lo que le plazca. Solo que no quiero líos ni historias.
Agachó la cabeza y murmuró:
—Qué difícil es guardar un secreto aquí, joder.
—No pasa nada. No te agobies.
—Sí que me agobio —dijo—. Claro que me agobio…
Suspiró y la mirada se le fue al reloj de pared que había junto a la entrada principal.
—Mierda, tengo que irme —dijo, aunque parecía que le costaba arrancar—. Oye, el sábado de la semana que viene habrá una fiesta en la sala común. Van a celebrar varios cumples juntos, y justo esa noche me toca quedarme. ¿Vendrás?
Yo no tenía la menor idea de qué demonios estaría haciendo para entonces; aun así, respondí:
—Claro, ¿por qué no?
Ella asintió y, por su expresión, pareció aliviada. Eso hizo que me sintiese mejor.
Tras despedirnos se marchó a la estación.
Y entonces fue cuando me percaté de que me había olvidado de Rai por completo.
Me volví rápidamente y se me aceleró el pulso al advertir que su mochila estaba completamente sola en el reservado.
Lo busqué por todo el salón, pero no hallé rastro de él.
Escudriñé tras los ventanales, por si estaba fuera, pero nada.
Entonces di por hecho que había ido al lavabo después de tanta cerveza, pero ¿cuánto hacía que se había marchado?
Decidí arriesgarme. Me aproximé al reservado con el trapo húmedo y fingí limpiar la mesa y reunir los botellines. Debía ir con cuidado, ya que la ventana daba a la calle y alguien podría advertir mis movimientos, y también debía vigilar la puerta que daba a la zona de consignas y baños.
Metí la mano en el bolsillo, en busca de la condenada baliza.
¿Estaba encendida? Buen momento para tener dudas.
Saqué el dispositivo y aparté un trozo de cinta aislante.
Un punto de luz, rojo y brillante, destacó entre tanto fondo negro.
Volví a cubrirlo con la cinta y miré de nuevo hacia la entrada. Ni rastro de Rai.
Alargué un brazo hacia uno de los bolsillos laterales, tiré de la hebilla de la cremallera… y no cedió. Estaba atrancada.
Probé con la cremallera del otro bolsillo y, aunque costó, conseguí abrirlo. Había bastantes cosas dentro, pero no llegué a distinguir qué era nada. Empujé el aparatito hasta que logré encajarlo al fondo, y noté algo parecido a un pañuelo o un buff que lo cubría.
Mientras cerraba de nuevo la cremallera, oí la voz de Rai a mi espalda.
—¡No jodas! —exclamó.
Por un momento creí que se dirigía a mí… Pero no, estaba hablando por teléfono. Acabé de pasar el trapo por la superficie de la mesa y me llevé todos los botellines vacíos. Rai ni me miró. Consultaba su reloj de muñeca mientras escuchaba con cara de mosqueo.
—Pues podían haber avisado antes —dijo de pronto—. Vaya mierda…
Fui tras la barra y me tomé mi tiempo antes de observar a Rai. Y, cuando por fin lo hice, fue para ver cómo se largaba con la mochila a cuestas.
Esta vez, a diferencia de las anteriores ocasiones, Rai no salió por la puerta principal. Esta vez subió por las escaleras que conducían a la estación.
Le di un tiempo de ventaja y salí tras él. Llegué justo para verlo montar en un tren cremallera que estaba a punto de partir. Cuando él entró, cerraron las puertas.
Mientras lo veía marchar, saqué el teléfono móvil y accedí a la aplicación de seguimiento GPS. En él aparecía una lucecita parpadeante que, poco a poco, se alejaba del valle de Miranda por la vía del cremallera en dirección a Vilavella.
La buena noticia era que la baliza funcionaba.
La mala, que Rai no se dirigía hacia donde yo esperaba.
Según las indicaciones del fabricante, la batería duraba unos diez días, dependiendo de la cobertura y del uso que se hiciera del dispositivo; disponía de cierto margen, por tanto, a menos que Rai la descubriera antes.
De regreso al Pedraparada, advertí que tenía una llamada perdida en el móvil. Era de Gonzalo Samitier, mi abogado.
Me detuve en cuanto leí su nombre. También me había escrito un wasap.
Llámame en cuanto puedas. Es importante.
Importante. Una palabra que no tiene por qué ser negativa, pero que suele escribirse para anunciar algo preocupante. Porque, cuando hay buenas noticias, todos corren a adelantarlas lo antes posible, incluso por escrito.
Respiré hondo y le devolví la llamada.
—Víctor —dijo Gonzalo a modo de saludo, y utilizó para ello un tono monótono que sonaba un poco a funeral—, ¿has recibido el email?
Si acaso lo había recibido, no tenía ni idea.
—Puede —respondí—. He estado liado.
—Bueno, a ver… —Se le oía mover papeles—. Sí, aquí… Escucha. Ya tenemos el escrito de acusación de la fiscalía, ¿vale?
—¿Y?
—Lo siento, Víctor. El tipo va a por todas. Pide prisión para ti.
Justo lo que me temía.
—¿Cuántos años?
Silencio. Un suspiro.
—Ocho.
—Joooder —se me escapó.
—A mí también me ha sorprendido. Te he enviado el escrito por email, échale un vistazo.
Verás que el tío ha hecho mucha sangre, de eso no hay duda, como si quisiera dar ejemplo a tu costa.
Pero una cosa es lo que pone en el escrito y otra muy distinta lo que consiga demostrar contra ti.
Y aquí no se rinde nadie, ¿me oyes? Vamos a presentar batalla.
—¿Algo más? —pregunté. Tenía ganas de colgar.
—Esto…, no. Tú confía en mí, ¿vale? Y prométeme que no te meterás en ningún lío, ¿de acuerdo?
—Pues prometer, lo que se dice prometer, no te prometo nada —dije.
Él rio.
—Así me gusta, que no pierdas el sentido del humor. Tú mantente positivo, siempre positivo, que esto lo ganamos.