Nuestra señora del abismo 12
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—Tenemos que cortarnos con los gastos —se quejó el sargento César Sánchez a su mujer, Íngrid.

Por supuesto, lo hacía por teléfono. Él estaba en su despacho de la comisaría de Quintana de Ter, y ella, a ciento treinta kilómetros de allí, en Terrassa—.

Con lo que gasto aquí en alojamiento y comida, no podemos permitirnos ese tipo de caprichos.

Y menos unas zapatillas de cincuenta euros para un bebé.

—Es que eran tan monas…

—Me da igual. Devuélvelas, por favor.

—No.

—Pero ¡si ni siquiera camina, Íngrid, por el amor de Dios!

Tras unos segundos de mortal mutismo, Íngrid sacó el látigo. Solía ser calmada y hasta cierto punto dócil, pero, si le apretaban las tuercas, podía convertirse en una persona muy cruel.

—Si lo sé, no te digo nada y ni te enteras. Porque enterarte, lo que se dice enterarte de lo que pasa aquí, no te enteras de nada.

—Íngrid, por favor.

—¡Ni por favor ni hostias! Que tienes un niño de diez meses y desapareces cinco o seis días a la semana, cuando no la semana entera, y encima quieres mangonearme. Pues hasta aquí la clase, chico.

—Esto no lo hago solo por mí, es para que…

Íngrid lo cortó rápido. Ya había usado aquel cuento demasiadas veces.

—Para que con el tiempo todos vivamos mejor, ¿no? Vamos, César, no me jodas, que parece que haya tenido el crío yo sola. Que no tengo ni un minuto de respiro y me lo estoy comiendo yo todo…

—Pero ¿y Rossana?

Rossana era la empleada de hogar que acudía varios días a la semana para limpiar, cocinar y planchar.

Tenía cincuenta y pocos años, era de origen peruano y lo cierto es que resultaba de gran ayuda.

Y eso que, al principio, él se había mostrado reticente a contratarla por el gran dispendio económico que suponía.

Sin embargo, con el paso del tiempo, la mujer se había convertido en una pieza indispensable del hogar, incluso para César, que disfrutaba de su cocina cuando regresaba a Terrassa.

Íngrid soltó un bufido.

—Rossana me ayuda. Claro que me ayuda. Pero ya tiene bastante con lo suyo.

—¿Y qué me dices de mi madre? ¿Y tus padres? ¿No pueden ir a ayudarte?

—Tu madre está muy mayor, y no me veo dejándola sola con el bebé. Ya lo hemos hablado. Y mis padres hacen lo que pueden, pero esa no es la cuestión. La cuestión es que nuestro hijo tiene un padre que no está aquí para cuidarlo.

César sabía lo que Íngrid quería exactamente: que subiera y bajara todos los días desde Terrassa a Quintana, pegándose una hora y media de ida y otra hora y media de vuelta, para tenerlo en casa, ayudándola con el bebé, levantándose por la noche, dándole el biberón…

Pero es que eso era incompatible con su actual trabajo, porque a menudo se veía obligado a prolongar la jornada hasta tarde y también podían requerir su presencia de manera urgente en mitad de la noche.

Aspectos muy necesarios para el servicio, pero sobre todo para contentar a sus superiores.

—¿Sabes una cosa? —soltó Íngrid. Hacía ya tiempo que César había aprendido a recelar de sus «¿Sabes una cosa?». La dejó hablar—. En la guardería hay monitoras que piensan que el crío no tiene padre, ¿qué te parece?

César se abstuvo de responder. En su lugar, dijo:

—Haz el favor de devolver esas zapatillas, por favor.

Intentó colgar justo después, pero ella ya se le había adelantado.

Todavía quedaban un par de días hasta el viernes por la noche. Para entonces confiaba en haber limado asperezas con ella… y no tener que quedarse en Quintana por cualquier emergencia.

Permaneció pensativo unos segundos, todavía con la mirada clavada en su teléfono móvil, hasta que el cabo Arnau Ventura asomó por la puerta.

—¿Todo bien en casa?

Solo faltaba aquel tocándole la pera.

—Sí, todo bien.

Arnau entró en el despacho con su característico andar de oso amoroso. Se sentó sobre una esquina de la mesa sin apartar ni una sola carpeta ni un solo documento, cosa que repateaba a César, y tras ajustarse las gafas de pasta comentó:

—¿Te has enterado de lo de la manifestación de la semana que viene?

El sargento asintió. Quintana estaba repleta de carteles que la anunciaban. Según decía, la plataforma ciudadana Vecinos contra la Islamofobia había convocado una manifestación cuyo recorrido finalizaba frente a la comisaría de los Mossos d’Esquadra, donde tenían pensado leer un manifiesto.

—Pero nosotros debemos seguir como siempre —dijo César, zanjando aquella conversación que le importaba bien poco—. A lo nuestro, investigando delitos.

Abrió su libreta de notas para continuar con la larga lista de casos y gestiones pendientes, pero Arnau lo interrumpió plantando su gran manaza sobre ella.

—Sigues sin entender nada, ¿no? Lo que pasa ahí fuera nos afecta a todos, tú incluido.

Menuda tarde.

—Arnau, no empieces otra vez.

El cabo le mantuvo la mirada, arrugando los labios velludos en un mohín, hasta que al cabo de unos segundos retiró la mano. Se puso en pie y dijo:

—He llamado a la Científica Regional de Girona para preguntarles por el vaciado del móvil de la chica. Me han dicho que en breve lo tendremos, a principios de la semana que viene como muy tarde.

—¿Y qué hay de la información de los repetidores de telefonía?

—Van llegando —respondió Arnau, que había seguido insistiendo en que aquella medida era una pérdida de tiempo—. Cuando tengamos todos los datos, se los pasaremos a la Unidad de Tratamiento para que lo analicen, a ver si nos sacan algo de interés.

César asintió mientras pasaba las páginas de su libreta de notas. De pronto se topó con un papel suelto. Se trataba de un nombre y un número de teléfono del que se había olvidado por completo tras la aparición de la mochila.

—Espera, Arnau —añadió antes de que el cabo se marchara. Le tendió el papel y dijo—: Que Sebas o Carme llamen a este tal Víctor Trafalgar, el otro camarero que habló con la chica en el bar. A ver si dice lo mismo que su compañera.

—Casi mejor lo hago yo. Ellos están liados con otros asuntos.

—Como veas.

Entonces llamó a la puerta del despacho un agente uniformado.

—Tengo en la puerta a un matrimonio con dos críos que dicen tener información acerca de la desaparecida de Miranda, la recepcionista.

—¿Información? —preguntó Arnau—. ¿Qué clase de información?

—Dicen que la vieron discutir con un chico delante del albergue.

—¡No jodas! —exclamó el cabo.

—¿Saben quién es el chico? —preguntó César, levantándose de su silla reclinable—. ¿Lo conocen?

El agente se encogió de hombros.

—Esas preguntas os las dejo a vosotros, que entendéis del tema. Yo me limito a transmitir lo básico. Cada uno a lo suyo.

César parpadeó ante el pasotismo de aquel tipo; seguía sin pillar a aquella gente y, probablemente, nunca lo haría. El cabo, por su parte, se limitó a darle las gracias al mosso por haber acudido en persona a informarles.

Después de que Arnau se dirigiera a recepción para atender a los testigos y acompañarlos a un locutorio de declaraciones, el sargento se reunió con ellos.

Y su primera reacción fue de sorpresa al encontrarse con tanta gente apiñada en un espacio tan minúsculo.

El cabo estaba sentado a un lado del escritorio y frente a él había un hombre y una mujer, cada cual con un niño en su regazo.

El mayor tendría unos siete u ocho años, y el más pequeño, unos cinco.

Ambos parecían absortos en las pantallas de los teléfonos móviles que debían de haberles encasquetado sus padres.

El hombre, que era quien estaba hablando en aquellos momentos, se volvió al advertir la presencia del sargento junto a la puerta.

—Perdón —se disculpó César por la interrupción. Y, pegándose a la pared, fue avanzando hasta situarse junto al cabo—. Siga, siga, por favor.

El hombre lo observó con extrañeza. Después se volvió hacia Arnau y empezó de nuevo. Pronto recuperó el hilo.

—Pues eso, que al principio no le dimos mayor importancia, una riña más entre enamorados. Pero, cuando el director del albergue nos preguntó, le pedimos que nos enseñara una foto de ella y la reconocimos, ¿verdad?

Acababa de volverse hacia su mujer, que en aquellos momentos afirmaba enérgicamente.

—Sí, sí, tal cual —confirmó ella—. Los vimos el viernes, sobre las siete y veinte de la tarde.

Siete y media, como mucho. Estaban delante del albergue.

Apenas oímos nada de lo que dijeron, pero ella parecía muy enfadada con él, lloraba y de vez en cuando le gritaba algo.

Y él parecía muy incómodo cuando vio que estábamos ahí.

Tiraba de ella todo el rato, como para llevársela a alguna parte; no era nada violento, más bien tirones de la manga como diciendo «vámonos de aquí, que estamos dando mucho la nota». Pero lo que es oír, no oímos casi nada.

—Casi nada —corroboró él—. Solo gritos en plan «pero ¿por qué?» y cosas así.

—«¿Por qué?, ¿por qué?» —repitió ella.

—Y algún insulto.

—¿Como cuál? —preguntó Arnau.

La pareja se miró y, al instante, cada uno tapó los oídos del hijo que reposaba en su regazo. Los críos ni se inmutaron.

—«¡Cabrón! ¡Eres un cabrón!» —dijo él.

—Y también lo llamó «maricón de mierda» —apuntó ella.

—Sí, eso, «maricón de mierda».

César observó atentamente a la pareja. Sin duda, aquello era lo más emocionante que les había sucedido en meses.

Ambos eran de la misma edad, rondando la cuarentena, parecían de la zona alta de Barcelona y vestían con ropa de montaña muy nueva y cara.

Los niños también iban como un pincel, con todo a medida, nada de aprovechar prendas de otros críos mayores, y también iban de marcas hasta arriba.

De hecho, uno de ellos llevaba unas zapatillas Adidas muy parecidas a las que Íngrid le había comprado a Rodrigo, su hijo. Había que joderse.

Arnau dirigió una mirada de extrañeza a su sargento y comentó:

—Es raro que el director del albergue no nos avisara de que alguien la había visto…

—Es que no se lo dijimos —lo cortó el hombre—. Nos lo callamos.

—¿Y eso? —preguntó César.

—Decidimos que era mejor venir aquí directamente, a hablar con ustedes —continuó el padre—. Porque…

—Porque el chico trabaja en el albergue —se le adelantó la mujer.

Arnau y César se miraron.

—¿Están ustedes seguros de eso? —preguntó el cabo, con medio cuerpo inclinado sobre el escritorio.

—Sí, sí, claro —respondió la madre.

—Hemos pasado allí una semana entera —informó el hombre—. Y hemos visto al chaval casi cada día, en el comedor, sirviendo los platos de comida cuando pasábamos con la bandeja. Es tipo self-service.

—No sabrán su nombre por casualidad, ¿no? —preguntó Arnau.

—No, qué va… Es un chaval así, joven, delgado, de unos veinticinco años, muy educado…

—Y siempre muy limpio y arreglado —comentó ella—. Ya me entienden, bien peinado, afeitado, se nota que se cuida. Y con la piel morena.

—Sí, sí, morena. Piel morena.

Arnau se puso en pie.

—Voy a llamar al director del albergue, a ver si me puede decir qué trabajador coincide con esa descripción.

Y desapareció.

César se quedó a solas con los testigos. Para romper el embarazoso silencio que se había creado, dijo:

—No he estado nunca en un albergue. ¿Vale la pena?

—Claro que sí —respondió la madre.

—Muchísimo —afirmó el padre, moviendo la cabeza de arriba abajo una y otra vez—. Sobre todo cuando vas con críos… Bueno, a ver… —Bajó la voz un par de tonos y se acercó al sargento en un gesto confidente antes de añadir—: Nosotros podemos permitirnos el hotel. Sin embargo…

La mujer continuó por él:

—Queremos que nuestros hijos aprendan a valorar las cosas, ¿sabe? Que no se acomoden, que sepan lo que es pasarlo mal…

César les sostuvo la mirada a ambos, sin saber qué decir. Por suerte, apareció Arnau. Y traía cara de circunstancias. Mientras recuperaba su lugar tras el escritorio, dirigió una mueca de preocupación a su jefe y le susurró:

—Esto nos va a acabar trayendo problemas.

El sargento hizo amago de preguntarle a qué se refería cuando el cabo ya les estaba formulando una pregunta a los testigos:

—El chico al que ustedes se refieren…, ¿es marroquí?

Ambos se miraron.

—Sí, bueno, ya le hemos dicho que tenía la piel morena.

—Pero no me han dicho que era árabe.

Ambos volvieron a mirarse y taparon de nuevo a la vez los oídos de sus hijos.

Ella se adelantó.

—Es que preferimos criar a nuestros hijos en un mundo donde no existan palabras como «racismo» o «xenofobia».

—Pues existen, señores —dijo el cabo, pasándose la mano por el rostro—. Existen.

Se giró hacia el sargento y, esta vez sí, César comenzó a intuir que quizá, solo quizá, Arnau tuviera razón y aquello pudiera caldear aún más el ambiente de Quintana.