11
Llevaba un par de días observando los movimientos de Rai en Miranda. Pertenecía a una cuadrilla que se dedicaba al mantenimiento de las instalaciones ubicadas fuera de los edificios principales, así como a pequeños trabajos de albañilería y a la gestión de residuos.
Aquella mañana, sin embargo, no había tenido mucho tiempo para vigilar qué hacía, porque aquel día fue el primero en que fui consciente de que, en Miranda, y más concretamente en el Pedraparada, había mucho trabajo.
«Ahora sí que ha empezado el verano», me dijo Marina al ver la riada de gente que entraba.
La chica había estado algo rara conmigo tras nuestro primer encuentro después de la charla en la fuente de Sant Genís, pero ya se le había pasado.
Tras la marabunta de clientes, a media tarde, pudimos tomarnos un respiro para rellenar neveras, limpiar las mesas del salón y recolocar los vasos, platos y cubiertos limpios que Virgínia nos tenía preparados en el office.
Fui a echar un vistazo a los cubos de reciclaje que había en el salón para los clientes y observé que el de orgánica estaba al límite.
Cambié la bolsa y, cargando con la que estaba llena, me dirigí a la parte posterior del bar, donde estaban los contenedores.
De camino pasé por la cocina y observé que el cubo de Amadeo también estaba hasta los topes.
—Salgo fuera —dije, señalándole el cubo al cocinero—. Si quieres aprovecho el camino y me llevo el tuyo también.
—Gracias, chaval —dijo Amadeo—, pero te acompaño, que voy a aprovechar para echar un pitillo.
La puerta trasera daba a un rincón al aire libre por donde no pasaba mucha gente.
Alrededor de los contenedores había una verja construida con tablas de madera, para no afear el bucólico paisaje del valle.
Tiré la bolsa y, al levantar la de Amadeo, me manché la pernera del pantalón con el líquido que chorreaba de una esquina.
—¡Mierda! —exclamé, porque además aquello apestaba.
—Toma, usa esto —dijo Amadeo, tendiéndome un trozo de papel de cocina limpio que guardaba en el bolsillo del delantal.
Mientras me pasaba el papel por el pantalón, Amadeo ya daba las primeras caladas y observaba con evidente hastío la pasarela que había sobre nuestras cabezas y que unía los edificios del santuario con la estación del cremallera.
En ella, cientos de visitantes hacían cola, aguardando el momento de abandonar el valle.
—¿Ahora cada día será así? —pregunté.
—¿A qué te refieres?
—A que parece una invasión. Vienen, arrasan y se las piran.
Amadeo sonrió mientras chupaba el cigarrillo.
—Sí, más o menos así. Aunque yo lo describiría más bien como que vienen, gastan, gastan, gastan y se las piran.
Puto consumismo… —Apuró la colilla y la lanzó al aire, como si fuera una canica.
En aquel entorno, el gesto suponía un sacrilegio, pero a él, sin duda, le importaba un huevo.
Continuó—: ¿Sabes cuándo se jodió todo? —Negué con la cabeza, a ver si me sorprendía—. Con la puta revolución agrícola —soltó.
—Coño, pues sí que te vas lejos en el tiempo, ¿no? —dije, sonriendo.
Me devolvió la sonrisa, dispuesto a convencerme.
—Es que es la verdad. Antes de la revolución agrícola, bastaba con cazar y recolectar para tener todo lo que necesitaba el ser humano.
Los hombres y las mujeres vivían en pequeños grupos donde todos hacían de todo y no necesitaban nada de nadie para sobrevivir.
Quizá tenían que trasladarse cada cierto tiempo, porque los recursos escaseaban, pero no tardaban en encontrarlos, así que esa era toda su preocupación.
Hasta que a alguno de nuestros antepasados, más comodón que otra cosa, le dio por tener su parcelita en la que cultivar el grano.
Y no le bastó con eso. Se construyó una casa al lado de donde cultivaba y un almacén para guardar el grano.
Y dejó de cazar porque no tenía tiempo de hacer otra cosa que no fuera estar todo el puto día con el arado para arriba y para abajo.
Y empezó a necesitar cosas que no podía conseguir por sí mismo.
Otros las tenían, pero no pensaban regalárselas, ¡no te jode!
Querían cambiarlas por sus granos de maíz.
Pero ¿cuánto valía una manzana en granos de maíz?
¿Y una vaca? ¿Y un taparrabos de piel? ¿Quién decidía las equivalencias de los trueques?
La solución a ese problema fue el puto dinero.
Lo que llevó, con el tiempo, al puto consumismo.
—Tiene su lógica.
—Joder que si la tiene. Las cosas como son: nunca tendríamos que haber dejado de ser cazadores-recolectores. Punto.
Casi sonó como un lema para un nuevo partido político. Amadeo se había quedado pensativo, con la mirada perdida en algún punto de la lejanía entre calada y calada de un segundo pitillo.
—Amadeo, ¿te puedo preguntar algo?
Aquello le hizo abandonar su ensimismamiento. Desvió la mirada hacia mí y respondió:
—Sí, claro. Dime.
—¿Qué piensas del asunto ese de las desapariciones? ¿Crees que están todas relacionadas entre sí?
—No creo. A veces pasan cosas por pura casualidad. Y otras por pura desgracia. Pero no creo que todas se deban a lo mismo. Pensar así es una gilipollez.
—Pero tú tienes una hija que trabaja aquí, ¿no tienes miedo de que le pase algo malo?
—Escúchame una cosa —dijo Amadeo, lanzándome una mirada dura, muy dura.
Debía de tener unos cincuenta y cinco años, quizá sesenta, pero sabía intimidar—.
Mi hija es lo más importante en mi vida.
Si le pasara algo, si alguien le hiciera daño, te juro por Dios que lo mato.
Pero no creas que sería algo rapidito, sin más.
Qué va. Antes le hago pasar las de Caín.
Supongo que me entiendes, ¿no? —Asentí. El hombre dio una nueva calada y, ya más sereno, dijo—: Antes que Virgínia, fue su madre quien ocupaba el puesto en el office. Pero murió.
—Lo siento, no lo sabía.
—Ni tenías por qué saberlo. Es lo que tiene el puto cáncer de pecho, que, si no se trata a tiempo, arrasa con todo como la peste. Pero ni te imaginas lo que me alegra ahora mirar a mi derecha y ver allí a mi hija. Porque está conmigo y puedo cuidar de ella. Lo demás me da igual.
Volví a asentir. Amadeo era más de soltar discursos que de mantener conversaciones. Lanzó al aire también la segunda colilla y regresamos al bar.
Gero había desaparecido y faltaba poco para que terminara mi turno, pero no tenía prisa.
Sobre todo porque Rai estaba sentado en uno de los reservados que había junto a los ventanales del fondo.
Solo, perdido en la pantalla de su teléfono móvil, tomándose una Voll-Damm; la tercera, a tenor de los botellines que había frente a él.
Marina atendía a unos clientes en la caja, mientras que el otro camarero, Pol, charlaba con Yalomiraré, que estaba recostado de lado sobre la barra como si lo hubieran herido de muerte.
—Yo siempre he sido del Girona —afirmaba orgulloso Pol—. Desde pequeño. Y mi ilusión siempre había sido verlos subir a primera y jugar la Champions. El año pasado, cuando por fin lo logramos, lloré de alegría.
—Bla, bla, bla —dijo el otro, moviendo los dedos como si fueran una boca—. ¡Qué cojones ibas a ser tú del Girona! Tú has sido del Barça toda tu puta vida, y el Girona te la ha sudado como al que más.
—Pero ¿qué dices? —saltó Pol, indignado.
—Pues lo que oyes, coño. Todos esos que habéis estado llenando Montilivi cada fin de semana no os habíais preocupado en la vida por el Girona hasta que llegó a primera.
Erais del Barça y seguiréis siendo del Barça, especialmente ahora que ha bajado otra vez…
¡Y tardará siglos en volver! ¡Siglos! —insistió Yalomiraré—.
Y entonces, poco a poco, empezaréis a esconder las bufandas y las camisetas rojiblancas, muertos de vergüenza y aburrimiento, y no veréis más que partidos del Barça…
Se giró entonces hacia un hombre que acababa de situarse a su lado, esperando a que Marina le sirviera un café, y preguntó:
—¿Qué opina usted, doctor?
El tipo, vestido con pantalones de pinzas y camisa azul con las mangas remangadas, se encogió de hombros.
—A mí no me metas, que yo soy perico.
—¿Perico? Vamos, hombre. Otro paria. Pues permítame decirle que, en mi humilde opinión, los pericos no son más que merengues acomplejados.
Recogiendo su café, el doctor emitió un bufido y dijo:
—No sigas por ahí, Bernat, que igual salimos mal parados.
Y se marchó en dirección a una mesa libre. Yalomiraré sonrió. Desde luego, era un tocapelotas de los buenos.
—¿Trabaja aquí? —pregunté, señalando al doctor, que nos daba la espalda.
—Es el médico de Miranda —respondió Pol—. Tiene la consulta junto a la rectoría.
—Y no me quiero ni imaginar la pasta que cobrará —añadió Yalomiraré—. De vez en cuando sube una doctora de Quintana a sustituirlo, pero prácticamente se pasa todo el verano de guardia, las veinticuatro horas del día.
Me volví ligeramente para ver qué hacía Rai. Había acabado su tercera cerveza y parecía hablar con alguien por teléfono. De pronto se puso de pie, agarró una mochila grande de montaña que había sobre el banco frontal de su reservado y se la cargó a la espalda.
Cuando Gero no estaba, Marina lo sustituía como responsable. No me interesaba en absoluto aquella charla insulsa, de modo que consulté mi reloj y, al ver que mi turno había acabado, la busqué con la mirada y le dije:
—¡Marina, me voy!
Aun así, aguardé unos segundos hasta que Rai salió por la puerta principal, la que daba al lago. Eso me sorprendió, puesto que, si fuera a coger el cremallera, lo más lógico era salir por la puerta de la izquierda y subir las escaleras que conducían a la pasarela.
Lo seguí, caminaba a buen paso en dirección a los establos. Rai no era un tipo grande, pero sí fibroso. Llevaba puesto el uniforme de la empresa, aunque se había cambiado los zapatos de punta reforzada por unas zapatillas de trekking.
Al llegar al final del complejo de edificios, torció a la derecha y tomó otro camino hacia la zona de acampada. Tras rebasarla, continuó por un sendero ancho y ascendente que se alejaba de la zona más turística del valle.
Yo daba un poco la nota paseando entre las tiendas de campaña, pero seguí como si nada hasta que me topé con un poste de madera con indicadores de dirección; según lo que ponía ahí, el camino que Rai había tomado llevaba a:
Collado de Miranda (2.680 m) 2,20 h
Cima del Montcreus (2.913 m) 3,15 h
Saint-Foix (Francia) 3,40 h
Lo observé durante medio minuto, mientras ascendía a lo lejos por aquel camino de tierra que cada vez se hacía más estrecho.
No tenía sentido alguno seguirlo. Sin embargo, necesitaba saber adónde iba.
Quizá tuviera previsto pasar la noche haciendo vivac o en algún refugio de montaña…
, aunque aquel tipo no parecía un excursionista más.
De camino a mi habitación, saqué el móvil y entré en la aplicación de Amazon para buscar algo que, sin duda, me sería de gran utilidad.