10 #2
—¿Y fue una noche tranquila?
—No, qué va. Fue una noche muy rara. Bajamos andando por la vía del cremallera…
Aquello me sorprendió. La corté.
—Espera… ¿Bajasteis andando por la vía?
—Es bastante habitual entre el personal, sobre todo los sábados, para ir a alguna fiesta mayor.
A ver, no es que baje mucha gente caminando, no son Las Ramblas, pero siempre hay unos cuantos a los que les toca trabajar hasta tarde y, para entonces, ya ha salido el último cremallera.
Aquella noche nos tocó a Noa y a mí cerrar el Pedraparada.
—¿No cuesta mucho andar por ahí?
—No te voy a engañar: es un coñazo. Intentas pisar sobre los raíles en lugar de sobre los pedruscos que hay en las vías, pero acabas con la planta de los pies machacada.
Y, además, hay que llevar linterna, sobre todo para los túneles, que dan un yuyu que no veas.
Pero, bueno, es cuesta abajo y es el camino más corto.
En una hora, más o menos, estás en Vilavella.
Aquí lo hace todo el mundo, también el personal del albergue.
El problema aquella noche no era solo bajar, sino que llevábamos la maleta de Noa a cuestas, cargándola entre las dos.
—¿Era muy grande?
—No, qué va. Era una maleta de mano. Para pasar unos días con Nil. El resto de sus cosas las había metido en bolsas, y yo pensaba bajarlas poco a poco para guardárselas en casa, que es lo que hice…, hasta que se las llevé a su madre.
—Parece todo muy precipitado, ¿no?
—Es que fue así. De la noche a la mañana dijo: «Me largo a ver a Nil» y avisó a Gero de que se las piraba.
Asentí mientras me imaginaba a mi nuevo jefe recibiendo la noticia, entre sorbo y sorbo de cubata. No debió de tomárselo muy bien.
—De acuerdo —dije—. ¿Y qué pasó cuando llegasteis?
—Pues que teníamos los pies molidos, pero estábamos muy animadas. Queríamos pasárnoslo bien. Dejamos la maleta en una consigna de la estación del cremallera y fuimos a la plaza del pueblo, a reunirnos con el resto.
—¿Sobre qué hora fue eso?
—Sobre las once y media. Después estuvimos bebiendo, bailando…
—Perdona. Solo para saberlo: ¿Noa consumía drogas?
—No, no, qué va. Me dijo que había probado la coca y el éxtasis, y que durante una época también había fumado porros, pero ahora nada. Pero nada de nada. Le había cogido miedo. Beber sí bebía, pero ya está.
—Vale, sigue.
—Pues, como te decía, al poco de llegar ya estábamos haciendo el tonto con mis amigos de Quintana y con otros compañeros de Miranda que se habían acercado a Vilavella.
Como en todas las fiestas mayores, había una orquesta pachanguera que estuvo tocando hasta las dos o las tres de la mañana.
No sé muy bien a qué hora acabaron, porque yo me había ido con un chico a… , bueno, me había ido por ahí.
Bajó la mirada y, aun así, pude intuir el rubor en su rostro. Le quité hierro al asunto.
—Vale, te fuiste con un chico. Y después, ¿qué? ¿Cuándo volviste a verla?
Comenzó a negar con la cabeza. Pasaron unos segundos antes de responder.
—No… No volví a verla más. —Empezó a llorar—.
Cuando volvimos a la plaza, Noa ya no estaba.
Debían de ser sobre las cuatro y media, y hacía rato que el baile había acabado.
Le envié un mensaje, pero no me contestó.
Ni siquiera lo leyó. Pensé que se había molestado porque me había marchado con Raül justo esa noche.
Me sentí fatal… Bueno, en ese momento no, pero después sí que me sentí fatal de verdad.
Pregunté por ella y me dijeron que se había ido con un grupo a casa de un amigo que vive allí, en Vilavella, a seguir la fiesta.
Yo quería ir también, pero Raül me convenció de juntarnos con sus colegas, que habían ido a buscar más bebida…
—Respira —dije. La angustia había comenzado a afectarle la voz.
La chica cogió aire varias veces, se enjugó las lágrimas con rabia y prosiguió:
—Estuve por ahí con Raül hasta las seis y pico, esperando a que saliera el primer cremallera hacia Miranda.
Subí hasta aquí y me pasé la mañana durmiendo.
Estaba tan reventada que ni siquiera me preocupé por Noa.
Hasta que me extrañó que tardara tanto en responder a mi mensaje.
Podía ser que estuviera cabreada por haberla dejado tirada, pero tampoco era normal que no dijera nada.
Entonces comencé a recordar algunas cosas de la noche anterior y fue cuando me preocupé.
—¿Pasó algo con Álex? —pregunté.
Ella asintió. Hacía rato que lo estaba viendo venir.
—Álex se presentó con Rai y un par de tipos más con los que anda.
Iban bastante borrachos. Y colocados. Allí casi todo el mundo bebía, pero es que ellos daban mucho la nota.
Álex se puso en plan baboso con Noa y ella lo mandó a la mierda.
Pero, como el muy idiota no se daba por vencido, ella acabó soltándole algo que lo puso como una moto.
A él y al Rai, que también lo había oído.
Trataron de arrinconarla y comenzaron a gritarle que más valía que cerrara la puta boca, y todos saltamos para frenarlos, incluso vino gente de la otra punta de la plaza, y conseguimos que esos capullos se largaran de allí.
Después de eso, Noa estaba algo seria, pero se le pasó rápido.
Sabía que Álex es un gallito que pierde la fuerza por la boca.
Así que, al poco rato, seguimos de fiesta, como si nada. Hasta que vino Raül a buscarme.
—¿Qué crees que cabreó tanto a Álex y a Rai?
—Pues no lo sé, la verdad.
—¿Quizá los amenazó con chivarse de los trapicheos de drogas que se llevaban entre manos? Eso lo sabías, ¿no?
—Claro, pero no creo que fuera eso. Eso lo sé yo y lo sabe mucha gente de por aquí.
—¿Ah, sí?
—Sí, e incluso se sabe para quién trabajan. Y esos sí que dan miedo: los albaneses.
Aquello me interesaba.
—Háblame de los albaneses.
—Joder, ¿de ellos también quieres hablar?
—Cualquier cosa puede ser importante.
Chasqueó la lengua, cansada. Me daba la sensación de que comenzaba a caerle muy gordo.
—Que conste que esto solo lo sé de oídas, ¿vale?
—Me basta.
—Dicen que trafican con marihuana. Llegaron aquí hace unos años y comenzaron a comprar casas aisladas.
Bueno, no las compraban ellos, las compraban otros para ellos.
Y pagaban a tocateja. Se rumorea que también han alquilado naves industriales.
Álex, Rai y otros chavales de Quintana trabajan para ellos haciendo lo que les piden.
—¿Son muchos esos albaneses?
—Unos ocho o diez.
—¿Y sabes cómo se llaman?
—No. Ni tampoco sé dónde viven. Solo se les ve aparecer por Quintana de vez en cuando, montados en sus cochazos, sin apenas hablar con nadie.
Intentan pasar desapercibidos cuando están tomando algo en un bar o comiendo en un restaurante, pero aquí es difícil si eres de fuera. Además, intimidan bastante.
—¿Y podría ser que Noa viera o escuchara algo sobre ellos durante esos días que estuvo enrollada con Álex?
Marina alzó ambas manos, rendida y agotada.
—Pues podría ser, pero a mí no me contó nada. Te lo juro.
—Está bien, no te agobies… Siento ser tan pesado. Pero es importante.
Marina soltó un bufido.
—¿Qué más quieres saber?
—Lo que hiciste cuando recordaste la discusión con Álex y Rai.
—Pues, como Noa seguía sin responder a mis mensajes y ni siquiera le llegaban, cogí un cremallera hasta Vilavella y miré en la consigna donde había dejado la maleta.
Al ver que estaba vacía, me calmé pensando que se había marchado a Barcelona como tenía previsto, y que a aquellas horas estaría volando a Italia.
Si estaba mosca conmigo, ya se le pasaría.
Le di unos días y siento decir que me olvidé un poco de ella…
Hasta que Nil me telefoneó para contarme que Noa no se había presentado y que su madre no tenía ni idea de dónde estaba… Supongo que el resto ya lo sabes.
Tenía muchas otras preguntas, pero no podíamos seguir allí eternamente. Me puse en pie y dije:
—Está bien. Muchas gracias, Marina.
—De nada. —Sonaba aliviada. Se levantó del banco y anduvimos unos pasos juntos en dirección al camino de vuelta al santuario.
—Si necesito saber algo más —la avisé—, aprovecharé en el curro, cuando nadie nos oiga.
—Pero sé discreto, por favor.
—Cuenta con ello.
Lo mejor era que hiciéramos la vuelta también por separado.
Miré el reloj. Faltaba poco para la una de la madrugada. Para entonces, Isra ya solía estar dormido. Y más me valía, si no tendría que soltarle alguna excusa convincente.
—¿Tendrás algún problema con tu compañera de habitación si te ve llegar ahora? —le pregunté a Marina.
—Qué va, si es Sara. Hoy está en su casa. —Y, como quien no quiere la cosa, añadió—: Pero, bueno, cuando se queda aquí a dormir tampoco le veo mucho el pelo, porque se va a la habitación de Arturo.
Intenté que mi voz no sonara sorprendida ni decepcionada.
—¿Arturo? ¿El maître del restaurante?
—Sí, claro. Llevan tiempo liados. Como un año o así.
—Pues no tenía ni idea —dije.
La verdad, la noticia me jodió bastante.