10
Era ya noche cerrada cuando abandoné el ala de apartamentos y me alejé del santuario en dirección a la ribera oeste del lago. A pesar de llevar puesta la chaqueta tejana, me vi obligado a caminar encogido de hombros, con las manos en los bolsillos, porque hacía bastante frío.
Conforme avanzaba por el camino de tierra y gravilla, lo único que se oía a mi alrededor era el crujido de mis pasos al avanzar.
No vi a nadie hasta que abandoné la zona iluminada por los potentes focos del edificio principal y quedé sumido en una oscuridad casi total.
Renuncié a encender la linterna del móvil para que nadie detectara mi presencia y confié en que la luz de la luna fuera suficiente para no tropezar.
Poco a poco, mi vista se fue adaptando a la noche.
Dejé de ir tan a tientas y continué adelante, hacia aquel recodo del lago donde se encontraba la ermita de Sant Genís.
Según la leyenda, aquella pequeña capilla había sido erigida en el mismo lugar donde se había encontrado la talla de la Virgen de Miranda que estaba expuesta en la iglesia principal del santuario. O al menos eso decían.
La ermita estaba cerrada a aquellas horas; pero no me dirigía allí, sino a la fuente situada un poco más arriba, frente al embarcadero donde quedaban amarradas las barcas de recreo que los turistas alquilaban para navegar por el lago.
Al aproximarme a la fuente, el sonido del chorro del agua al caer fue invadiendo mis oídos, hasta el punto de que no oía nada más. A ambos lados de la fuente había unos bancos de piedra, pero estaban vacíos. Ni rastro de la persona con quien había quedado.
Por un momento temí que se hubiera echado atrás.
Me volví, tratando de discernir en la oscuridad la posible silueta de alguien que viniera tras de mí. Pero no vi ni oí a nadie.
Hasta que una voz, procedente de detrás de la fuente, dijo:
—¿Víctor?
Era ella, Marina. La vi asomar la cabeza. Estaba cagada de miedo. Había costado convencerla de que me ayudara y, si lo hacía, cosa que aún estaba por ver, sería por el recuerdo de Noa y, sobre todo, por la insistencia de la persona que la había persuadido de hacerlo: la madre de Noa.
—Estoy aquí —dije, dejándome ver.
Marina y yo habíamos trabajado juntos en el Pedraparada durante el fin de semana, así que algo sí nos conocíamos.
Y Sara no me había engañado: era una chavala maja.
Debía de tener unos veintidós años, un par más que Noa cuando desapareció, y, por lo que me había contado entre servicio y servicio, estudiaba una ingeniería en la Universidad de Vic y lo compaginaba trabajando allí arriba los fines de semana y en vacaciones.
Por suerte, me daba la impresión de que yo le había caído bien o, al menos, no parecía disgustarle.
Nos sentamos en uno de los bancos de piedra, algo separados para poder mirarnos a la cara.
—Cuando la madre de Noa me dijo que eras tú la persona que había venido a…, bueno, a descubrir lo que había pasado con ella, no me lo podía creer.
—Supongo que lo dirás por lo buenos que me salen los cafés.
—No, por eso no. Eres horrible haciendo cafés. Pero tampoco has dado mucho la nota al incorporarte al trabajo; solo un poco. Lo normal, vamos.
—Me alegro… Oye, fuera bromas, gracias por ayudarnos. Sé que tenías tus dudas.
—Y todavía las tengo. El rollo este de las desapariciones me da mucho miedo. Y después de lo de Alba… No sé qué pensar.
—No hay motivos para considerar que todas las desapariciones están relacionadas —dije, más por tranquilizarla que porque lo pensara de verdad.
—Di lo que quieras, pero aquí no hacen más que desaparecer compañeros. Sobre todo, compañeras… Y lo que más miedo me da es que quizá alguien de la zona es quien está detrás de todo eso, alguien que a lo mejor trabaja aquí, en Miranda… —De pronto, le tembló todo el cuerpo—. Solo de pensarlo…
—Marina, mírame. —Mis palabras la sorprendieron. Alzó la vista hacia mí y dije—: Yo he venido a averiguar qué pasó con Noa y, si de paso descubro qué ha ocurrido con los demás trabajadores, pues mejor que mejor, pero yo estoy aquí única y exclusivamente por Noa.
—Pero ¿qué crees que le pudo haber pasado?
Negué lentamente con la cabeza.
—No tengo ni idea, la verdad. Apenas llevo unos días.
Pero te diré lo mismo que le dije a su madre: puede ser que la encontremos con vida, ojalá, aunque hay que estar preparados para todo, ¿vale?
—Ella asintió en silencio. Había llegado el momento de empezar—: Marina, me gustaría que me hablaras de Noa.
Y quiero que seas sincera, porque, si no, no me servirá de nada.
—¿A qué te refieres?
—A que yo no soy la madre de Noa. Puedes contarme cosas buenas de ella, pero también otras no tan buenas, o malas directamente. Tienes mi palabra de que no saldrá de aquí.
—No puedo contarte nada malo de Noa, te lo juro.
A ver, era un poco cabra loca, y parecía que no pensaba nunca en el futuro, que hacía las cosas por impulsos hasta que se cansaba, pero era muy buena chica, y muy buena compañera.
Nos hicimos amigas en pocos días, y eso que no podemos ser más diferentes: yo estoy aquí porque mi familia va algo justa de dinero y necesito un trabajo que me permita costearme la carrera, y ella vino como si currar en Miranda fuera una forma diferente de pasar unas vacaciones.
Estaba encantada. No por pringar horas y horas, sino porque podía salir fuera al acabar la jornada y disfrutar de la naturaleza.
—¿Le gustaba la montaña?
—Sí, la verdad es que sí. Le gustaba perderse por ahí, ascender a nuevos picos, descubrir nuevas rutas…
De eso sí que no se cansaba. Acababa de dejar Derecho a mitad del primer año porque dijo que no era para ella y, en lugar de elegir otra carrera, decidió que se tomaría un año sabático cuando terminara la temporada en Miranda.
—¿Dónde pensaba ir?
—Quería hacer un interraíl y recorrer Europa. No recuerdo la ruta que planeaba hacer, pero donde seguro quería pasar unos días era en Brujas. Decía que era la ciudad que más ilusión le hacía. ¿Has estado allí?
Decidí cambiar de tema:
—¿Cuándo comenzó con Álex?
—¿Con ese idiota? Buf, al poco de llegar, en una de las fiestas en la sala de personal.
A eso me refiero cuando digo que se movía por impulsos.
Tampoco creo que le vayan solo esa clase de tíos; simplemente es que Álex fue a por ella, y ella se dejó llevar.
A partir de entonces estuvieron liándose todas las noches, durante una semana o así, hasta que se dio cuenta de que el tío era un paquete y lo mandó a paseo.
Al principio, Álex no se lo tomó muy bien, pero Noa supo cómo pararlo.
Después, la situación fue algo tensa, hasta que a él lo echaron a finales de julio.
—¿Qué pasó?
—Pues que la gobernanta los pilló a él y a su compañera de limpieza follando como conejos en el despacho de dirección a las tres de la madrugada. Por lo visto, se pasaban el servicio follando por todos los rincones del hotel donde les tocaba limpiar. Los largaron a los dos, claro.
—Tengo entendido que Noa después se lio con otro chaval, Nil. —Ella asintió. De pronto se me ocurrió preguntar—: ¿No hubo alguno más, entremedias?
—No, no, qué va. Después de Álex, Noa prefirió guardar distancia entre los chicos y ella.
Y hubo unos cuantos que le tiraron la caña porque, a ver, era…
guapa, muy atractiva. Habrás visto fotos de ella, ¿no?
Y extrovertida. También tenía sus complejos y sus historias, no te vayas a creer, pero en general era muy optimista.
Y caía bien. Nil no fue a por ella a lo loco.
Comenzó a dejarse caer más de lo habitual por el Pedraparada, a charlar con ella, sin prisa, sin agobios, con calma…
Con tanta calma que tuvo que ser ella la que se lanzó al final.
Es buen tío, pero bastante tímido. Creo que ya lo has visto por el bar.
—Es uno de esos que va siempre con el arco y las flechas a cuestas, ¿no?
—Sí, el moreno, con barbita. Es monitor de tiro con arco y guía de montaña.
Empezaron a salir, más o menos abiertamente, a principios de agosto, pero, por lo que me dijo Noa, ya llevaban tonteando un tiempo.
Estaban superenchochados el uno con el otro, hasta que a él lo llamaron del parque de los Dolomitas, para ir a trabajar allí como guía de montaña.
—Eso está en los Alpes italianos, ¿no? —Ella asintió—. ¿Y se fue así, sin más?
—No, qué va. Estuvo a punto de rechazar el trabajo, porque no quería separarse de Noa, pero ella sabía que llevaba años intentando que lo contrataran allí y lo convenció de que aceptara.
Entre otras cosas, le dijo que, en cuanto estuviera instalado, ella iría a visitarlo.
Y se supone que estaba haciéndole esa visita cuando desapareció, por eso tardaron en saltar las alarmas.
Miré a mi alrededor. Todo seguía en calma o, cuando menos, hasta donde alcanzaban a ver mis ojos, que no era mucho.
El sonido de la fuente ayudaba a ocultar nuestra presencia, amortiguando el sonido de nuestras palabras a cualquiera que anduviera cerca, pero también nos impedía oír sus pasos si se aproximaba.
—Explícame lo que sucedió la noche que desapareció —le pedí.
—¿Te refieres a cuando la fiesta mayor de Vilavella?
—Esa fue la última vez que hablaste con ella, ¿no? —Marina asintió—. Pues cuéntame todo lo que recuerdes… y no te dejes nada.
La chica se tomó unos segundos para ordenar sus pensamientos y, al cabo, comenzó:
—La fiesta mayor de Vilavella se celebra siempre hacia finales de agosto, y aquel sábado por la noche decidimos bajar al baile. Para nosotras era algo así como una despedida, porque al día siguiente ella se marchaba directamente a Barcelona a coger un avión a Italia para reunirse con Nil.
—¿Dejó el trabajo de Miranda?
—Sí, sí, lo dejó tal cual. Como te he dicho, si le apetecía dejar algo, lo hacía y punto. Aguantó hasta finales de agosto y se despidió. Tampoco le quedaban muchos días más de contrato, hasta mediados de septiembre, pero se moría por ver a Nil.