Nuestra señora del abismo 9
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—Hemos encontrado la mochila por casualidad —dijo el cabo de la Unidad de Intervención de Montaña que había estado a cargo de la búsqueda de la recepcionista aquella mañana.

El cabo Arnau Ventura lo escuchaba sin perder detalle de todos los objetos que, a su lado, su compañero de comisaría y agente de la Policía Científica Julio González iba extrayendo del interior de la mochila.

Utilizando guantes de vinilo, los iba depositando con cuidado sobre la mesa del despacho que les había cedido el jefe de la estación de cremallera de Vilavella.

Hacía apenas unos minutos que el helicóptero había aterrizado en una zona de estacionamiento vacía y que se reservaba solo para los días de mayor afluencia.

Al otro lado de Arnau, el sargento César Sánchez seguía esbozando aquel gesto de fastidio que se le había quedado grabado en el rostro tras descubrir que ese caso se lo iba a comer con patatas.

—Llevábamos bastante rato en el aire —continuó el cabo de la Unidad de Intervención de Montaña—.

Estábamos haciendo un segundo barrido de la zona que se encuentra en la intersección entre los caminos de Miranda y Vilavella hasta el refugio, cuando uno de mis agentes ha reparado en un pequeño montículo de piedras.

Y ahí estaba la condenada mochila, enterrada junto a los bastones.

Los bastones a los que se refería se hallaban también sobre el escritorio.

El especialista de rescate les había mostrado un vídeo del lugar donde se habían encontrado los objetos de Alba Solà, y todavía se podía apreciar cómo estaban medio sepultados por una veintena de pedruscos y rocas de diferentes tamaños.

Aquello no era fruto del azar. Aquello era intencionado.

—Hemos hecho una inspección ocular del lugar y hemos buscado pisadas o huellas alrededor, pero el terreno es muy irregular y no hemos encontrado nada relevante. O, al menos, nada que nos indique qué ha sucedido allí.

—¿Hay alguna nota de despedida o algo por el estilo? —preguntó César dirigiéndose a Julio, que estaba registrando los bolsillos de la mochila a conciencia.

Arnau sonrió bajo su barba. Ahí iba de nuevo el sargento, con su teoría de la desaparición voluntaria. O el suicidio.

—Aquí no hay nada de eso —respondió el agente de la Científica mientras acababa de extraer el contenido de la mochila.

Había una muda completa de ropa, un monedero con dinero, tarjetas y la documentación de Alba, una linterna frontal, una botella de agua medio llena y una bola de papel de aluminio con restos de migas, pero nada más.

—Sé que no es cosa mía —comentó el cabo de Intervención de Montaña subiéndose la cremallera de su chaqueta técnica; en el pecho lucía el escudo de los Mossos y, en el brazo, el emblema de su Unidad—, pero alguien se ha esforzado mucho para que no encontrásemos todo esto…

o, al menos, que tardásemos en hacerlo. Y no creo que haya sido ella, sinceramente.

Cuando alguien se suicida, la última de sus preocupaciones es qué carajo sucede con sus cosas después de muerto.

Y, por otro lado, tampoco tiene sentido que dejara voluntariamente objetos tan necesarios para caminar por la montaña, y más en plena noche, como la linterna frontal, los bastones o el agua.

Aquí ha pasado lo que ha pasado, y me parece evidente que no se trata de ningún accidente.

—Entonces ¿tu teoría es que alguien se llevó a la chica? —preguntó el sargento, asumiendo por fin que tendrían que hacerse cargo del caso.

—Eso creo, aunque desconozco cuántas personas fueron y cómo se la llevaron de allí, si andando bajo amenazas o cargándola, inconsciente. No hemos encontrado sangre ni ningún otro indicio que nos permita considerar que le provocaran herida alguna.

—La chica pesaba poco —intervino Arnau—. Dejándola inconsciente y deshaciéndose de sus cosas, resultaría fácil de cargar. Y cualquiera que conociera estas montañas podría trasladarla a donde quisiera en cuestión de pocas horas.

Y hacer con ella lo que le diera la gana. Eso no lo dijo, pero todos lo pensaron.

—¿Seguiréis con la búsqueda? —preguntó el sargento.

—Claro. Al menos durante unos días. Cualquier duda que tengáis, o si descubrís algo que pueda ayudarnos, llamadme sin problemas.

Se despidieron con un apretón de manos y el compañero de Intervención de Montaña salió del despacho.

Julio cogió el teléfono móvil de la recepcionista, que había guardado dentro de una bolsa transparente, y lo encendió a través del plástico. Tal como les habían informado tenía batería y había sido preservado correctamente, manipulado siempre con guantes.

—Envíalo a Girona para que busquen huellas a conciencia —ordenó César, refiriéndose a la Unidad Regional de Policía Científica—.

Cualquiera que esté detrás de esto, a la fuerza ha tenido que tocarlo para desconectarlo.

Y envía también los demás objetos, incluidos los bastones; han estado a la intemperie más de tres días, pero más vale prevenir que curar.

—También habrá que pedir el vaciado del teléfono —comentó Arnau—. En cuanto llegue a comisaría, comienzo a redactar el oficio para la jueza.

—Y no te olvides del registro de repetidores —apuntó César—. Quiero saber quién estaba por aquí a esas horas.

Arnau no pudo contenerse y soltó un sonoro bufido.

—César, esto no es Barcelona —rebatió el cabo en tono pausado—.

Aquí apenas hay tres repetidores por compañía para cubrir ocho mil hectáreas de terreno.

Si pedimos su registro, nos saldrán todos los habitantes de Vilavella y todos los alojados en Miranda, tanto clientes como trabajadores… Vamos, que saldrá todo el mundo.

—Me da igual —respondió César, indignado—. Puede que también salga alguien que no debería estar ahí, así que solicítalos igualmente.

Arnau hizo ademán de contradecirlo, pero se contuvo. ¿Para qué? Era más terco que una mula.

—Voy a llamar a Aparisi —anunció César, dirigiéndose hacia la puerta.

Antes de que abandonara el despacho, Arnau dijo:

—Hay otra llamada que deberías hacer.

—¿Cómo?

—Que hay otra persona a quien también deberías llamar. No te olvides.

—¿A quién?

—A la madre de la chica. Alguien tendrá que informarle de lo que acabamos de encontrar.

César se detuvo, callado, y, por un momento, Arnau pensó que iba a delegar en él aquella tarea tan ingrata.

Como jefe de la Unidad, el sargento tenía la obligación moral de encargarse de ellas, pero muchos escurrían el bulto y las evitaban por todo lo que conllevaban: malas noticias, lloros, preguntas sin respuesta.

Y el modo en que había aparecido la mochila no anunciaba nada halagüeño.

Tampoco había ninguna certeza todavía, pero, sin duda, no presagiaba nada bueno.

Sin embargo, el sargento asintió y dijo:

—Después, en comisaría, busco su número y la llamo.

Arnau asintió a su vez. Se podían decir muchas cosas negativas de aquel jefe nuevo, pero no que eludiera sus responsabilidades.