Nuestra señora del abismo 8
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El aparcamiento de la estación del cremallera en Vilavella estaba a reventar de coches, casi todos de turistas que se habían acercado al valle para subir y bajar el mismo día.

Me sentí aliviado al divisar por fin a lo lejos mi viejo Seat León azul metalizado.

Estaba bastante más sucio que cuando lo había dejado allí días atrás, pero al menos parecía intacto.

De camino a Quintana de Ter, mientras conducía por una carretera estrecha que transcurría paralela al río, combatí cierto sentimiento de frustración por alejarme del valle.

Era el lugar donde todo había sucedido y, por tanto, donde podía obtener más pistas, pero me convencí de que alejarme del radar de los Mossos quizá me iría bien para soportar mejor una espera que se me estaba haciendo muy larga y que no dependía solamente de mí.

Lo primero que hice a mi llegada a Quintana fue buscar una tienda de deportes.

Llevaba días sin salir a correr y lo echaba de menos.

Además, solo me había traído zapatillas de asfalto, con las que me arriesgaba a resbalarme por alguna de aquellas pistas forestales repletas de guijarros y raíces, y partirme la crisma.

Me hice con unas zapatillas de trail y aproveché para surtirme de ropa térmica de manga larga, puesto que allí arriba, al caer el sol, la temperatura bajaba drásticamente. También me compré una linterna frontal.

A continuación, me di una vuelta por las calles de Quintana, una ciudad erigida en torno a su famoso monasterio y que no ocultaba su origen medieval; fingí ser un turista más.

En el centro observé también varios edificios modernistas, de principios del siglo XX , fruto de la riqueza que aportaban las industrias metalúrgica y textil de la región.

La periferia, sin embargo, repleta de edificios altos y grises, desentonaba con el casco antiguo y mostraba un crecimiento urbanístico descuidado.

Más satisfactorio fue el menú que comí en una fonda tradicional, y salí ya dispuesto a regresar a Miranda.

Esperaba que, para entonces, los Mossos a cargo de la investigación de la desaparición de Alba hubieran hecho todas las preguntas que necesitaran.

Sin embargo, algo me retuvo un rato más en Quintana: recibí una llamada de un número que no tenía guardado.

—¿Diga?

—Hola, soy Sara.

Mentiría si dijera que aquel imprevisto no me agradó. También mentiría si dijera que no me alteró. Decidí dejarme llevar.

—Hola, Sara. ¿Qué te cuentas?

—¿Te han llamado los Mossos?

—¿Los Mossos? No, qué va.

—Creo que he metido la pata… Me han preguntado si había alguien más conmigo cuando vino Alba al Pedraparada y les he dicho que estabas tú también.

Mierda.

—Tranquila, no pasa nada —mentí.

—Ya les he dicho que tú apenas estuviste a solas con ella un momento, y que no os conocíais… Que no podía haberte dicho nada importante, vamos, pero el que mandaba, creo que era sargento, ha pedido tu número de teléfono para hablar contigo. Yo se lo he pedido a Isra.

—Que llamen si quieren, no hay problema. No podré decirles nada que tú no les hayas dicho ya.

Hubo una pausa. De fondo me llegaba el parloteo de la gente y también la característica megafonía pregrabada del cremallera: «Estamos pasando frente al Pont del Pastor».

—Oye, ¿estás todavía por Quintana? —preguntó Sara.

—Sí, ¿por qué?

—Yo hace un rato que he cogido el cremallera. En poco más de media hora estaré por allí. Tengo que llevar a Ricard a yudo, pero después tendré un ratito libre… Si te apetece, nos vemos.

No tenía ganas de permanecer ni un minuto más en Quintana, pero sí me apetecía estar con Sara.

—Venga, te espero. ¿Dónde quedamos?

—Hay un bar en la plaza del Bisbe, bajo unos arcos. ¿Nos vemos allí?

—De acuerdo. Nos vemos en un rato.

Chasqueé la lengua y me engañé a mí mismo convenciéndome de que aquello no era una cita, sino otro medio más de obtener información acerca de Miranda y la desaparición de Noa. Busqué en Google Maps la plaza del Bisbe; no quedaba muy lejos.

Llegué y me senté en la terraza del bar, bajo una arcada que daba a una pequeña plaza peatonal. Pedí una cerveza y aproveché para enviar un wasap.

¿Te ha dicho algo?

Esperé con el chat abierto, pero no obtuve respuesta.

Di un sorbo a la cerveza y un balón de fútbol viejo y raído me golpeó en la rodilla y quedó apresado bajo las patas de mi mesa. Al instante, un chaval magrebí de unos diez años vino a toda prisa para recuperarlo.

—Perdone —se disculpó.

—No pasa nada, tranquilo —dije mientras lo ayudaba con un pie.

Vestía una camiseta del Barça con el nombre de Lamine Yamal a la espalda, y debía de ser falsificada, porque la Y y el 1 estaban medio despegados.

A lo lejos, una mujer con la cabeza cubierta por un velo le gritaba algo con voz autoritaria desde un banco de la plaza, donde se encontraba reunida con otras mujeres.

Cuando por fin consiguió liberar la pelota, el chaval se alejó en dirección a un grupo de críos y retomaron el partido.

Diez minutos más tarde, Sara apareció, sonriente. Vestida de calle ganaba mucho.

—¿Ya has llevado al peque a yudo?

—Sí —respondió, dejándose caer en la silla que había frente a la mía—. No le apetecía mucho, decía que le daba pereza, pero siempre pasa igual; después vuelve encantado.

Del interior del bar apareció el camarero, un tipo joven, de unos veinticinco años, aunque ya tenía una marcada calva en la coronilla y caminaba medio encorvado, marcando chepa. Sin duda se conocían, porque sonrió al verla. Allí todos se conocían. O eras del pueblo o eras turista. No había otra.

—Hola, guapa, ¿qué te pongo?

—Hola, Enric. Una Coca-Cola Zero, plis.

—Marchando… —Y, señalando mi copa de cerveza a punto de terminar, me dijo—: ¿Vamos a por la siguiente?

Dudé. No me apetecía seguir bebiendo, y menos si Sara acababa de pedirse un refresco.

—No, gracias. Me planto.

El tal Enric enarcó las cejas y dio media vuelta para entrar en el local.

—Me planto —dijo Sara, imitando mi tono de voz—. Eso es algo que no están muy acostumbrados a escuchar por aquí.

Sonreí.

—Te reconozco que, desde que trabajo en Miranda, me tiene impresionado lo mucho que bebe la gente… Bueno, a ti no te he visto beber todavía.

—Ni lo verás… Espero.

Aquella última palabra la pronunció con pesar. Se apartó un mechón de cabello que pendía solitario y se lo recogió tras la oreja. De pronto se hizo un silencio incómodo que rompió ella tras clavarme su mirada azul:

—Soy alcohólica.

Traté de reaccionar con naturalidad ante aquella confesión tan repentina. Deseaba no haberla ofendido con mi torpeza, juzgando a la ligera su grave problema.

—Disculpa. No tenía ni idea.

—Normal, no pasa nada —Y esta vez esbozó una amplia sonrisa ante mi evidente incomodidad—. No es algo que suela pregonar a los cuatro vientos, pero tampoco es algo de lo que me avergüence. Al menos, no desde hace unos meses.

—Siento si estos días he hecho alguna coña al respecto.

—Tranquilo. Incluso yo las hago, no te preocupes.

El camarero regresó a la terraza con la cola de Sara y un platillo con rodajas de fuet. En cuanto desapareció, dije:

—¿Quieres hablar de ello o cambiamos de tema?

—No me importa. ¿Qué quieres saber?

Lo decía con total sinceridad y eso me agradó.

—¿Cuánto hace que lo dejaste?

—Llevo casi un año sobria. He necesitado ayuda, mucha ayuda, y, sobre todo, romper con ciertos hábitos y con cierta gente. No es fácil, pero sigo luchando. Cada día. Y estoy orgullosa.

—Ya puedes estarlo. Y más trabajando como camarera, sirviendo alcohol, con la tentación tan cerca.

—Eso es más fácil de lo que parece, porque nunca me ha gustado beber mientras trabajo.

Es un lujo que no me podía permitir. El problema venía después, cuando estaba sola en casa o me juntaba con mis amigos.

Hay muchos alcohólicos entre ellos. Ahora los veo caer en picado y me doy cuenta de que yo era igual, negándome a admitir que hubiese ningún problema en ello.

—¿Y qué te hizo cambiar?

—Me llevé un susto conduciendo, una noche, borracha como una cuba.

Y, al momento, fui consciente de que mi hijo podía acabar solo.

Y no podía hacerle algo así. Yo me he criado sin madre, y mi padre…

Bueno, eso ya es otra historia. De eso sí que no me apetece hablarte; tampoco quiero que salgas corriendo a la primera de cambio y me evites como a una apestada…

—Desvió ligeramente la mirada, sonriendo con timidez.

Después volvió a mirarme—. Te lo he contado porque quería que lo supieras.

Sonreí.

—Y yo te lo agradezco. Ahora sé algo más de ti. Algo muy personal. Me siento halagado de que lo hayas hecho.

—En cambio, yo apenas sé nada de ti.

Mantuve la sonrisa, aunque por dentro temía desvelar más de lo necesario en aquellos momentos. Sin embargo, sentí que debía corresponderla con algo de sinceridad, aunque estuviera maquillada:

—Por decirlo de alguna manera, vine aquí a esconderme.

—¿Eres un fugitivo? ¿Por eso querías evitar a la poli?

—No, no, qué va. La cosa no va por ahí. Mi última relación acabó mal. Ya era de por sí bastante inestable, con discusiones, separaciones y reconciliaciones, pero, al poco de quedarse embarazada, sufrió un aborto muy traumático. Y eso nos distanció para siempre.

—Lo siento.

«Más lo sintió aquel cabrón», pensé. Sin embargo, dije:

—Cosas que pasan.

Cuando parecía que estábamos a punto de sumirnos en uno de esos silencios incómodos que se prolongan demasiado en el tiempo, el motor de un Cupra Formentor color negro mate irrumpió en la plaza.

El vehículo se detuvo a escasa distancia.

La puerta del copiloto se abrió y dejó escapar una molesta canción de trap a todo volumen.

—¡Joder! —exclamó Sara.

Del interior emergió un chaval con cara de matón, de unos veinticinco años, con el cabello rapado a los lados y vestido con un chándal Jordan negro con franjas rojas y una riñonera cruzada al pecho. Se aproximó a nosotros y Sara le dijo:

—¿No puedes dar más la nota o qué?

Cómo no, se conocían. El tipo se plantó ante ella, ignorando su comentario, y alargó la mano hacia su vaso de Coca-Cola.

Se lo llevó a la boca y le dio un sorbo.

Ella no pareció molesta y yo me limité a observar al chico, que de pronto me dirigió una mirada de macarra de medio pelo.

Apestaba a maría que tumbaba de espaldas.

Le sostuve la mirada. Cuando se cansó de escrutarme desde la distancia, se volvió hacia Sara y le preguntó:

—¿Qué haces aquí?

—Pues ya ves, tomando algo.

La ventanilla del conductor descendió y un joven también con el cabello rapado, pronunciadas entradas en las sienes y barba de chivo, gritó:

—¡Capullo, píllame un paquete a mí también!

A ese lo conocía. Era el que aquella misma mañana le había entregado algo a escondidas a mi compañero de habitación en la estación de Miranda.

—Sí, anda —dijo Sara—. Píllale un paquete a él también y largaos de aquí, que van a venir los municipales y os vais a buscar problemas.

—A mí los municipales me comen la polla.

Dicho lo cual, entró al bar.

—¿Y el poeta este quién es? —pregunté, todavía con la canción machacona sonando a mis espaldas.

—El poeta es Álex, mi hermano. Disculpa que sea tan idiota.

—No te preocupes —dije—. Valoro la poesía como el que más.

Ella sonrió, aunque parecía avergonzada.

Cuando el hermano de Sara salió del bar, llevaba un par de cajetillas de tabaco.

Pasó por nuestro lado ignorándonos y subió de nuevo al Cupra.

El conductor maniobró para dar media vuelta, provocando que los chavales que jugaban al fútbol interrumpieran el partido para no acabar atropellados, y desaparecieron con el petardeo de un tubo de escape trucado.

—Me suena haber visto al conductor por Miranda esta mañana —dije como si tal cosa.

—¿A Rai? Sí. Trabaja para una empresa subcontratada. Se encargan del mantenimiento exterior de la estación y cosas así.

—¿Tu hermano también trabaja en Miranda? No me suena haberlo visto.

—No, qué va. Ha trabajado allí varios años, pero el verano pasado lo echaron. Estaban hasta el gorro de él. Y no los culpo, la verdad.

Había una pregunta que me corroía por dentro. Dudaba si formularla o no. Decidí hacerlo.

—¿Puede ser que tu hermano saliera con una de las chicas desaparecidas?

Sara estaba a punto de dar un trago y se detuvo, con gesto sorprendido.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Pues no sé… —Traté de salir del paso—. Creo que fue Isra.

—¿Isra? Menudo cotilla. Sí, estuvo saliendo con Noa unas semanas, pero partieron peras pronto.

No pegaban ni con cola. A él lo echaron poco después y ella comenzó a salir con uno de los monitores de tiro con arco.

Y no la culpo. Nil es un buen chaval, no sé si lo has visto por ahí.

Es más tranquilo, le gusta disfrutar de la naturaleza; más como ella.

Y mi hermano… En fin, mi hermano es mi hermano y lo quiero, pero también es bastante gilipollas. Ya lo acabas de ver.

—¿A qué se dedica?

Soltó un bufido y dijo:

—Está metido en varios chanchullos. Prefiero no saber…

Sara miró su reloj y se levantó de un salto.

—Tengo que ir a por Ricard.

Hizo ademán de entrar a pagar, pero la detuve.

—Invito yo, tranquila. Ve a por Ricard.

—Gracias —dijo, y me plantó un beso en la mejilla.

Y me gustó, no lo voy a negar. Me gustó mucho.

Mientras la veía alejarse por uno de los callejones que daban a la plaza, mi teléfono emitió un pitido.

Me acababa de llegar un mensaje. Por fin la respuesta:

Ha aceptado hablar contigo. Pero no la presiones.