Nuestra señora del abismo 7
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Se apearon del tren y atravesaron la estación. El cabo era quien guiaba. A lo largo del trayecto, Arnau fue saludando a varios trabajadores y, en un momento dado, señaló la iglesia situada justo en medio del complejo de edificios.

—Ese es el santuario de Miranda. Junto a la talla de la Virgen hay una olla, una cruz y una campana. Dicen que, si metes la cabeza en la olla y tocas la campana, te da suerte. Quizá te sirva para resolver casos.

—Lo que yo necesito es más personal con ganas de trabajar. No un milagro.

—Todo cuenta, César. Todo cuenta.

El sargento ya estaba hasta las narices de las salidas de tono de su subordinado, pero se veía incapaz de frenarlo.

En la recepción del hotel se identificaron como Mossos d’Esquadra. Ya los esperaban, porque, al cabo de un par de minutos, apareció un tipo alto, de cabello engominado peinado hacia atrás para disimular una incipiente calvicie, vestido con americana y corbata. Les tendió la mano y dijo:

—Buenos días. Soy Arturo Cano, el maître del restaurante del hotel. Creo que vienen a hablar con Sara, una de mis camareras.

César consultó una anotación en su carpeta de trabajo y respondió afirmativamente.

—Así es, Sara Velasco.

—Acompáñenme —dijo, y los condujo hacia el interior del restaurante.

Llegaron hasta la cocina, donde el personal estaba preparando los platos fríos del servicio de mediodía. Allí había también un pequeño despacho, donde los hizo entrar.

—Esperen aquí un momento. Voy a buscarla.

Los policías permanecieron de pie, mirando distraídamente a su alrededor. De fondo oían a los cocineros charlar distraídamente mientras les lanzaban alguna que otra mirada de reojo. Cuando la situación comenzó a resultar incómoda, el maître apareció acompañado de una camarera.

—Supongo que sabes por qué estamos aquí, ¿no, Sara? —preguntó César a modo de entradilla.

El maître permaneció allí plantado, quizá para apoyar a su trabajadora o, simplemente, para curiosear. El sargento consintió que se quedara porque no esperaba sacar mucho de aquello.

—Por lo de Alba, ¿no?

—Así es. Tengo entendido que fuiste la última en hablar con ella.

—Sí, bueno, el viernes por la tarde yo estaba trabajando en el bar Pedraparada, y vino a que le hiciéramos un bocadillo para el camino.

—¿Recuerdas qué hora era?

—Debían de ser las siete como muy tarde, porque el cocinero y su hija suelen marcharse a esa hora, y estaban acabando de recoger.

—¿Te dijo dónde iba?

—Sí, claro. Dijo que iba a pasar la noche en el refugio de Pas de Llops. Había reservado cama.

—¿Solo para ella?

—Creo que no. Si no recuerdo mal, comentó que alguien la había dejado tirada en el último momento, pero no dijo quién.

—¿Y no tienes idea de quién puede ser? —preguntó Arnau—. ¿Alguien con quien suela hacer senderismo?

—A veces la he visto salir con su compañera de habitación, pero seguro que no era ella porque lleva un par de semanas de baja. Normalmente suele ir sola.

—¿Y no habló con nadie más aparte de ti? —preguntó Arnau.

—Sí. Bueno, en la barra también estaba mi compañero, pero lo único que hizo cuando yo entré en cocina fue servirle una botella de agua.

—¿Qué compañero? —preguntó César.

—Víctor.

—¿Podemos hablar con él?

—Hoy es su día libre. No está aquí.

El maître dirigió una mirada suspicaz a su camarera.

—Me lo he cruzado antes —pareció justificarse Sara—. Iba a coger el cremallera. De todos modos, no creo que Alba le contara nada. Apenas estuve unos segundos en cocina. Y, además, no se conocían.

—Aun así, me gustaría hablar con él. ¿Podemos conseguir su teléfono? —preguntó César al maître.

—Ha empezado a trabajar con nosotros hace poco. Ahora se lo pido a la encargada de personal.

—Gracias. —Y, dirigiéndose a la camarera, de la que poco más podían sacar, el sargento añadió—: Y gracias a ti, Sara.

—De nada.

Se despidieron de ella y después siguieron al maître de nuevo hasta la recepción.

Allí les tendieron un papel con un número de teléfono móvil y un nombre: Víctor Trafalgar.

Nada más salir del hotel, Arnau insistió:

—Sigo pensando que algo debió de entretenerla en el camino.

—Tú no te cansas de especular, ¿no?

—Pues no, ya ves. —El cabo tomó aire, cargándose de paciencia, y continuó—: Podemos subir hasta el albergue y preguntar.

—¿Te refieres al refugio adonde iba la chica?

—Al refugio no, al albergue.

Y Arnau señaló montaña arriba, a la izquierda. Un sistema de telecabinas comunicaba la estación del cremallera con un gran edificio de techado azul situado sobre un pico, a una distancia aproximada de un kilómetro desde su posición.

—El albergue es un alojamiento del valle completamente independiente del hotel, con su propio personal. Para llegar al refugio de Pas de Llops, que está mucho más arriba, hay que pasar por la puerta.

—¿Y tenemos que montar en uno de esos? —preguntó César, señalando aquellos remontadores con forma de huevo. Estaba harto de tantas alturas.

—A menos que quieras subir toda esa pendiente andando, sí.

Con resignación, el sargento se puso en marcha detrás de Arnau. Antes de acceder a la estación del telecabina, el cabo saludó con afecto a un par de trabajadores más. El sargento comentó:

—Aquí trabaja mucha gente de la zona, ¿no?

—Sí. Incluso mis dos hijos han trabajado aquí un par de temporadas, mientras estudiaban en la universidad.

De un modo u otro, el turismo que atrae el valle de Miranda durante todo el año da de comer a mucha gente de Vilavella, Quintana y alrededores.

Y no solo eso. De la explotación del valle trincan dinero el obispado, la Generalitat y, por supuesto, la empresa hotelera que gestiona el alojamiento y la restauración.

El tinglado que tienen montado aquí mueve muchísimo dinero.

Millones. Por eso, cualquier asunto que pueda enturbiar la imagen idílica que tanto se esfuerzan por vender es sinónimo de problemas.

No le había hecho falta añadir que, de confirmarse una nueva desaparición un año más, el asunto amenazaba con convertirse en una patata caliente en las manos del nuevo jefe de la Unidad de Investigación.

El trayecto en telecabina, con el que superaron un desnivel de casi doscientos metros, fue breve pero intenso; aquel trasto no dejaba de moverse y rechinar.

Se entrevistaron con el director del albergue y este les manifestó que sí, que eran muy conscientes de la desaparición de la recepcionista del hotel, pero que no les constaba que nadie supiera nada al respecto.

Aun así, accedió a hacer algunas preguntas a los clientes que ya se encontraban alojados en el albergue el viernes por la tarde.

Mientras esperaban a montar en otro de esos huevos que los llevara de regreso a la estación del cremallera, el sargento recibió una llamada.

Era el inspector Aparisi.

—César, escúchame. Han encontrado la mochila de la chica y sus bastones. Estaban escondidos debajo de un montón de piedras.

—¿Esparcidos? —preguntó César. El aire le impedía oír con claridad.

—Esparcidos no, escondidos. ¿Me oyes? ¡Escondidos!

Debajo de un montón de piedras. Cubiertos a conciencia.

Por alguien. Dentro estaban todas sus pertenencias, incluido el teléfono móvil.

Estaba apagado, pero han probado a encenderlo y todavía le quedaba mucha batería…

Así que más vale que empecemos a olvidarnos de lo del accidente, ¿de acuerdo?