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El cremallera trazó una curva repentina y pronunciada hacia la izquierda y el sargento César Sánchez se vio obligado a aferrarse a uno de los estantes del portaequipajes.
El cabo Arnau Ventura, sin embargo, apenas se inmutó.
Habían subido en Vilavella, la última estación antes de iniciar el ascenso hacia el valle de Miranda, justo cuando el tren estaba a punto de partir.
Para consternación del sargento, la totalidad de los asientos estaban ya ocupados y había un buen número de pasajeros de pie ocupando el pasillo central, de modo que no les quedó más remedio que permanecer al final del vagón de cola.
Lo curioso fue que César había estado a punto de caerse debido al brusco vaivén del tren, no a su velocidad.
—¿Por qué va esto tan lento? —preguntó, exasperado. Debían de ir a unos cinco kilómetros por hora. Era la primera vez que subía al valle.
—No se llama tren cremallera por gusto —respondió Arnau, con gesto paciente—.
Si te fijas en la vía ahí atrás, verás que hay tres raíles, no dos.
—Y señaló más allá del ventanal de la parte posterior del convoy—.
El del medio es dentado, con forma de cremallera, y es el que permite seguir avanzando a pesar de la pendiente.
—¿Cuánto dura el paseo?
Arnau consultó su reloj con parsimonia.
—Deben de quedar unos treinta minutos.
El sargento bufó. Se suponía que él no debía estar ahí.
O, mejor dicho, en cualquier otra Unidad de Investigación, él jamás habría estado ahí.
Se habría quedado sentadito en su despacho, coordinando a sus agentes en la calle.
Pero no: ahí estaba él, de excursión, como si su tiempo no fuese demasiado valioso para perderlo viajando a cinco kilómetros por hora.
Y todo porque apenas tenía personal a su disposición.
El tren entró en un túnel que oscureció parcialmente el interior del vagón.
Tan solo una hilera de luces en el techo alumbraba a los pasajeros, en su mayoría familias con críos y perros, aunque también parejas jóvenes y grupos de ancianos, todos equipados con ropa y calzado cómodo, apropiado para andar por la montaña.
En cuanto salieron del túnel y volvió la luz del sol, un coro de exclamaciones invadió el interior del tren. Todos miraban a la derecha con gesto de asombro. César se aproximó al amplio ventanal y observó un salto de agua de unos diez metros de altura.
—Lo llaman el Salt del Capellà —dijo Arnau—.
No preguntes por qué saltó el cura ese. —César no pensaba hacerlo.
Le importaba un pito—. Aquellos que ves allí —continuó informando Arnau, señalando a un grupo de personas que caminaba en fila india por un estrecho sendero entre árboles y rocas— están siguiendo el camino antiguo de Miranda.
Suben a pie desde Vilavella. Dos horas y media de paseo.
—¿Tan caro es el cremallera?
—Bastante, pero no lo hacen por eso. Lo hacen por gusto. Qué locos, ¿no? Tantas ganas de perderse en el monte…
César miró al cabo. Le había dado la impresión de que su tono era de pitorreo.
Y no se equivocaba, porque una sonrisa le asomaba en el rostro.
La misma que había asomado un rato antes en el despacho cuando el jefe de la comisaría, el inspector Aparisi, apareció y soltó, como quien no quiere la cosa, lo que todos esperaban, pero nadie deseaba oír:
—Quizá deberíamos empezar a darle otro enfoque al asunto de esa chica, ¿no?
Los servicios de emergencia habían comenzado a poner en duda que la recepcionista del hotel se hubiera extraviado en la montaña o, al menos, que se tratara de un accidente.
César no tenía ni idea de lo fácil o difícil que resultaba localizar a alguien en aquellas montañas, pero lo cierto es que los equipos de rescate llevaban casi tres días buscándola, invirtiendo gran cantidad de efectivos y medios, tanto de Mossos como de Bomberos.
Durante el fin de semana, la Unidad de Investigación había colaborado con el operativo de rescate tratando de localizar el terminal móvil de la chica mediante la triangulación de repetidores, para lo que se requería mandamiento judicial.
A pesar de que Arnau lo gestionó todo desde Quintana, César, que había viajado a Terrassa a pasar el fin de semana con su familia, no quiso mantenerse al margen y estuvo los dos días pegado al teléfono, por lo que Íngrid, su mujer, se pilló un cabreo monumental.
Para colmo, la medida no había servido para nada, ya que el móvil de la chica estaba apagado. Todo volvía a apuntar entonces a que se trataba de un accidente de montaña… hasta que el jefe se había asomado por la puerta de la Unidad a soltar aquella bomba.
César miró con hosquedad a su sonriente cabo y dijo:
—Arnau, córtate un poco con la guasa, ¿quieres? Estamos hasta arriba de trabajo y apenas tenemos operativos, por si no te habías dado cuenta.
El cabo alzó ambas manos, en señal de disculpa.
—Me he pasado, lo siento… Pero sé sincero: ¿todavía tienes esperanzas de que los de Rescate encuentren a la chica?
—Pues eso espero, la verdad. Así me quito un problema de encima. Uno de tantos.
—No sé… —dudó Arnau—. La chica tenía experiencia en andar por la montaña. Y, según nos han dicho, había hecho esa misma ruta una docena de veces. Y el hecho de que el teléfono estuviera apagado cuando se hizo la triangulación…
—Eso no significa nada. Quizá se despeñó, porque iba andando por ahí de noche, y el móvil se rompió. O le quedaba poca batería.
—Sí, claro. Puestos a imaginar…
—Arnau…
Según la compañía telefónica, la última conexión de la que quedaba constancia era de datos móviles, a las 23.
37 horas. Había pocas antenas repetidoras en la zona que cubriesen la cordillera donde se encontraba el refugio de Pas de Llops.
Básicamente, cuatro: una en el edificio del hotel, junto al santuario; otra, en el albergue que había algo más arriba de la estación del cremallera, y un par, en hoteles situados al otro lado de las montañas, ya en Francia.
Había sido precisamente uno de esos dos repetidores el que había registrado la última señal, lo que llevaba a pensar que la chica ya se encontraba en las inmediaciones del refugio en el momento del apagón telefónico.
—Lo que más me mosquea es que a las once y media todavía no hubiese llegado al refugio —comentó Arnau, acariciándose la barba. Acababan de entrar en otro túnel y la imagen del cabo en penumbra, pensativo, resultaba entre cómica y fantasmagórica.
—¿Por qué lo dices? —preguntó el sargento.
—Porque, yendo a paso normal, el camino desde el valle de Miranda a Pas de Llops es de unas tres horas. Y, según los testigos, salió de allí sobre las siete de la tarde.
Abandonaron el túnel y, de nuevo, más exclamaciones de «¡aaaaaah!» y «¡ooooooh!» entre los viajeros.
—Yo sigo pensando que se trata de un accidente —insistió el sargento—. Quizá cerca del refugio, no te digo yo que no, pero creo que sufrió algún tipo de percance y acabó despeñándose y muriendo.
—Las primeras búsquedas fueron en torno al refugio, y no encontraron nada.
—Quizá se desorientó y acabó perdiéndose…
O, bueno, dejemos de lado lo del accidente.
¿Y si la chica decidió desaparecer de un día para otro?
No digo que se suicidara, ¿vale? Solo que se esfumara voluntariamente.
Y lo primero que hizo fue desconectar el teléfono móvil.
Al fin y al cabo, ¿qué sabemos de esa chica?
Uno nunca sabe lo que tiene la gente en la cabeza.
Arnau dudó.
—No te digo yo que no, pero su madre dice que la chica estaba bien, como siempre, que no notó nada extraño. Hablaba con ella a diario, varias veces.
—Y, aun así, no sería la primera ni la última persona que decide borrarse del mapa durante un tiempo. Yo los he visto a puñados, y seguro que tú también. Y, hasta donde yo sé, que un adulto sano mentalmente decida desaparecer sin dar explicaciones no es ningún delito, ¿no?
Arnau se encogió de hombros.
—¿Podría haber bajado andando hasta Vilavella? —preguntó César. La teoría comenzaba a gustarle. Cualquier cosa que no implicara abrir un caso nuevo le valía.
—¿Desde el refugio? Sí, podría. Hay un camino directo de Vilavella a Pas de Llops. Más corto que el de Miranda, pero con mucha pendiente. Que, por cierto, también han recorrido a pie y en helicóptero los de Rescate, sin encontrar nada.
El sargento apartó la mirada del acantilado; comenzaban a agobiarle las vistas. Por la ventana contraria circulaban muy pegados a un muro de piedra tallado en la montaña; era infinitamente más feo que el paisaje, pero mucho más tranquilizador.
—Habrá que empezar a hablar del elefante en la habitación, ¿no crees? —dijo Arnau, pillando al sargento por sorpresa.
Había aire acondicionado dentro del vagón y, aun así, el sargento comenzó a sentir el sudor de la espalda empaparle la tela del polo.
—A ver, ¿de cuántas desapariciones estamos hablando? —preguntó, al tiempo que un par de abuelos se volvían a mirarlos con gesto de temor.
Los policías se giraron discretamente para darles la espalda y continuaron hablando en voz aún más baja. Resultaba imposible cambiarse de sitio.
—Con esta, cinco —respondió Arnau.
—¿Cinco? ¿Desde cuándo?
—Desde hace cuatro años. La primera fue en 2023, una trabajadora del cremallera que vivía en Vilavella.
—Con la mano cerrada, Arnau extendió el pulgar para comenzar la cuenta—.
En 2024 desapareció una cocinera del autoservicio.
En 2025, un camarero del restaurante y una camarera del bar Pedraparada.
Y este año, la recepcionista. Cinco en total.
Frente a César, el cabo enseñaba la palma de la mano completamente abierta.
El sargento, no obstante, mostró un puño y dijo:
—Mi contador estaba a cero cuando me hice cargo del puesto. No pienso responsabilizarme de lo que hicisteis o dejasteis de hacer antes de que yo llegara.
Al oír aquello, Arnau contraatacó a traición:
—Ya, claro. Porque ya tienes bastante con tus propias mierdas, ¿no?
—¿A qué te refieres?
—A tu decisión con Samir… Te dije que no alargaras la detención más de lo necesario, que era un chaval inestable, pero tú insististe en el puto protocolo, ¿no? Nos tiraste a los perros, César, ¡en tu primera semana!
—¡Eso no es justo y lo sabes! Había que hacer comprobaciones, asegurarnos de que no hubiera más víctimas… Lo que pasó no fue culpa mía.
El resto del trayecto permanecieron callados y serios, en contraste con los demás pasajeros, que no cesaban de parlotear entusiasmados y de hacerse selfis con las montañas de fondo.