Nuestra señora del abismo 5
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Sobreviví a mi primer fin de semana como camarero con más pena que gloria. Me equivoqué en varias comandas y me devolvieron algunos cafés de dudoso aspecto, sí, pero, para el domingo por la tarde, Gero ya había dejado de lanzarme miradas de odio con sus ojos de besugo.

Los ánimos de los trabajadores tampoco estaban por las nubes.

La desaparición de Alba, por mucho humor negro que se le echara al asunto, había caído como un jarro de agua fría.

El operativo de rescate continuaba en marcha, y las novedades, que llegaban con cuentagotas, aún se recibían con un ápice de esperanza.

Aquel lunes por la mañana, sin embargo, yo me disponía a disfrutar de mi primer día libre.

Hasta nueva orden, los lunes y los martes serían mis días de descanso, así lo había decidido Gero.

En vez de hacer como otros temporeros de fuera de la comarca, yo preferí quedarme en Miranda arguyendo que apenas hacía tres días que había llegado.

Mi intención, por supuesto, era investigar con mayor libertad y, sobre todo ahora, averiguar si la desaparición de Alba, la recepcionista, tenía algo que ver con la de Noa.

Bajé al Pedraparada a desayunar. Tras la barra se encontraba mi flamante compañero, Pol Ramos, un tipo peculiar y que, tal como me había advertido Sara, tenía una opinión para todo.

—¿Has oído hablar de los raelianos? —me preguntó mientras me tendía el café con leche y un cruasán. Dudé si dirigirme a una mesa o quedarme allí en la barra. Ya me había puesto la cabeza como un bombo el fin de semana, pero aquello era nuevo. Me picó la curiosidad.

—Ni idea.

—Esta noche he estado pensando en las desapariciones y me he acordado de una peña rara que pululaba por aquí hace tiempo.

—Su rostro se ensombreció, y se ajustó las gafas de montura negra con aire de solemnidad.

El resultado, no obstante, fue más cómico que otra cosa.

Tenía las facciones redondeadas y aniñadas, y mofletes sonrosados, a juego con su figura baja y oronda.

En el fondo, despertaba en mí cierta compasión.

—¿A qué te refieres con que pululaban por aquí?

—Vivían abajo, en una especie de comuna a las afueras de Vilavella, y de vez en cuando subían para adorar las estrellas…

En ese momento recordé algo. Mi mente regresó a una de esas noches, zapeando, cuando buscaba algo que ver en Netflix y acabé en un documental sobre sectas.

—Un momento —lo corté—. ¿Los raelianos no son esos que dicen que venimos de los extraterrestres?

—Eso es. Pero espera, espera… —Y me agarró del brazo, consciente de que estaba a punto de perder toda mi atención—.

Estamos hablando de una secta muy chunga, que le come la cabeza a la gente para que se una a ellos.

Y que hacen cosas muy raras. Están a favor de la clonación, usan a mujeres como cobayas de laboratorio… Mierdas por el estilo.

Un tipo con el uniforme de trabajador de Miranda acababa de acodarse a la barra, junto a mí.

Era alto y delgado, con el rostro bastante cascado por el sol, y con el cabello ralo y despeinado, a juego con un bigote que le ocultaba prácticamente toda la boca.

Lo apodaban el Yalomiraré y se encargaba del mantenimiento de las instalaciones. Al oír las palabras de Pol, dijo:

—Una secta muy chunga, sí, pero me apuesto lo que quieras a que, si te viene una tía y deja que te la folles con la condición de que te unas a ellos, te tiras de cabeza, ¿eh, capullo desesperado?

—No te pases —se defendió Pol—. Yo follo cuando quiero.

—¡Coño, y yo! Pagando, san Pedro canta.

El tipo emitió una sonora carcajada y le puso a Pol delante su vaso de carajillo vacío para que le añadiera un chorrito de brandy.

Mi compañero masculló un «vete a la mierda», pero cogió una botella de Veterano y rellenó el vaso, aunque menos de lo que al otro le habría gustado.

Si hubiera tenido que adivinar cuál era el deporte oficial de los trabajadores de Miranda, empinar el codo se habría llevado la palma.

Pol se alejó para atender a unos clientes que aguardaban tras la caja y Yalomiraré vació el vaso y lo dejó caer sobre la barra, de un golpe seco. Después se inclinó hacia mí y, tras pasarse el dorso de la mano por el bigote, dijo:

—He hecho coña y eso, pero no va desencaminado del todo el chaval.

—De cerca, las hebras de su bigote se veían teñidas de amarillo, signo de décadas de tabaquismo—.

No me refiero a los raulianos esos. De hecho, los subnormales que ocuparon durante un tiempo la comuna de la que te hablaba no eran más que unos pixapins venidos de Barcelona, sin ánimo de ofender…

—Hice un gesto para denotar que no me daba por aludido y él continuó—: Me refiero a que eran unos pijos de esos que van vestidos como vagabundos y que se pasan el día practicando mierdas como el yoga, el taichí y cosas así, de gilipollas, ya me entiendes.

Esos no han tenido nada que ver, son inofensivos.

Sin embargo, lo que sí se dice por ahí es que todos los que han desaparecido es porque han visto algo que no debían ver.

—¿A qué te refieres?

El tipo se encogió de hombros.

—Algo… Si lo supiera… Pero no lo sé. Yo solo digo lo que se comenta por ahí.

Le habría hecho un millón de preguntas, pero no tuve tiempo de formular ni una. Gero acababa de aparecer por la puerta de la cocina y, al vernos, se dirigió hacia nosotros pisando con fuerza la tarima de la barra.

—Bernat, coño, ¿qué pasa con la máquina de hielo? ¿Vas a arreglarla o no? No deja de perder agua.

—Ahora no puedo, pero ya lo miraré, ¿vale?

—¡No me jodas! Llevo tres días detrás de ti.

—Te estoy diciendo que ya lo miraré, ¿qué más quieres?

—¡Que lo arregles, joder!

—Tampoco hace falta ponerse así…

Y se fue tan pancho, dejando a mi encargado con un mosqueo de los gordos. Yo, por si acaso, decidí marcharme también de allí.

El cielo estaba despejado y todo apuntaba a que tendríamos un buen día. Caluroso, sin duda, pero agradable en comparación con el bochorno de Barcelona.

Frente a mí se extendía un amplio manto de césped y el gran lago azul donde se reflejaban las montañas que rodeaban el valle. Aquella era una vista extraordinaria. Quizá fuera cierto lo que decía Sara, que pronto me acostumbraría a ella hasta aborrecerla. Ya veríamos.

Comencé a bajar la gran escalinata de piedra recapacitando acerca de lo que acababa de decirme Yalomiraré. ¿Podía ser cierto que todos los desaparecidos hubiesen descubierto algo que los había puesto en peligro?

Justo en aquel momento, un tren cremallera irrumpió en el valle y silbó para anunciar su llegada.

Parecía repleto de turistas. Los más madrugadores, aun así, estaban ya desperdigados a mi alrededor.

Cuando llegué al final de la escalinata, me detuve para dejar pasar a un par de ponis que avanzaban a paso lento por el camino principal, cada uno cargando a su lomo a un crío, mientras los padres revoloteaban a su alrededor, friéndolos a fotos.

—A finales de agosto, ya verás —dijo alguien tras de mí. Me volví y era Sara—. Esos bichos acaban tan desquiciados de pasarse todo el santo día dando vueltas que les da por morder a cualquiera que se les acerque. A muchos tienen que apartarlos.

—Y no los culpo. Eso es explotación laboral. O explotación equina, si lo prefieres.

Sara sonrió. Iba vestida con el uniforme de los camareros del restaurante del hotel: pantalón de pinza, chaleco granate y camisa blanca con lazo al cuello.

Le quedaba muy bien. En los brazos sostenía una montaña de servilletas de tela blanca recién lavadas y planchadas, envueltas en una bolsa transparente.

—¿Tienes fiesta hoy? —me preguntó. Asentí—. Oye —dijo, cambiando el peso de la bolsa para acomodárselo mejor—. Esta mañana vendrán los Mossos que investigan la desaparición de Alba. Por lo visto fuimos los últimos en hablar con ella. ¿Estarás por aquí?

En mi cabeza saltaron todas las alarmas, pero logré contenerme. El plan del día acababa de cambiar drásticamente.

—Tenía pensado bajar a la civilización —dije, tratando de mostrarme indiferente—, coger el coche y pasar el día en Quintana. No he estado nunca allí. Además, a esos no voy a decirles nada que no puedas decirles tú, ¿no?

—Sí, claro —respondió—. Aprovecha el día y sal un poco. Como pases mucho tiempo sin bajar, vas a acabar agobiándote.

Sara se dio media vuelta para marcharse en dirección al hotel.

Tuve la tentación de detenerla y seguir charlando con ella un poco más, por el simple gusto de estar en su compañía.

Podría usar cualquier excusa, como preguntarle si había algo en Quintana que mereciese la pena ver o que me recomendase algún restaurante donde comer.

No obstante, me contuve. Con el tiempo había aprendido a conocerme bien y sabía que las mujeres como Sara eran las que me complicaban la vida. Y no debía desviarme de mi objetivo.

Por suerte, en la cartera llevaba el pase de trabajador que me permitía hacer uso gratuito del cremallera, así que me dirigí directamente a la estación para tomar el primer tren que saliera de allí.

Justo en el andén principal había un convoy vacío con las puertas cerradas.

Mientras esperaba a que se abrieran, observé al final de la vía un vagón frigorífico del que estaban descargando alimentos que, después, depositaban en un remolque arrastrado por un pequeño tractor.

Frente a él, con una carpeta, se encontraba mi compañero de habitación, Isra, supervisando el género que acababan de recibir.

Estuve tentado de ir a saludarlo, pero algo me detuvo. Un tipo vestido con uniforme azul, distinto al de los trabajadores oficiales del valle de Miranda, se aproximó a Isra y ambos se alejaron del vagón y del resto de los trabajadores.

Las puertas del tren se abrieron ante mí, pero yo permanecí atento a lo que hacían Isra y el desconocido. Y entonces vi que el tipo le daba algo a Isra, y que este lo ocultaba bajo la carpeta. Fue algo rápido, que pasó desapercibido para todos los que los rodeaban, excepto para mí.

Me fijé de nuevo en aquel chico. Era joven, de unos veintipocos años, pequeño pero fibroso, con barbita de chivo y entradas pronunciadas. Fácil de recordar.

Después subí al tren.