Nuestra señora del abismo 4
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La habitación diecisiete estaba situada en la segunda planta del ala este, la de los trabajadores.

Lo primero que vi al entrar fue un pequeño recibidor con armarios a ambos lados, para dejar el calzado y las chaquetas.

Frente a la puerta de entrada se encontraba el cuarto de baño, con aseo y ducha.

A la derecha, una puerta corredera que daba acceso a una habitación bastante reducida, con una cama a cada lado y un escritorio alargado con dos sillas en la pared del fondo.

No tenía ni idea de a quién me habían asignado como compañero, pero uno de los lados, el que daba a la ventana, estaba muy desordenado, con ropa tirada de cualquier manera y envoltorios de comida y botellines de agua por el suelo.

Parecía el cuarto de un adolescente. También había objetos y prendas desparramados encima de la otra cama, pero esta estaba sin hacer y había unas sábanas limpias dobladas junto a la almohada, por lo que deduje que se trataba de la mía.

La despejé como pude y dejé sobre ella mi macuto.

Me puse a ordenar la ropa en el armario, hice la cama y me duché.

Todavía era temprano, pero estaba bastante cansado.

Descarté bajar al comedor del personal y me quedé tendido sobre la cama, comiendo unas galletas que llevaba en la mochila.

Frente a la cama de mi compañero de habitación había un pequeño televisor.

El mando a distancia estaba desaparecido entre tanto desorden, y no perdí el tiempo en buscarlo.

Llevaba todo el día ignorando el teléfono móvil, así que lo saqué del bolsillo exterior de la mochila y lo encendí. Para mi sorpresa, la cobertura allí arriba era de lo más decente; debía de haber una antena repetidora instalada en alguno de los edificios aledaños al santuario.

Abrí WhatsApp y escribí:

Ya estoy instalado. Me han asignado al mismo lugar donde trabajaba Noa. En cuanto tenga alguna novedad, te informo.

Al cabo de unos segundos, vi el doble check de color azul. Pero no hubo respuesta.

Me comí un par de galletas más y comencé a hojear el libro que en el último suspiro había metido en la bolsa, la Guía cachonda de las pelis de culto .

Era un ejemplar de bolsillo en el que se clasificaban las mejores películas de la historia del cine por temáticas tan curiosas como «masculinidad tóxica», «madres insoportables» o «protas a prueba de balas».

Sus breves análisis destacaban con humor y socarronería los aspectos más significativos de cada una, y a veces yo buscaba una temática concreta o, sencillamente, abría sus páginas al azar.

Cuando llevaba varios minutos leyendo acerca de películas ambientadas en la «naturaleza asesina», oí una llave que abría la puerta del pequeño apartamento.

—¿Hola? —dijo una voz desde el umbral.

—Buenas —respondí, asomándome al recibidor.

Me topé con un hombre joven, de menos de treinta años, con tez muy blanca y barba rizada de tonos rojizos. Tenía el cabello engominado y vestía el mismo polo granate que yo, aunque sus pantalones eran grises, de operario.

Sonreía.

—¿Qué pasa, compañero? Soy Isra.

—Yo, Víctor. Encantado.

Nos dimos un apretón de manos en plan colegas y me hice a un lado para dejarle pasar al dormitorio.

—Pensaba que te vería abajo, en el comedor. ¿No piensas bajar a cenar?

—Qué va —respondí—. Estoy petado. He aprovechado para ordenar un poco y me ha bastado con unas galletas que traía para matar el hambre.

—Bueno, tampoco te has perdido nada —dijo él, dejándose caer sobre su cama—.

La comida que hacen para el personal es bastante de rancho…

Eso sí, pásate por ahí cuando todo el mundo se haya marchado y te encontrarás al gordaco del chef poniéndose fino con un solomillo de buey, a cara perro…

En fin. Oye, perdona este desorden. Habrás pensado que soy un puto desastre con todo por aquí tirado y eso.

Pero es que llevo mucho tiempo solo y tampoco me habían avisado de que vendrías…

—Tranquilo, hombre, no pasa nada. Te he dejado ahí en la mesa las cosas que me he encontrado sobre mi cama.

—Ah, vale. Gracias —Y, mientras se quitaba el polo y los pantalones, añadió—: Me han dicho que vas a currar en el Pedraparada, ¿no?

—Sí. De hecho, ya he empezado esta tarde.

—¿Y qué tal con Gero? Un tío encantador, ¿eh?

—Majísimo, sí… Menos mal que estaba Sara para enseñarme cómo funciona todo. Buena tía, Sara, ¿no?

—¿Sara? —preguntó Isra mientras se quedaba en bolas frente a mí como si nada, coronando una montaña de ropa sucia con sus calzoncillos—. Sí, bueno. Tiene sus historias, como todo el mundo por aquí, pero es enrollada, sí.

Y desapareció camino de la ducha. Al cabo de cinco minutos regresó con una toalla en torno a la cintura.

—¿Tú también eres camarero? —pregunté.

—No, qué va. —Soltó la toalla y comenzó a rebuscar entre la ropa que había sobre su cama deshecha—.

Soy el responsable de compras del hotel; me encargo del inventario, de tratar con los proveedores, ya sabes, de que no falte de nada, ni en el hotel ni en ninguno de los restaurantes o bares.

Casi siempre estoy en el almacén principal, detrás del autoservicio.

—Encontró lo que parecía un pantalón de pijama y se lo puso—.

Cualquier cosa que necesites, me tienes allí.

Y no te preocupes, que solo vamos a coincidir tres días a la semana. Yo hago fiesta todos los findes.

Aquello eran buenas noticias. Tener un compañero de habitación era un verdadero engorro si necesitaba moverme a horas extrañas.

Isra sacó una camiseta arrugada de su armario y, tras ponérsela, comenzó a recoger su ropa y el resto de los objetos que había esparcidos por la habitación. Todo un detalle por su parte.

—Si quieres, pon la tele —me dijo tendiéndome el mando, que había aparecido bajo la almohada—. Yo salgo un momento al recibidor. Necesito fumarme un canuto por las noches, antes de acostarme. ¿Te molesta?

—No, qué va. Adelante.

Sacó de un cajón una bolsita transparente con cogollos, papel de liar y un mechero, y se sentó en el suelo de la entradilla de nuestro apartamento, frente al cuarto de baño.

Al cabo de unos segundos lo oí accionar el mechero para prender el porro.

De pronto, el olor dulzón de la marihuana comenzó a invadir el dormitorio, y eso que la puerta corredera estaba echada y había abierto el ventanuco del baño y activado el extractor.

Me puse en pie y abrí.

—¿Quieres? —preguntó, tendiéndome el canuto.

—No, gracias. Fuma tú, tranquilo.

Y, mientras me apoyaba en el marco de la puerta, solté como si tal cosa, decidido a mover ficha:

—¿Te puedo hacer una pregunta?

—Claro, dispara.

—Esta tarde he escuchado algo de unas desapariciones. ¿De qué va eso?

Mi compañero de habitación entornó los ojos y, formando una pequeña «O» con los labios, expulsó una columna de humo fina y prolongada.

—La cosa es bastante rara, la verdad —dijo al fin—. Yo llevo aquí poco más de un año, pero, por lo visto, hace lo menos tres que desaparecen trabajadores, siempre en verano. A veces uno, a veces dos. El año pasado fueron dos: un camarero del hotel y una camarera del Pedraparada.

—Esa debe de ser la tal Noa de la que hablaban.

—Eso es, una chavala muy joven.

—¿Y se sabe por qué desaparecen?

—No, qué va. Hay muchas teorías, pero nada seguro. Algunos dicen que todas las desapariciones están relacionadas entre sí, y otros que no. Y, por lo que yo sé, los Mossos apenas han hecho nada para averiguarlo.

—¿Y qué crees tú?

—¿Yo? —dijo señalándose con el pulgar de la misma mano con la que sostenía la colilla del porro. Parecía sorprendido y a la vez halagado de que le pidiera su opinión—. Del resto, no lo sé, pero de lo que pudo pasarle a esa chica…

—¿Noa?

—Sí, Noa. Esa fue a juntarse con quien no debía. Se enrolló con un gilipollas que trabajaba en la limpieza. Un zumbado de Quintana que acabaron largando ese mismo verano, después de liarla bien gorda… No recuerdo su nombre, pero ¿sabes quién te lo podría decir? Tu amiga.

—¿Qué amiga?

—Tu amiga Sara. El capullo ese es su hermano.

—No jodas. ¿Y crees que tuvo algo que ver?

—Ni idea. Yo solo sé que no gané la porra.

—¿Qué porra?

—La porra de los desaparecidos. Ahora que lo pienso, seguro que alguien ya ha apostado por ti. ¡Estamos todos en el bombo! —dijo, soltando una risa a destiempo.

Pero ni yo fui el siguiente, ni él ganó la porra.