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Sara me había calado a la primera.
—Oye, tú no tienes ni idea de hacer cafés, ¿no?
Puse cara de indignación y respondí:
—Me manejo bastante bien con la Nespresso. Creía que esto era más o menos lo mismo…
—Anda, trae.
Me quitó de la mano lo que hasta ese momento yo llamaba «pala» o «canasta» y cuyo nombre correcto acababa de descubrir, gracias a ella, que era «portafiltro», y lo rellenó de café molido accionando la palanca dispensadora del molinillo. Mientras lo prensaba, dijo:
—El secreto está aquí, en la cantidad y en la presión del café. Si sale espumoso, es que lo has hecho bien. Pero tampoco te pases cargándolo demasiado y prensándolo con mucha fuerza, o no habrá quien lo beba.
—Vamos, lo mismo que con la Nespresso…
Soltó un suspiro y dijo:
—Tú no te tomas nada en serio, ¿no? A ver, dime, ¿qué edad tienes?
—Cuarenta y dos.
—Anda ya.
—Te lo juro.
—Pues pensaba que tenías menos. Como yo, unos treinta y… —Hizo una pausa.
—¿Treinta y muchos o treinta y pocos?
—Más bien treinta y pocos —respondió sonriendo, sin soltar prenda.
Sirvió ella misma los dos cortados que me habían pedido unos clientes (lo de preparar los platos con la cucharilla y el azucarillo sí se me dio de perlas), y abandonamos la barra para salir al comedor, a recoger unas mesas de la zona de pícnic que acababan de quedar libres.
Para entonces ya iba vestido con el uniforme oficial del bar Pedraparada: polo granate de manga corta y tejanos negros.
Habían acertado la talla sin preguntármelo, el director no tenía mal ojo del todo.
Mi calzado eran unas Adidas azul marino con la suela de color marrón.
Me habían pedido que llevara calzado oscuro por si acaso, y pillé lo primero que encontré por casa.
Algo me decía que iban a acabar para tirar a la basura después de unas semanas allí.
—Es raro —opinó Sara—. La gente de tu edad no suele venir a currar aquí a menos que viva por la zona.
—Pues aquí estoy.
—¿Te has separado o algo por el estilo?
—Sí, hace unos meses, pero, como no teníamos críos, tampoco es que supusiera un gran trauma. —Tenía el rollo bien preparado—. Después me di cuenta de que necesitaba un cambio de aires y, bueno, allí, en Barcelona, no curraba de nada fijo. Me surgió este trabajo y acepté.
—Y aquí estás. En el culo del mundo… Te doy dos semanas —dijo Sara sin mirarme, mientras llenaba una bandeja de vasos y platos sucios—.
Yo ya ni me fijo en las vistas cuando subo hasta aquí.
—Bajó la voz al advertir que una mujer y su hija pasaban por nuestro lado, camino del lavabo.
Después añadió—: Cuando el tren va lleno hasta los topes, y este verano te hartarás de verlo, me entra una mala leche que ni te imaginas de pensar en el faenón que nos van a dar.
—No sé, ya te contaré… Pero las montañas se ven espectaculares; eso no me lo negarás…
—De acuerdo, el valle de Miranda no es el culo del mundo. Tan solo el sobaco, ¿contento?
—Me vale, me vale… ¿Cuánto hace que trabajas aquí? —Si ella hacía preguntas personales, no veía inconveniente en hacerlas yo también.
—Prácticamente toda la vida. Desde los dieciocho.
—¿Y siempre has estado aquí?
—¿Dónde, en el Pedraparada?
Asentí.
—No, qué va. De hecho, apenas me envían aquí. Solo cuando van cortos de personal y los fijos tienen fiesta, como hoy. Suelo trabajar en el restaurante del hotel y en la cafetería que hay junto a la recepción.
—¿Y también te quedas a dormir? Porque he visto que el último cremallera sale antes de que cierre el restaurante.
—De vez en cuando, pero solo un par de noches a la semana. Los días que me quedo al servicio de cenas, después empiezo temprano por la mañana, sirviendo los desayunos. Me lo monto así para poder bajar luego más rato a Quintana de Ter. Vivo allí con mi abuela y mi hijo.
—¿Tienes un hijo?
—Sí, Ricard. —Se le iluminó el rostro—. Tiene doce años.
En mi cabeza apareció la imagen de un chaval de pelo castaño y ojos tan azules y profundos como los de Sara. Ella debió de malinterpretar mi silencio, porque dijo:
—El padre no ha muerto, ni nada por el estilo, ¿eh? Solo que hace años que lo dejamos… También trabaja en Miranda, con el personal del cremallera, es uno de esos que van con la chaqueta y los pantalones verdes.
Sara dio media vuelta y se dirigió a la zona que comunicaba con el office.
Yo la seguí. Ambos cargábamos con sendas bandejas repletas de vasos y platos usados.
A través de la ventanilla del office, la encargada de la limpieza de la vajilla las recogió y comenzó a separar su contenido.
Se llamaba Virgínia, Sara me la había presentado un rato antes.
A ella y al cocinero, Amadeo. Eran padre e hija, y se parecían demasiado físicamente como para no sentir pena por la pobre chica, que, para colmo, era tímida a rabiar.
Por lo que estaba viendo, aquel lugar estaba plagado de padres e hijos, parejas y exparejas, hermanos y hermanas…, así que más me valía andarme con mucho ojo, no fuera a preguntarle sobre alguien a quien no debía.
Acabé de recoger yo solo las mesas del fondo y recoloqué las sillas.
Al regresar a la barra, allí estaba Sara, atendiendo a los pocos clientes que había aún a aquella hora de la tarde. Gerónimo, el encargado, se había marchado hacía un buen rato. Serví las bebidas que acababa de cobrar Sara en caja y pronto volvimos a quedarnos a solas.
—Entonces ¿mañana no estarás aquí? —pregunté.
—Qué va. Mañana vuelvo al restaurante del hotel. Pero tranquilo, que no estarás solo; he visto en el cuadrante que Pol entra a primera hora. —Enarcó ambas cejas y añadió—: Es un poco pesado el chaval, ya te aviso.
—Pesado… ¿en qué sentido?
—Pues en que va de enteradillo… Opina sobre todo, y lo que no sabe se lo inventa… Pero es muy currante, y seguro que te ayuda. Además, también he visto que Marina entra pasado mañana. Es un sol, ya verás. Muy buena compañera.
Pol el Bocas y Marina la Dulce, mis futuros compañeros. Tomé buena nota.
Apenas había trabajado unas horas, pero me sentía agotado.
Por suerte, eran poco más de las siete y no quedaba mucho para la hora del cierre.
No quería imaginarme lo que supondría currar allí durante las próximas semanas, con la afluencia de julio y agosto, y con el horario ampliado hasta las diez de la noche.
Por la puerta que comunicaba con las escaleras que daban a la planta superior apareció una mujer joven vestida con mallas y chaqueta de montaña, botas de trekking y gorra deportiva.
A la espalda llevaba una mochila de tamaño medio, con un par de bastones de senderismo amarrados a un lado.
Se aproximó a nuestra posición y Sara se inclinó sobre el mármol veteado de la barra, cruzando ambos brazos en un gesto desenfadado, y le preguntó:
—¿Te marchas de excursión, Alba?
La chica se quitó la mochila y la dejó sobre la barra con suma facilidad, cosa que me sorprendió.
En primer lugar, porque no la había reconocido: era la recepcionista que me había atendido antes de pasar al despacho del director del hotel para la entrevista de trabajo.
Debía de tener unos veinticinco años y me había parecido muy discreta, con su uniforme impecable compuesto por falda y chaleco azul marino sobre una camisa azul cielo.
Habría jurado que era una chica frágil, de ahí mi segunda sorpresa al verla ahora; no cabía ninguna duda de que estaba muy en forma. Y algo cabreada.
—Me han dejado tirada, tía. Había quedado para subir a Pas de Llops, a pasar allí la noche, pero ya ves.
—¿No te anochecerá antes de llegar al refugio?
—Puede ser, pero voy preparada, tranquila; tampoco sería la primera vez. —Sacó un monedero del bolsillo superior y dijo—: ¿Puedes pedirle a Amadeo que me haga un bocadillo de lomo con queso? Y ponme un agua de las grandes, porfa.
—Sí, claro —dijo Sara, y, mirando hacia mí al tiempo que señalaba las neveras metálicas situadas bajo la barra, añadió—: Víctor, ¿puedes…?
Abrí un par de compartimentos (porque aún no tenía claro cuál era la nevera designada para guardar las botellas grandes de agua) y le tendí una a Alba.
Mientras, Sara desapareció por la abertura que comunicaba la zona de barra con la cocina y el office.
Desde mi posición pude oír que Amadeo se quejaba:
—Acabo de limpiar la plancha. Si alguien quiere bocadillos, tendrán que ser fríos.
—Es para Alba, la chica de recepción. Venga, va… —insistió Sara.
—Pero porque es ella —refunfuñó Amadeo—. Ya sabéis que a estas horas no hay plancha. Y, si no hay plancha, no hay plancha.
—¡Gracias, cascarrabias! —dijo Sara, regresando a la barra. Le guiñó un ojo a Alba y esta sonrió.
Cuando la recepcionista ya se había marchado, apareció Gero para hacer caja. Tenía el polo arrugado y el cabello de la coronilla chafado; venía directo de dormir la mona, sin duda.
—Toma —dijo, tendiéndome una llave—. Me la acaban de dar en recepción. Tu habitación es la diecisiete. Puedes marcharte; nos vemos mañana a las ocho.
—Descansa —dijo Sara.
—Tú también —respondí.
Recogí mi mochila de viaje, que había dejado en un rincón del pequeño comedor del personal, y me despedí de Amadeo y Virgínia, que estaban terminando de limpiar la zona de cocina y office.
Salí de nuevo al comedor del Pedraparada y vi en la barra al director junto a una mujer alta y delgada, de piel oscura y cabello muy rizado, que más tarde supe que era su esposa y también la subdirectora del hotel.
Desde luego, la endogamia era la marca de la casa en aquel lugar.
Ambos reían con Gero, quien les estaba sirviendo en vasos de tubo sendos Bacardí con cola.
—Hasta mañana —les solté.
Pero no me oyeron o hicieron como que no me habían oído.