Nuestra señora del abismo 2
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No se comía mal en Quintana de Ter.

Eso pensaba el sargento César Sánchez mientras conducía de vuelta a comisaría tras zamparse un menú en uno de los restaurantes de la plaza del monasterio. Apenas llevaba un mes en su nuevo destino y ya había corrido dos agujeros en el cinturón.

Al volante de un Skoda Fabia de paisano, cruzó el río por uno de los puentes que unían el casco antiguo con los barrios de la periferia, y enfiló la calle donde se encontraba la comisaría de Mossos d’Esquadra.

El edificio tenía un gran tejado azul en forma de arco, muy propio de las comisarías de montaña y muy diferente de las del área metropolitana de Barcelona donde César había trabajado siempre, de estructura mucho más angulosa.

Junto a las dependencias policiales había un aparcamiento público que solo se llenaba los fines de semana y los días de mercadillo.

César observó en el muro que había al fondo, junto a las vías del tren, a un par de trabajadores de la brigada municipal de limpieza que se esforzaban por borrar un mensaje escrito dos días atrás.

NOS LLAMAIS TERRORISTAS

PERO VOSOTROS SOYS LOS ASSESSINOS .

JUSTICIA PARA SAMIR YA !!!!

Aquello le dolía, y no por las faltas de ortografía precisamente. Por si fuera poco, quien lo hubiese pintado lo había hecho de noche y consciente de que aquella ubicación exacta constituía un punto ciego que ninguna de las cámaras de seguridad de la comisaría cubría.

César detuvo el vehículo frente a la barrera de acceso al aparcamiento exterior de la comisaría y pulsó el botón del interfono.

Esperó unos segundos, pero el agente de la puerta no respondió.

Aguardó un poco más… y nada. Resopló y maldijo entre dientes un buen rato, antes de volver a pulsar. Esta vez sí obtuvo respuesta:

—¿Identificación?

—Sargento César Sánchez. —Silencio al otro lado. Había que joderse—. El nuevo jefe de la Unidad de Investigación —remarcó.

—Ah, vale… Pues adelante.

Estacionó en la parte posterior de la comisaría y entró en el edificio tras teclear la contraseña en el panel numérico de la pared.

Aquello parecía un desierto. De camino a la oficina de la Unidad de Investigación no se cruzó con nadie.

Y, al llegar, la situación apenas mejoró.

El único presente era el cabo Arnau Ventura, sentado a su escritorio con aire ausente.

Ni rastro de los tres agentes que supuestamente trabajaban aquella semana en el turno de tarde.

Según la planificación deberían ser más, pero el cuarenta por ciento de la plantilla estaba de baja.

—¿Dónde están estos? —preguntó César.

Con total parsimonia, Arnau desvió la mirada de la pantalla del ordenador a su sargento. Emitió un sonoro suspiro y dijo:

—Buenas tardes.

César lo observó en silencio. Era un tipo grandote y fondón, de barba espesa y entrecana, gafas ahumadas y vestido siempre como un excursionista a punto de echarse a la montaña.

Parecía cualquier cosa menos policía. Debía de rondar los cincuenta y cinco años, ligeramente por encima de la media entre los integrantes de aquel grupo de trabajo.

La llegada de un jefe nuevo, ni más ni menos que veinte años más joven y sin experiencia como jefe de ninguna Unidad de Investigación, debía de haberles parecido a todos ellos una broma pesada.

—Están tomando café —respondió Arnau al fin.

—¿Todavía?

—Sí, todavía.

—Pues envíales un mensaje y que vuelvan ya. Tenemos que hacer algo con el montón de joyas que han aparecido en el maletero de ese fulano, a ver si podemos resolver algunos robos con fuerza en domicilios que ha habido por aquí.

—El tío no tiene antecedentes por eso. Es un receptador.

—Da igual. Daremos los casos por resueltos y subiremos la estadística. Que Sebas y Carme se lean todas las denuncias desde principios de año y, si algo coincide, que citen a las víctimas y les enseñen las joyas.

—¿Desde principios de año?

—Cómo mínimo. —Se miraron durante un instante, pero ninguno añadió nada al respecto—. Y que Salva se acerque al polígono ese donde ha habido el butrón…

—¿El polígono Rocabruna?

—Como se llame. Que vaya y busque cámaras en las otras naves, a ver si averiguamos qué coche usaron los autores.

—Salva no puede. Todavía está liado con la agresión sexual de este fin de semana.

—Eso ya está resuelto. Puede esperar. Que se vaya a por las imágenes. Y de paso dile que la semana que viene tiene que trabajar en turno de mañana.

—César…

—¿Qué?

—Ya te comenté que Salva necesita ir fijo de tarde por un tema familiar.

—Pues es lo que hay.

El cabo respiró hondo, preparando su respuesta, sin apartar la mirada de César, pero no dijo nada.

—Pero ¿a qué esperas? —insistió el sargento—. ¿Vas a decirles que vengan o no?

Arnau cogió su teléfono móvil y lo desbloqueó. No obstante, tras recapacitar unos segundos, volvió a apagarlo. Lo dejó de mala manera sobre su mesa y dijo:

—Hazlo tú. Yo paso. Tampoco llevan tanto tiempo fuera.

Si quieres hacer un escrito contra mí, adelante —dijo, y se volvió hacia la pantalla de su ordenador—.

Me la suda. Pero no olvides que, mientras la gente va cogiéndose bajas, yo sigo aquí.

Quizá no haciendo las cosas como a ti te gustaría, pero sí haciéndolas lo mejor que sé.

Y de ti depende que otros más se borren del mapa.

César no daba crédito. Pero, en vez de ponerse a pegar gritos, optó por una vía intermedia.

—Arnau, ¿no me estarás amenazando?

—No. Te estoy diciendo que así no puedes seguir.

Y afloja un poco si quieres que te apoye, porque a este ritmo vas a acabar solo.

¡Coño! Pero si no haces más que apretar…

Por si no lo sabes, se nota a la legua que estás tan desesperado por hacer carrera en esta especialidad que has sido capaz de dejar a tu mujer recién parida en Terrassa y venirte aquí a darnos a todos por el culo, solo porque te han vendido la película de que esto hay que levantarlo y que tú eres el hombre ideal.

Y, claro, te has tirado en plancha. Eso es lo que creo.

De pronto, César quiso cobijarse en su despacho… porque, si bien consideraba intolerable aquello viniendo de un subordinado, lo jodido es que tenía razón en casi todo.

—Más vale que cuando estos vuelvan les mandes hacer lo que te he dicho —gruñó mientras se alejaba.

Y así lo hizo Arnau. En cuanto los agentes volvieron del café, les dio las instrucciones del sargento y, desde su mesa, escuchó algunos reniegos y quejas en un tono demasiado elevado como para pretender que no llegaran a sus oídos.

No obstante, todos salieron a realizar su cometido y César respiró con cierto alivio.

A media tarde, el cabo golpeó la puerta de su despacho y entró.

—¿Qué pasa? —preguntó César a la defensiva.

—Me acaba de llamar Salva. Por lo visto, mientras buscaba cámaras en el polígono Rocabruna, ha hecho un mal gesto y se ha quedado clavado de la espalda. Hace años que sufre de lumbalgia. Le han dado la baja por un mes… como mínimo.