Nuestra señora del abismo
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Creo que fue Mike Tyson quien dijo que «todo el mundo tiene un plan hasta que recibe la primera hostia».
Básicamente, ese es el resumen de mi vida desde que tengo uso de razón.
Nunca falla. Se me da mucho mejor actuar e improvisar; con eso tengo más suerte, como aquella mañana, cuando llegué al valle de Miranda.
—Veo que tienes experiencia en hostelería —comentó el director mientras ojeaba mi currículum.
Desde que había entrado en su despacho apenas me había mirado a la cara. Se peinaba con una marcada raya a un lado y tenía caspa en las hombreras de la americana.
—He trabajado en un par de bares —mentí—. El primero fue uno de copas en la Costa Brava; estuve allí unos cuatro meses, en verano. En el segundo estuve bastante más, cerca de año y medio. Un bar de tapas en Almería.
Mi currículum era corto, había preferido no inventar demasiado. Cuando el director terminó de leerlo, levantó la vista y, al fijarse en mí, me miró con extrañeza.
—¿De verdad tienes cuarenta y dos años?
Asentí. No era el primero que se sorprendía. No es que no tuviera ojeras, o algunas arrugas, o que el pelo no hubiera comenzado a clarear, pero siempre he aparentado menos edad, y lo que de niño suponía una fuente de burlas se convirtió de adulto en causa de envidias.
—En fin… —dijo el tipo, evidentemente fastidiado, ya que no debíamos de llevarnos más de cinco años—. Pues bienvenido al valle de Miranda. ¿Habías estado aquí antes, de visita?
—La verdad es que no.
En eso no mentía.
Había llegado en el tren cremallera. Las vistas que me encontré nada más salir del último túnel me impresionaron.
En primer plano, un lago de un azul intenso; al fondo, rodeado de cumbres imponentes, el edificio del santuario, coronado por su campanario de piedra y flanqueado a ambos lados por el resto de las edificaciones, que, en conjunto, formaban una gran herradura de paredes ocres y tejados de pizarra azul.
A lado y lado del valle, descendiendo desde lo alto de las montañas, sendos ríos desembocaban en el lago, recorriendo un vasto prado verde.
El trayecto a través del abrupto paisaje había durado tres cuartos de hora. Aquello estaba tan aislado como el hotel Overlook de El resplandor , con la salvedad de que a Miranda solo se podía acceder a pie o en cremallera, nada de coche.
—Esto ha sido siempre un lugar de peregrinaje —me informó el director, con cara de tedio—.
Todos los años, miles de personas visitan el santuario de Nuestra Señora de Miranda por devoción, pero muchos otros también suben hasta aquí a practicar deportes de montaña.
El esquí en invierno y el senderismo en verano.
Y es en verano cuando más gente acude, quizá también porque se está más fresco que en la ciudad.
El caso es que… por eso estás tú aquí y, quién sabe, si cuajas y se da la ocasión, podrías continuar… ¿Te interesaría?
—Por supuesto.
—Me alegra oír eso. La ETT no hace más que enviarnos gente joven que no tiene ni la paciencia ni las ganas necesarias para trabajar en este lugar, medio aislados del mundo durante tres meses. Muchos ni acaban la temporada.
—Conmigo no va a pasar, se lo aseguro.
—Eso espero —dijo el tipo en tono seco—.
Vamos a ver… Te contaré cómo funciona esto.
—Desplegó un pequeño mapa frente a mí, donde aparecía dibujado el recinto—: Nosotros ahora nos encontramos aquí, en el hotel, y al otro lado del santuario están los apartamentos.
—Movía la punta del bolígrafo con desgana—.
Todo se gestiona desde el hotel mismo, y con «todo» no me refiero solo al alquiler de habitaciones, sino también a toda la restauración que hay en el valle, que incluye el restaurante y el bar del hotel, por descontado, pero también el autoservicio —apuntó hacia la parte inferior izquierda— y el Pedraparada —cambió a la derecha inferior—, que es un bar donde se sirven bocadillos, pizzas y ensaladas. Ahí trabajarás tú.
Asentí disimulando mi alivio. No solo porque lo que se servía en aquel lugar era de lo más sencillo, sino porque era allí donde había trabajado Noa.
—Usted manda —dije, y por un momento me pareció que el tipo se hinchaba como un pavo.
—Me gustas —dijo, doblando el mapa y guardándolo en un cajón—. Ojalá aguantes. Acompáñame.
Me agaché para recoger mi macuto y, al incorporarme, me fijé en uno de los muchos cuadros que adornaban las paredes de madera del despacho.
Se trataba de una fotografía antigua en blanco y negro con dos esquiadores sonriendo a la cámara.
Sus esquís y bastones eran muy rudimentarios, y su ropa consistía en camisa, americana gruesa y pantalones de pinzas, nada que ver con las moderneces de hoy en día —en que prima la ropa acolchada y los colores brillantes— y con nula preocupación por ir bien protegido.
La imagen debía de tener setenta u ochenta años, y no era la única de la época.
Otros cuadros mostraban fotografías de la construcción del cremallera y de la edificación de la nueva iglesia.
También había instantáneas, algunas en color, de la Virgen de Miranda.
Era una talla policromada de madera, antigua, del románico.
Había visto unas cuantas antes, pero aquella tenía algo hipnótico en la mirada.
Salimos del hotel y echamos a andar por la amplia pasarela de granito y madera que recorría la parte delantera de las edificaciones.
Estaba situada un nivel por encima del suelo y, desde allí, mediante una gran escalinata de piedra, se podía bajar hasta el prado situado frente al lago.
Al pasar junto al restaurante del hotel, observé a través de las amplias cristaleras a los camareros, que preparaban las mesas para el inminente servicio de comidas; iban emperifollados con un uniforme mucho más formal que el que sin duda me aguardaba a mí. O en eso confiaba.
—A ver, información para el día a día —dijo el director—. Alimentación: puedes comer y cenar en el Pedraparada mismo durante el servicio o, en horas de descanso, en el comedor del personal, que está junto a la cocina del hotel. Ahí encontrarás más variedad, pero los horarios son más estrictos.
Unas puertas automáticas se abrieron y accedimos al amplio hall del edificio de apartamentos.
Había gente haciendo cola frente a un mostrador de información.
Después advertí una segunda cola para contratar actividades: hípica, tiro con arco, excursiones con guía…
Frente a ellos, una tienda con material de montaña, recuerdos del santuario y productos de alimentación.
—Alojamiento —continuó—. Compartirás habitación con otro trabajador. Como te informaron en la ETT, tanto la comida como el alojamiento están incluidos en el sueldo. Espero que sepas valorarlo.
—Por supuesto, gracias. —Había decidido no escatimar en peloteo, el tipo se gustaba.
Bajamos por unas escaleras interiores hasta llegar a la planta baja, a ras de suelo, donde se encontraba el Pedraparada.
Lo primero que me llamó la atención fue el tamaño del salón.
Había por lo menos treinta mesas, todas de madera, a juego con las sillas, y algunos reservados junto a la zona de los ventanales.
En aquellos momentos, prácticamente la mitad estaban ocupadas, y frente a la barra había una cola de media docena de personas, aguardando su turno.
Seguí al director al final de la barra y cruzamos unas puertas batientes metálicas.
En las entrañas del bar, la mirada se me fue a la izquierda, donde comenzaba una cocina alargada, con cámaras frigoríficas a ambos lados.
En el centro de la estancia, un hombre de unos sesenta años volteaba con unas largas pinzas la carne, que crepitaba sobre la plancha.
Era un tipo grueso, de piel pálida y cabeza prominente; iba vestido de cocinero con un sombrerito tipo barco incluido, que quedaba un poco ridículo sobre aquel pedazo de testa.
Más allá de su posición, al fondo, una chica obesa y acalorada, ataviada con bata blanca, extraía una bandeja repleta de platos y vasos de un vaporoso lavavajillas industrial.
Me miraron durante un par de segundos, pero volvieron rápidamente a lo suyo sin decir ni mu.
De repente, apareció un tipo enjuto y larguirucho, que avanzaba hacia nosotros sonriendo con complicidad al director.
No sabría decir cuántos años podía tener, la horquilla iba de los cincuenta a los cien.
Pero lo cierto es que, cuanto más se aproximaba, más cascado me parecía.
Tenía los ojos saltones, cuatro pelos mal peinados en la cabeza y una fina telaraña púrpura de capilares rotos le recubría la nariz y las mejillas.
Vestía tejanos negros y un polo granate oscuro con el logotipo del valle de Miranda en el pecho; sin duda, aquel era el uniforme del Pedraparada.
—Gero, te presento al nuevo… Esto…, Víctor, sí, Víctor. —Sonrió, orgulloso de su espléndida memoria—. Víctor, este es Gerónimo, el encargado del bar. Cualquier asunto sobre el horario lo tratas con él, ¿de acuerdo?
Y sin esperar mi respuesta añadió, dirigiéndose al otro:
—Gero, ¿lo dejo en tus manos?
—Claro, jefe. —El encargado mostró la dentadura amarillenta mientras las palabras salían de su boca—. ¿Puede empezar hoy mismo?
Hablaban de mí como si no estuviera presente.
—No veo por qué no —dijo el director—. He pedido que le traigan aquí el uniforme. —Dio media vuelta y, un instante antes de cruzar las puertas batientes para largarse, me volvió a dirigir la palabra—: Cuando acabes, pásate por recepción, que ya te habrán asignado habitación. Allí te darán la llave.
Asentí sin decir nada y me giré hacia el encargado. Su amago de sonrisa agradable se había convertido en una mueca de asco. Parecía Gollum.
—Dos cosas: no te pases de listo y todo irá bien. Y no me lleves la contraria. Aquí mando yo, ¿está claro?
El aliento le apestaba a alcohol.
—Cristalino.
—Pues muy bien… —Miró por encima de mi hombro y dijo—: Sara, ¿has acabado ya?
Di media vuelta y descubrí que a mi espalda había un pequeño comedor, el de personal, con una mesa para cuatro personas pegada a la pared, un lavabo al fondo y media docena de taquillas.
Tras levantarse de la mesa, con un plato y cubiertos en la mano, venía hacia nosotros una mujer vestida con el uniforme de camarera.
Tenía buen tipo, unos treinta años. No sabría decir cuál era la expresión de su rostro, si sonreía o no, si estaba sorprendida o aburrida, porque solo pude fijarme en sus ojos, de un azul intenso y luminoso.
—Enséñale cómo funciona todo por aquí —le ladró el encargado.
—Iba a tomarme un café —repuso ella, consultando su reloj de muñeca.
—Pues aprovecha para enseñarle cómo va la cafetera… ¿Sabes hacer cafés? —me preguntó.
—Sí, claro.
Como cliente de un millón de cafeterías, conocía la teoría a base de verlo una y mil veces, pero lo cierto es que jamás había tocado una de esas máquinas.
—Pues con eso ya lo tienes prácticamente todo aprendido, ¿de acuerdo, eh…? —Gero contrajo sus ojos de sapo y ladeó la cabeza. Resultaba evidente que intentaba recordar mi nombre. Sara me miró y sonrió. Yo decidí acabar con aquella situación incómoda y dije:
—Víctor.
—¡Eso, Víctor! El resto es fácil: aquí se sirve todo desde la barra, tanto las bebidas como las comandas que salen de la cocina. Punto… Ah, y haz el puñetero favor de no desaparecer…, al menos hasta que acabe el verano.
Acto seguido, salió de la cocina. Yo me giré hacia Sara con las cejas enarcadas.
—¿A qué se refiere con eso de desaparecer? ¿Tengo que preocuparme?
Sara sonrió.
—No, qué va… No le hagas ni caso. Lo de las desapariciones es una coña recurrente por aquí. Ya te acostumbrarás. Tú solo ocúpate de hacer bien tu trabajo y no comentes nada sobre los tubos de J&B con limón que verás junto a la caja.
—Dios me libre de interponerme entre él y su cubata.
El comentario fue una chorrada, y hasta cierto punto cruel, pero ella se rio. Y yo volví a perderme en aquellos ojos, consciente de que me traerían problemas.