Epílogo
Epílogo
—Muy bien, tienes tres minutos para explicarme por qué debería no solo perdonarte tu miserable vida, sino además, dejarte a mi perro.
Herio me observa con odio en sus ojos grises.
Jo, es graciosísimo lo enfadado que está este chaval.
Está tan cabreado, que no le importa estar frente al dios más poderoso de Euskal Herria, yo, por supuesto.
No le importa que sea de noche, y estemos en mi territorio y dominio.
No le importa que cada sombra de los árboles que nos rodean puedan devorarlo a una sola orden de mi mano.
Gaba corretea alrededor de él, moviendo la cola.
—Venga, Herio, tik, tak. Han pasado veinte segundos. Si me pierdo este partido del Athletic, de verdad, kume, [201] no acabaremos bien.
Le tiembla una ceja. ¿Qué? ¿Piensa que sus problemas son más importantes que un derbi contra la Real Sociedad? Menuda personalidad tiene.
—Le he cogido cariño —dice sin más.
—Ah, vaya.
Parece que dice la verdad. Según mis informantes, se peleó en el bosque con Akerbeltz e impidió que ese trastornado sacrificara a mi cachorro. Si él no lo salva, yo no me habría enterado, andaba varios mundos lejos de aquí, en Arimeterria.
Además, puedo leer la mente de toda mi manada, incluido el cachorro, y definitivamente Gaba está contento con él.
¡Cachorro traicionero!
Me apoyo en el grueso tronco del árbol que tengo detrás y me cruzo de brazos. Hoy no llueve. Debe ser un milagro debido al partido épico que está por empezar.
—Ez dakit, [202] chaval, ¿qué me darás a cambio? No esperarás que te entregue la custodia temporal de un perro mágico así como así.
—¿Mágico? Tu perro es tonto de cojones. Te estoy haciendo un maldito favor.
Gaba comienza a morderle el dobladillo de los vaqueros y Herio se agacha para quitárselo de encima. Al hacerlo, Gaba le da un lametazo en la cara.
—¡Qué puto asco! —Herio lo empuja lejos y se pone de pie otra vez—. ¡No obedece a las instrucciones!
—Está bien, te rebajo el precio. En vez de tu alma, solo me deberás un favor.
A decir verdad, Gaba es un caso perdido, siempre se escapa de la manada y no se queda en ningún sitio.
—¿Qué favor?
Y, al parecer, Herio no sabe que ya no puedo cobrarle con el alma. No es un dios completo, pero el ritual que ha hecho lo ha dejado a medio camino a la ascensión. No es mortal del todo.
Gaba se aleja y empieza a saltar intentando cazar una mosca.
—Mi pequeño Haize está lejos y, como sabes, no puedo salir de Euskal Herria. Necesito comunicarme con mi hijo, serás mi recadero.
La cara de Herio se descompone, más de lo que ya está.
—¿Sabes que existen los móviles, verdad?
—No puedo usarlos con él, por una maldita barrera que le puso su ama para protegerlo de mí.
Cierra los ojos un momento y se pellizca el puente de la nariz.
El viento le revuelve el pelo marrón y alborotado y por un momento siento lástima, me acuerdo de mi cachorro Haize.
¿Cuántas noches lleva sin dormir este chico?
Debajo de sus ojos se marcan unas ojeras terribles, más púrpuras que el crepúsculo.
Han pasado días desde Gau Beltza, pero por lo que me ha dicho su amuma, está como un loco, lidiando con la novia medio revivida, además de un drama con una chavala que usó para el ritual, que al parecer se ha olvidado de él.
Está en la fase emo de la juventud, pobre de su amuma que tendrá que aguantarlo. Pues casi mejor si se lo envío lejos.
—¿Dónde está ahora Haize? —Me mira ceñudo y desconfiado—. No puedo irme a Japón.
—¿Por qué no?
—No es tu puto asunto, Gaueko.
El viento sopla más fuerte y las sombras se vuelven más oscuras. Herio nota el cambio, la amenaza de la noche a su alrededor.
—Barkatu [203] —masculla malhumorado por tener que someterse ante mí—, estoy de los nervios, tío. Ayúdame, ¿quieres?
—Vale, vale. —Levanto las manos, rendido ante su miseria. Yo también fui joven como él—. Lasai, lasai. Herio ya no está en Japón, está en algún país perdido de Latinoamérica. Chile, creo, o Argentina.
Los ojos de Herio se iluminan. Hostia, cobran vida y los días de cansancio se disipan de sus pupilas.
—Acepto —suelta rápido—. Seré tu recadero.
¿Esto lo hace feliz? ¡Tendría que haberle cobrado más! No debí negociar hasta tener toda la información. Joder, eso me pasa por ser tan misericordioso.
Pero ya es tarde. Herio da un paso hacia delante y extiende la mano.
—Haré de recadero hasta que Haize regrese a Euskal Herria. Tú costearás los pasajes y los hoteles. Cinco comidas al día. Además de las del perro.
—Tres comidas y una merienda —digo, tajante—. Y las del perro.
—Y la birra.
Acepto su mano y la aprieto, Gaba ladra de felicidad y corretea alrededor de nosotros.
—Trato hecho —digo y no puedo evitar sonreír ante la suerte que tengo.
Y así es como yo, señor de la noche y las tinieblas, sumo a mis empleados a Herio, casi dios de la muerte. La mejor adquisición que he hecho en mucho tiempo.
Sofía
Irme de Euskadi se siente muy raro. Llevo tres años aquí, tres años increíbles. En parte, me siento derrotada por tener que volver a Chile.
—No llores, Sofi. —Amaia me abraza y los altavoces del aeropuerto anuncian que ya tengo que embarcar.
—No estoy llorando. —La empujo y me río—. Pero no pasa nada si tú lloras.
—Las vascas no lloramos —dice mientras se pasa la mano por debajo de los ojos.
—¡Escríbenos, Sofi! —Olatz me da un abrazo fuerte también.
—Ya, tranquilas. Si voy a volver pronto.
Eso creen ellas, pero no tienen idea de lo que me espera allá.
No saben que Vicente lleva días acosándome, furioso por una foto entre un chico de TikTok y yo.
Me mandó una captura, porque en mi Instagram no hay registro de nada.
Es superfalsa la foto. Por más que le insistí que la habían hecho con inteligencia artificial, porque al idiota ese de Herio yo no lo conozco, Vicente no me cree.
Además quiere que asista a una reunión de vascos en Chile.
Debe ser algo de la mafia donde no pueden infiltrar a cualquiera.
—Haremos videollamadas, promételo, Sofi. —Olatz me mira ilusionada.
Amaia se hace la dura, pero sé que quiere hacer videollamada también.
—Haremos videollamadas, lo prometo.
Miro a mis amigas un momento más y las dos sonríen.
Los altavoces suenan otra vez y un grupo de turistas pasa junto a nosotras mientras nos miramos calladas.
Desde la fiesta de Gau Beltza estos silencios incómodos se han vuelto constantes.
Es una mierda, antes nunca habían silencios incómodos entre nosotras.
Pero claro. Nunca antes habíamos despertado inconscientes, drogadas y borrachas en el bosque. Sin que ninguna recordara nada. Nada de nada.
—¿No estás enfadada, verdad? —Olatz me mira con pena.
—No, Oli. Te lo juro. Nos vemos en verano.
No fue culpa de ellas, tampoco mía.
—Sofi… —Amaia me agarra la mano y me entrega algo—. Llévate esto, es un recuerdo.
Abro la mano y… ¡Qué bonito! Es un collar de plata con un Eguzkilore colgando. Había visto este tipo de collares con el amuleto vasco muchas veces y nunca me había animado a comprar uno.
—Es una reliquia familiar —explica Amaia.
Sonríe y algo más me quiere decir, estoy segura.
—Oye, pero en ese caso… Si es algo importante para ti…
—Cállate y úsalo. —Me da un golpe cariñoso en el hombro con el puño—. Te protegerá de los malos espíritus.
—Y de los chicos malos —añade Olatz.
Las tres nos reímos, nos abrazamos una última vez y corro hacia la fila para pasar a la zona de embarque.
Trato de no pensar en mis amigas mientras paso por Policía Internacional, ni cuando revisan mi mochila.
Tengo mucha pena. Siento que dejo algo importante aquí.
No solo a mis amigas, sino una parte de mí.
Lo peor es que no sé qué es. No es lo de mi hermana, hace mucho que perdí ese rastro.
Es otra cosa. Me pongo supernerviosa, mirando por el cristal las turbinas y el metal de los aviones que destellan con los rayos de la tarde.
Siempre me emociona volar en avión. Es hermoso, ver el mundo desde lo más alto. Pero no consigo ponerme feliz…
¿Cómo voy a volver a Chile y hacer como que sigo siendo la misma que cuando me fui?
Llego pensativa al mesón donde revisan los documentos por última vez antes de embarcar, casi ni me fijo en la gente que me rodea, turistas y chilenos que regresan a nuestro país. No quiero hablar con ellos.
No quiero volver, no quiero. Me pongo las gafas de sol, porque siento demasiadas ganas de llorar y no quiero que nadie lo note.
—Hay un problema con su billete. —La azafata me devuelve mis documentos.
—¿Qué? ¡No!
La angustia se apodera rápido de mí. Tengo que ir a Chile aunque no quiera. Si no asisto a esa reunión de vascos en Valparaíso, Vicente es capaz de venir hasta aquí y arrastrarme y…
—Revise bien, por favor —ruego a la azafata.
—He revisado bien. Su asiento no es el que señala aquí, le han asignado un billete en clase business.
¿Qué? ¿En el área VIP?
—Debe haber un error.
Yo no gastaría mi dinero en algo tan absurdo.
—No hay ningún error, es todo correcto. —La azafata me imprime una nueva tarjeta de embarque—. No se preocupe, no se le harán recargos adicionales.
Bueno, mejor, ¿o no? En realidad no sé por qué me estoy quejando de ir en clase business, siempre que no me lo cobren a mí.
Pero mientras cruzo el puente del avión me pongo todavía más nerviosa. ¿Y si es una trampa? ¿Y si alguien ha descubierto mi conexión con la mafia de Valparaíso? No. Eso es imposible. Estoy siendo paranoica.
Para mi alivio, una azafata me sonríe al entrar al avión y me guía hacia mi asiento en la zona VIP. Y aunque sea mucho mejor que la clase turista, tanta suerte no he tenido. Es en la misma cabina, simplemente son más espaciosos y van de a dos en vez de a tres.
Me acerco y se me aprieta el estómago de la emoción porque ya vibran los motores del avión. Después de años volveré a mi hogar. Tal vez no sea tan malo. Al menos podré a ver a mi familia. Lo que queda de ella.