Epílogo #2
Reviso mi tarjeta, mientras los últimos rayos del sol se cuelan por las ventanas y roban destellos de las piezas metálicas del avión.
No logro entender si me tocó el asiento de ventana o de pasillo, pero me acomodo en el asiento del pasillo, porque en la ventanilla me agobio, es muy encerrado.
Además, hay mucho espacio en el avión, no creo que justo esté ocupado el asiento a mi lado.
Dejo mi mochila arriba y, recién cuando me recuesto en el asiento, suspiro, me quito las gafas de sol y abro una novela para distraerme.
No lo consigo. Volveré a mi país. Ojalá me hiciera ilusión. Veré a mi familia, pero también tendré que ver a Vicente. ¡No logro dejar de pensar en eso!
Miro al atardecer y me estremezco. El avión está por partir. Pero cuando ya han cerrado la puerta de la cabina, vuelven a abrirla y se oyen voces molestas.
—Por algo os pedí un asiento solo.
—Señor, en estos aviones no hay área business separada. Tendrá asientos en cabina aparte en el siguiente vuelo, en la escala de Madrid.
—¿Y para esto he pagado tanto? ¿Llamais business a esto? —La voz de un joven se alza sobre el zumbido del avión—. Menuda mierda de compañía aérea estáis hechos.
Me inclino para mirar entre los asientos, pero justo él se gira hacia este lado, así que me hago la tonta y abro mi novela.
Que no venga hacia acá, que no venga hacia acá. Que no…
—Estás en mi asiento.
Claro que ha venido hacia acá.
Cierro el libro, que no estaba leyendo, y levanto el rostro.
Un chico me observa evidentemente molesto.
Lleva una mochila negra, camiseta ceñida negra que se ajusta a unos bíceps bastante trabajados, debo decirlo.
Vaqueros negros también, gafas de sol. Lo único de otro color es su cabello marrón, desordenado.
No desordenado de verdad sino peinado desordenado, los costados rapados.
Genial, me tendré que ir todo el viaje con un maldito borroka.
—No, este es mi asiento.
Aunque no estoy nada segura porque en realidad yo debería ir en la clase turista. Y ahora que me he sentado en estos asientos enormes, me da una pereza horrible irme a los minúsculos de los pobres.
—No iré en la ventana, neska. —Ladea el rostro y en su oreja una cruz de acero resplandece con el sol—. Necesito espacio.
Apunta a sus piernas y creo que se refiere a lo largas que son, pero entonces noto que habla de su maleta.
—¿Eso no debería ir abajo? —Es demasiado grande.
—Métete en tus asuntos.
Pfff, menudo imbécil. Debe ser gay, los hombres heterosexuales no me hablan así. Y en su mayoría me reconocen. Sin embargo, no quiero problemas, así que me levanto y me muevo al asiento de la ventana, apegándome lo más posible al cristal, lejos de este idiota.
Él murmura algo sobre que le han jodido el viaje, acomoda su maleta delante de sus piernas y se sienta.
—¿Qué llevas ahí? ¿Un cuerpo?
Él se gira hacia mí. No se ha quitado las gafas de sol, solo veo su boca. Los labios alargados se inclinan en una sonrisa depravada.
Se me aprieta el estómago.
—Bai, [204] ¿ acaso eres una bruja? Es el cadáver de mi ex.
¡Loco de mierda! No me parece para nada gracioso. Además, obvio que es mentira, a nadie le dejarían abordar con un maldito cadáver al avión. Qué ridículo. Le doy la espalda lo máximo posible y miro por la ventana.
El avión vibra y empieza a avanzar por la pista.
Incluso la idea de ir con este weón parece menos terrible cuando me embarga la emoción de volar.
Amo volar. ¡Aunque sea para ir al infierno!
Se me pasa la angustia, se me pasa la pena.
Meto la mano en el bolsillo y agarro con fuerza el collar que me dio Amaia.
Volveré pronto, lo prometo.
El avión toma velocidad, rápido, cada vez más rápido y el sol rojo brilla con fuerza en el horizonte.
Las alas despliegan los dispositivos de despegue y el zumbido de la cabina es cada vez más fuerte.
Más rápido. Más fuerte. Aprieto el libro con la otra mano y…
Despegamos. Con una ligera sacudida, el avión se separa del suelo y el sol se ve cada vez más abajo.
Bilbao es una masa verde de montes. Desde aquí, parecen islas en un mar de neblina.
Apoyo la cabeza en la ventanilla. Debería cerrarla para que el sol no dañe mi piel, pero me quedo así un rato, disfrutando de la vista hermosa de Euskadi por última vez.
Hasta que un sonido de envase plástico llama mi atención.
Me giro y el chico del asiento del lado ha estirado las piernas sobre su maleta y abre un paquete de golosinas.
Huele a manzanas. Y no sé por qué me quedo mirando sus dedos largos, la manera en que los mete en la bolsa y los remueve dentro, buscando.
No saca una al alzar como la mayoría de la gente.
Cuando tiene una roja, se la mete en la boca.
Se gira hacia mí y arquea una ceja, apenas visible sobre las gafas de sol.
—¿Nahi dozu? [205] —Levanta la bolsa.
Abro la boca para decirle que no. ¿Gomitas, en serio? Ni que fuéramos niños.
El avión toma la velocidad crucero y un último rayo de sol se refleja en los lentes del chico y brilla en la bolsa de gomitas que tiene levantada.
—Bueno, ya.
No me ofrece la bolsa. ¡Qué grosero! Mete el mismo la mano y luego estira el brazo hacia mí.
—¿Vas a cogerla?
Ufff, que pesado. Abro la palma y pone en mi mano una gomita roja. Al hacerlo, roza un instante con sus dedos mi piel.
—¡Auch! —Retiro la mano, porque me dio corriente estática.
Él levanta una ceja y yo me llevo la gomita a la boca. Humm, está deliciosa.
Me apoyo en el respaldo y lo miro con curiosidad.
—¿Vas a Chile? —No sé por qué le meto conversación.
Soy como un perro. Me ofrecen comida y me entrego.
Él me observa, los ojos ocultos detrás de los cristales negros.
—Voy a Argentina. —Sonríe, una media sonrisa taimada que forma un hoyuelo en su mejilla—. Aunque tengo un pequeño asunto que resolver primero en Chile.
—Ah, mira tú. —Sonrío también—. Yo también voy a Chile.
—Guay. —Estira la bolsa de gomitas hacia mí—. ¿Otra?
Meto la mano, esta vez me deja escoger a mí. Sale una amarilla.
—Uh. —Tuerce esos labios perversos que tiene—. Yo que tú la cambiaría.
Me río. Qué tonto es.
—¿No te da asco?
—Qué va.
Qué weón más raro. Devuelvo la gomita y saco otra, esta vez es roja. ¿Serán de manzana? Huele mucho a manzana, bien dulce. Me la llevo a la boca y él mira mis labios mientras la mastico. A pesar de las gafas, sé que los está mirando.
Quizá no es tan gay.
—Sofía. —Estiro mi mano hacia él—. Sofía Ochoa.
Ladea el rostro y tarda un instante. Un instante en el que mi corazón se acelera, sin razón alguna. Tal vez es por las turbulencias, el avión ha dado más de una sacudida al pasar sobre los montes vascos.
El chico toma mi mano y cierra sus dedos alrededor de los míos. Ya casi no queda luz del sol.
—Un placer, Sofía —dice marcando mucho mi nombre, como si le causara gracia. Me aprieta fuerte la mano. La suya está tibia—. Mi nombre es Grisa.
Mmm, ¿Grisa?
Qué nombre tan raro.
FIN