Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Berrogei. Búscame. Cuarenta #2
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Berrogei. Búscame. Cuarenta #2

Herio me besa el cuello y empuja de nuevo dentro de mí.

Dios, cuánto placer, me cuesta pensar. ¡Bum!

Un relámpago recorre el cielo e ilumina todo durante instante eterno.

A las brujas alrededor, bailando encapuchadas, a la gente debajo, sus gemidos y gritos en su propio rito sexual.

Y no me importa, mis sentidos están colapsados por la polla dura con el deseo de un semidiós que empuja, empuja.

Levanta el rostro y el placer se condensa en mi vientre al ver esa cara divina.

Esa nariz filosa, esos ojos felinos y plateados.

Plata líquida, rasgados de placer mientras se hunde dentro de mí.

No, no. Piensa. El rito, debo decirle lo del rito.

Otro trueno y Akerbeltz se ríe a carcajadas. Y ahora entiendo de qué se burlaba. Herio le pidió que yo no hiciera ningún otro ritual y Akerbeltz ya sabía que no era necesario.

—Hice el ritual de invitados.

—¿Cómo? —Herio abre mucho los ojos, detiene los movimientos de sus caderas y me mira sin comprender—. ¡Él ha jurado que no harías otro ritual!

Mierda. Mierda. No puedo parar de llorar.

¿Voy a olvidar también a Charlie? No importa. Al menos Charlie va a vivir, va a ser libre. Y Herio también. Pero…

—Hostia, no puede ser. —Hace ademán de levantarse, pero las cadenas tiran de él, grilletes ajustados alrededor de una de sus muñecas brillan a la luz de la luna.

Grilletes que antes no tenía.

—¿Qué es esto? —Herio jadea y tira de la mano encadenada, unida a la piedra del sarcófago cerca de los mismos grilletes que me atan a mí. Tiene una mano libre todavía, pero…

—¡Aker! —Grita furioso y mira hacia el costado—. ¡Qué coño haces!

El dios carnero se alza junto a nosotros.

Herio intenta cubrirme con el brazo libre, como si le molestara que Akerbeltz me vea desnuda tan de cerca.

Contengo un gemido porque aunque se haya dejado de contonear, tenerlo dentro de mí, su calor abrazándome, su polla grande palpitando en mi interior, provocan corrientes eléctricas por todo mi interior.

Y no quiero retorcerme, no quiero gemir mientras Akerbeltz se inclina sobre nosotros, tan cerca.

—Ya os dejo, lasai —dice el dios carnero con una sonrisa horrible.

—Voy a matarte, joder. —Herio respira agitado, mirándolo furioso—. ¿Qué cojones te pasa? ¿Qué has hecho? ¡Prometiste que ella no haría ningún otro ritual! ¡Sabías que me refería a ese ritual!

Herio

—¡Me he emocionado tanto con este ritual, principito, que me he olvidado de advertirte!

—Akerbeltz se ríe y hago un esfuerzo por concentrarme en él y no en el coño de Sofía que palpita caliente alrededor de mi polla—.

¡Tu chica ya había hecho el ritual! He cumplido mi palabra, no ha hecho ningún otro ritual —añade y me dan ganas de matarlo porque se atreve a poner sus ojos asqueroso en ella, que tiembla asustada debajo de mí—.

Cuando acabéis de follar ¡se olvidará de ti!

—¿Cómo que ya lo había hecho?

¿Cuándo? Si ella ni siquiera venía al akelarre antes de que yo me llevara a Charlie.

No. No puede ser. Bajo los ojos hacia ella.

¿Me ha mentido?

El viento nos golpea y la lluvia se calma, como si hiciera una pausa dramática para los juegos retorcidos de Akerbeltz. Sofía respira sofocada y con los ojos anegados de lágrimas.

—No me jodas, neska. Tienes que estar de coña.

—No sabía que pasaría esto —solloza—. Me iba a quedar contigo en tu casa. Si te lo decía, ibas a desconfiar. Ibas a volver con esa tontería de que soy un espía. —Solloza más fuerte y eso solo consigue que su coño se mueva y me recorra una oleada horrible de placer, joder.

—¡Pudiste decírmelo! ¡Hablamos ahí dentro!

—¡Me había olvidado! Cuando hablamos antes, no he pensado en eso y…

No sigue hablando. Su voz se ahoga y las lágrimas resbalan por sus mejillas.

Algo frío, como una estaca de hielo, me atraviesa el pecho.

—Eres un puto tramposo —jadeo y miro a Akerbeltz que todavía se alza a nuestro lado, observando nuestros cuerpos desnudos, mojados y agitados—. ¡Eres un cabrón asqueroso!

—¡On egin, Herio! [198] —Akerbeltz retrocede un paso, las sombras se lo tragan, pero su voz retumba por todas partes, acompañada de los truenos y el viento furioso de la tormenta—. ¡Aprovecha, porque mañana, tu adorada muñequita se habrá olvidado de tu existencia!

—¿Qué? ¿Me olvidaré de ti? —Solloza y niega con la cabeza—. Creí que solo me olvidaría de esta noche…

No. El ritual es absoluto: Olvidará todo lo relacionado con los dioses…

Me cuesta procesar esto. ¿Con quién debería enfadarme? Yo mismo debí suponerlo.

Claro que será un sacrificio para ti.

Las palabras de Akerbeltz me queman por dentro. Por eso quería que yo hiciera el ritual. Para arrebatarme lo más imposible y maravilloso que me ha ocurrido jamás.

Cierro los ojos. La piel mojada de Sofía huele delicioso. Un aroma dulce con el que podría caer borracho de placer.

—¿Estás enfadado? —Llora con más fuerza y sus espasmos hacen que su coño me apriete la maldita polla—. ¡No quiero olvidarme de ti, no quiero!

Hostia. Estoy furioso y cachondo a la vez. ¡Es una puta tortura!

La lluvia cae sobre nosotros como un suave rocío y los tambores rituales continúan, invitándonos a regresar a nuestra letanía sexual.

—Creo que nunca podría enfadarme contigo, neska.

—Pero…

—No había otra opción. ¿Acaso habríamos sacrificado a Charlie?

—No pero…

—Lo habríamos tenido que hacer de todas maneras.

Va a olvidar todo, joder. Va a olvidar que nos conocimos, que nos besamos. Va a olvidar que ella me cambió.

Pero yo no.

—Volveré a por ti, neska.

Veo la duda en sus ojos. Me la merezco. La he traicionado esta noche y ha visto cómo he traicionado a Egu por ella. ¿Por qué me creería?

—Promételo, júralo —solloza.

El imbécil de Akerbeltz se ríe a carcajadas fuera de esta burbuja mágica que nos protege. No me importa. Me inclino más hacia Sofía y la beso, lento. Ella suspira y se deja, me rodea el cuello con los brazos. ¿Desde cuándo no tiene grilletes? Yo sigo encadenado a una mano.

Gruño de placer, no puedo evitarlo. La aprieto contra mí, con mí único brazo libre.

—Te lo juro. Volveré a por ti. Puede —murmuro contra su boca— que incluso te secuestre otra vez.

Ella se ríe y llora al mismo tiempo. Pestañea y le seco los ojos, anegados de lágrimas y lluvia, con cuidado. Sofía empuja mi pecho y yo me dejo y caigo recostado a un lado. ¿Se va a ir? ¿Esto era suficiente para Akerbeltz? ¿Por eso la ha dejado libre?

Sofía se aleja de mi cuerpo y mi polla se resiste un momento a dejarla ir, pero finalmente queda libre y fría.

Ni siquiera me atrevo a mirar fuera de la burbuja que nos rodea.

Sofía me observa sentada a mi lado, desnuda.

Parece que ya no le importa que haya más personas.

Su melena celeste se revuelve con el viento y un montón de emociones que no logro identificar pasan por sus ojos.

El lazo que nos une tira para que nos revolquemos de nuevo como animales.

La gente sigue de fiesta, siguen follando y chillando ahí abajo, ajenos a la trampa que Akerbeltz nos ha tendido.

Sofía se mueve y el corazón se me contrae cuando la veo medio levantarse.

No la voy a detener. Si quiere irse, si quiere dejar esto así… Quizá Akerbeltz ha tenido energía suficiente ya. Quizá…

Sofía se sube encima de mí. Vuelve a empujarme del pecho y yo no opongo ninguna resistencia cuando me tumba de espaldas y se encarama sobre mis caderas. Me mira a los ojos, con el pelo celeste volando alrededor de su rostro, coge mi polla entre las manos y se la mete dentro.

Fácil, resbala y se introduce hasta el fondo.

¡Ah, hostia puta! No logro acostumbrarme a esta mierda.

Me arqueo ligeramente, intentando contener el placer mientras me fundo con su interior caliente de nuevo y la mano atada a los grilletes me duele contra el metal.

Ella se muerde los labios y se sienta empujando un poco más, metiéndosela más y más dentro.

—Kontuz [199] —murmuro, pero lo único que quiero es que se la meta del todo.

—Búscame. —Suelta un gemido cuando se sienta por completo sobre mí y sus muslos aprietan mis caderas—. Si te olvido, búscame.

No es una petición. Es una orden.

El corazón que al inicio de esta noche tenía muerto, que tenía muerto desde hacía dos años, se sacude en mi pecho ante esas palabras.

Con la mano libre, agarro a Sofía de la cadera y ella se mueve ligeramente, como si no estuviera segura de cómo hacer esto.

O puede que haya recordado que nos miran, que nos vigilan y se siente tímida otra vez.

Deslizo la mano, aprieto su muslo y empujo suavemente y ella sigue el ritmo que le enseño, o tal vez solo sigue sus instintos.

Y, joder, que instintos más buenos tiene. El contoneo de sus caderas me vuelve loco de inmediato.

La bruma se arremolina a nuestro alrededor otra vez y las almas se alzan hacia el cielo, rodeando la burbuja que nos protege.

Se me acalambra el vientre, el abdomen y jadeo excitado mientras ella se mueve más y más.

Las almas chillan con mi placer. Sofía empuja contra mí y levanta el rostro hacia la luna, hacia la lluvia.

El agua corre por sus hombros, por sus tetas de diosa que tiemblan con el vaivén mientras me folla y es demasiado para mí.

De verdad, trato, trato de no correrme.

—Promételo —repite Sofía y baja los ojos; me mira sin dejar de moverse.

Hostia. No puedo más.

—¡No lo has prometido! Promete que vas a buscarme, Herio.

Joder. La lluvia cae como una cascada y Sofía se contonea más rápido y más adentro. ¡No puedo pensar con su coño apretándome así la polla!

—¡Lo prometo! Aargh. —El placer escapa de mis labios.

—Antes que a ella. —Los ojos de Sofía chispean mientras el viento nos empuja, los árboles susurran palabras lascivas y oscuras—. Vas a buscarme antes que a ella. ¡Júralo!

La mirada posesiva de Sofía sobre mí me aplasta, me excita tanto que le diría que sí a lo que fuera. Gime encima de mí, gime y me ordena que se lo jure.

—Lo juro, Sofía Ochoa —murmuro entre gruñidos de placer—. Iré a buscarte antes que a ella.

Sofía cierra los ojos y se mueve con más fuerza a un ritmo infernal.

El pelo celeste le golpea las mejillas sonrojadas.

Se muerde los labios y murmura mi nombre entre gemidos y no puedo soportarlo más.

Lleva el ritmo que quiere, el ritmo para su propio deleite.

Me observa entre las pestañas de sus ojos entornados.

Me somete.

Bajo la lluvia y los truenos, como si yo, un futuro dios, no fuera más que un objeto para su placer. Gime y su coño me aprieta con fuerza la polla en espasmos infames.

No puedo más. En serio, no puedo. Estallo. Y estallan las almas en lo alto y caen como chispas de lluvia sobre nosotros y sobre todo el akelarre. Son como un txirimiri de espíritus, eterno. Se funde como lluvia con la tierra, penetra el suelo hasta los abismos del infierno.

Me corro dentro de Sofía, gimiendo y ella no se detiene, no le importa.

Como si se tratara de ella y no de mí. Y el placer me hace temblar debajo de su cuerpo.

El lazo rojo que nos unía da un tirón que me asfixia por un instante y nos amarra para siempre.

Aprieto sus piernas mojadas mientras ella se sigue moviendo, sigue gimiendo hasta que se corre de nuevo y su coño vuelve a apretar mi polla otra vez, y otra vez.

Hasta que cae rendida y cansada sobre mi pecho. Nuestros corazones laten, atados. Estamos vinculados.

Esta vez por completo.

Sofía

Herio respira cansado a mi lado. Nuestras piernas enredadas, su pene todavía dentro de mí. Inspiro profundo y me retuerzo. Oleadas de placer me recorren mientras restos de las almas que nos rodeaban todavía caen como una llovizna de espíritus y vuelven a la tierra, cientos, miles.

Herio me abraza. No me importa ya que haya gente, solo me importa la respiración de él contra mi mejilla y me quedo quieta. Porque aunque hayamos acabado, cada movimiento que hace, hasta el más mínimo, todavía me hace sentirlo dentro y me causa nuevas oleadas de placer.

Y el placer me nubla. El placer de este chico que me besa en los labios, en la mejilla.

Es hermoso. Todavía llueve un poco pero él emite tanto calor que no tengo frío.

Acaricio su mentón, los dos ya libres de las cadenas.

Creería que no existieron nunca si no fuera por las marcas en mi piel, por las suaves líneas de sangre que han manchado hasta mis codos.

Enredo mis dedos en su pelo y él se apoya en los codos, mirándome. Qué ojos tan hermosos. Sus ojos que brillan como la luna se vuelven rasgados y felinos cuando ha sentido placer.

¿Cómo he terminado en brazos de un hombre así? Es como un sueño.

Es como un dios.

Me río y él frunce el ceño. Me río porque esto obviamente es un sueño. No existe en el mundo alguien así, con esos ojos de plata.

Me recuerdan a alguien.

—¿Sofía?

Cierro los ojos, disfrutando de ese olor tan delicioso.

—¡Sofía! ¡Panpina!

Sí, ahora me acuerdo. El viento sopla y trae hacia mí una música en un idioma que no entiendo. Estamos desnudos bajo la lluvia, sobre una tumba y no me importa porque en los sueños no importa nada.

Un lobo aúlla en la oscuridad. Quizá un perro.

Y esos ojos de plata buscan los míos, me gritan que no me vaya.

Qué ojos tan lindos.

Me recuerdan a alguien que conocí en un sueño.