Berrogei. Búscame. Cuarenta
BERROGEI Búscame CUARENTA
Herio
No aguanto más. Sofía murmura mi nombre entre gemidos contenidos y oír sus malditos quejidos es una tortura. Está mojadísima y no por la lluvia. Mis dedos resbalan con una facilidad terrible dentro de las paredes de su coño. Si sigo así, tal vez pierda su valiosa virginidad con mis dedos.
Así que me levanto, me quito los bóxeres y ella me mira a través del antifaz. Los diamantes incrustados reflejan la luz de la luna. Apenas puede respirar. El pelo celeste empapa su frente, se pasa la lengua por los labios.
Hostia. Creí que muerta era hermosa, pero nada es comparable con esto.
Quiero ver su cara. Quiero quitarle ese puto antifaz.
El viento golpea mi espalda y las almas me gritan, me piden que acabe el ritual.
Pero yo no quiero acabarlo, quiero alargarlo, que sea infinito.
Las sorginak danzan una danza negra a nuestro alrededor, al ritmo de los tambores.
Debajo del altar, la gente folla entre la hierba mojada y las tumbas.
Percibo su energía sexual, cómo fluye hasta unirse con la nuestra.
Y la energía tira desde Sofía hacia mí. Me exige más.
Esto le dará poder también a ella. De alguna forma, estoy seguro.
Y no me importa hacerla poderosa. Ya lo es, aunque ella no lo supiera antes.
Esta chica tiene el poder de destruirme.
Akerbeltz se ríe. Lo sabe. No solo porque puede leer mis pensamientos, sino porque mientras me recuesto desnudo sobre ella, es evidente. Es evidente que yo moriría por ella.
Sus tetas frías entran en contacto con mi pecho caliente y el vapor emana entre nosotros. Le acaricio la barbilla, aparto su pelo mojado que se le pega al antifaz, como si me importara.
Como si la quisiera.
—En realidad, soy idiota —murmuro, pasando los dedos por su boca.
—¿Ah? —parpadea sorprendida y gotitas de agua saltan desde sus pestañas.
Quisiera quedarme así, desnudo sobre ella, disfrutando del calor de nuestros cuerpos que hacen bullir el agua que se atreve a tocarnos.
—Creo que sí me enamorado de ti en una noche, neska.
Y sé que es mentira. Llevo toda la vida enamorado de ella. Un amor absurdo, ilusorio. Pero tan intenso que ya ni siquiera siento culpa.
—Herio. —Eleva su cara y me besa, suave—. Gracias.
Sé por qué lo dice. Y en este momento, solo somos ella y yo.
Ella, yo y el rugido del viento. Abro sus piernas y Sofía me mira abrumada, sus mejillas ardiendo.
Introduzco mis dedos en su interior y sigue mojada, caliente.
Se frota contra mí y sé que debería ir con cuidado, pero no puedo.
Cuando acomodo mi polla en la entrada de su coño debo hacer un esfuerzo terrible por no hundirme con violencia.
Joder, voy a follar con Sofía Ochoa. Esto debe ser un puto sueño y voy a despertar.
—Herio —repite y tiembla debajo de mí—. No quiero olvidar esto.
Se me escapa una risa. ¿Qué cojones está diciendo?
No voy a dejar que regrese a Chile ni se olvide de nada.
La beso de nuevo y mientras separa los labios y encuentro su lengua, con una mano aprieto sus tetas.
Suelta un quejido de dolor cuando pellizco uno de sus pezones para distraerla de lo que estoy a punto de hacer.
Bum. Bum. Los tambores retumban. Lo saben.
Me hundo dentro de ella.
Solo un poco, despacio, para que no le duela y… hostia, no puedo. Su coño excitado succiona mi polla y la penetro de golpe.
Ella abre mucho los ojos y gime de dolor, los ojos se le ponen llorosos. Pero ya estoy dentro así que me hundo un poco más, hasta el fondo y ella vuelve a gemir.
Al fin estoy dentro de ella. Caliente, delicioso.
Gime de nuevo y sus gemidos se confunden con el viento y con el gemido de los otros y de las almas. Con el lazo que nos une, una energía desde el pecho de ella al mío y que se torna roja, más roja, intentando amarrarnos.
Joder.
—Hossstiiia —gruño y ella se arquea y gime más cuando me hundo más. Se muerde los labios, intenta sofocar sus gemidos—. Qué tía más buena, joder.
—¡Aaah! —Se agita debajo de mí y tira de los grilletes. La sangre se escurre desde sus muñecas mezclándose con el agua de la lluvia—. Aaah, Herio, ¡dios!
Me muevo más, un poco más. Ella se derrite debajo de mí y se contonea, pidiendo más.
Más. Empujo. Bum, bum, la embisto lento, como los tambores incansables bajo la lluvia.
La energía roja ya no es visible, pero la siento arder entre los dos.
El placer empieza a arrastrarme, nubla mis oídos, mis sentidos.
Es demasiado, siempre la he querido a ella.
He soñado con esto y jamás lo creí posible.
Estoy follando con Sofía. Es Sofía Ochoa. No me lo creo, no acabo de creérmelo, joder. Es mía. Mi sorgina.
Las cadenas de Sofía chocan y ella se queja y me hundo por completo otra vez. Sus ojos se ponen llorosos de dolor.
—Sigue —gimotea porque me detengo al ver sus ojos inundados de lágrimas—, mesedez, [196] sigue.
Sus palabras en euskera solo consiguen ponerme todavía más y sigo. La penetro, con ganas. Con fuerza. Las cadenas de sus manos chocan contra la piedra del sarcófago cuando se agita debajo de mí. Le hacen daño, pero ella me ruega que continúe.
—Hostia puta. —Disminuyo el ritmo, esto es demasiado bueno y me voy a correr—. Voy a quitarte esto.
Deslizo mis dedos por el antifaz para quitárselo, pero ella me ruega que no. Que la verá la gente. No tiene ningún puto sentido, le digo, la mayoría está en su propio ritual sexual, follando ahí abajo. Y además ya han visto todo de ella.
—Quiero apreciar tu cara de muñeca mientras te follo.
Arranco el antifaz y lo arrojo lejos. Hago lo mismo con mi máscara, para que sea justo.
—Herio —jadea Sofía—. Herio —susurra—, ¿te has puesto condón?
La penetro lento, muy lento.
—No.
¿Cree que iba a arruinar esto, mi primera vez dentro de ella, con un jodido condón?
Gimotea.
—Pero…
—Ni de coña, neska.
Se muerde los labios enrojecidos, no opone más resistencia.
Acaricio su nariz con la mía, el agua escurre de mi mentón hacia su boca y la sigo penetrando, despacio pero sin parar.
Empujo dentro de ella, suave, profundo. Está tan caliente.
Separa sus labios, como si quisiera decir algo pero lo único que sale de ellos es otro gemido.
Joder, joder. Me inclino y la beso. Beso sus mejillas sonrojadas.
Disfruto de su boca deliciosa, de su cuello, de sus tetas y ella gime, gime olvidándose de la gente.
Las almas aúllan en una espiral de niebla a nuestro alrededor. Y entre sus aullidos… una carcajada. Ese puto dios. Está gozando lo que debería ser solo nuestro. Y, aun así, esto es lo mejor de mi vida. Hostia, apenas puedo moverme dentro de Sofía sin correrme. Es ella. Ella. Sofía.
Es mía. Mía. Para siempre.
El viento me trae la risa de Akerbeltz de nuevo y me pregunto qué cojones le parece tan divertido a ese dios de mierda. Pienso en eso, en cómo voy a arrancarle los ojos cuando termine esto. Pensar en eso me ayuda a no perderme entre los gemidos de Sofía y no correrme todavía.
Sofía
—Hostia puta, neska. —Herio hunde su rostro en mi cuello y quisiera aferrarme a él, abrazarlo, pasar mis manos por los músculos de sus hombros, de su espalda.
Ya no me importa gemir frente a toda esta gente. Es imposible no gemir, ah, dios, es tanto dentro de mí. Mierda, sabía que era grueso, pero no pensé que fuera a sentirse así. Repleta. Y el cuerpo de Herio, sus brazos musculosos, su piel caliente, me envuelve y me cobija de la lluvia.
Qué rico huele. Qué delicia todo con él conchasumadre. Ni siquiera me importa si no se puso un condón.
—Suave —sollozo—. No. No, sigue.
No solo ahora, quiero que siga después. Quiero volver a estar así con él. Quiero más de estas caricias, de estos besos. Es tan rico y… Mierda. Akerbeltz se ríe, y la lluvia cae y entre el placer y el calor, la certeza de algo terrible se abre paso entre toda esta confusión.
—Herio, espera.
No puedo pensar con él moviéndose de esta forma tan deliciosa.
Se me escapa otro gemido, pero él disminuye el ritmo.
—¿Hummm? ¿Qué pasa, estás bien?
No estoy bien. Voy a olvidarme de esto. No volverá a ocurrir. Hice ese ritual de mierda con mis amigas y no recordaré nada, nada de lo que he hecho hoy.
Júrame que no hará ningún otro ritual.
¡Mierda! ¡Por eso no quería hacerlo conmigo! Creyó que Akerbeltz me obligaría a hacer el ritual de invitados. Por eso le hizo jurarlo.
Él piensa que no he hecho.
—Herio, quédate quieto. —El placer no me deja pensar. Cada movimiento de su polla en mi interior me causa espasmos caóticos.
No puedo empujarlo, encadenada como estoy.
—¿Qué ocurre? —dice despacio, besando mi cuello entre el agua y el viento.
Él no lo sabía. Y cuando le mentí fue porque no pensé que acabaríamos viniendo al akelarre.
Las lágrimas corren por mi mejilla y se confunden con la lluvia. Me odio tanto. ¿Cómo pude ser tan tonta? ¿Cómo pude dejar que esto pasara?
Hoy estuve muerta. Quería estar muerta.
Y él me trajo de regreso. Y aun así le mentí.
Etorri nirekin. [197]
Aunque no podría haber hecho otra cosa si quería salvar a Charlie.
Herio deja de moverse y me agarra la cara con las dos manos.
—Ey, ey, ¿por qué lloras, panpina?
—No quiero olvidarte —sollozo y detesto la corriente de placer que me recorre tenerlo dentro, aunque ya no se está moviendo.
—Lasai, no dejaré que te vayas a tu país ni que me olvides.