Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hogeita hemeretzi. Fusión de almas. Treinta y nueve
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Hogeita hemeretzi. Fusión de almas. Treinta y nueve

HOGEITA HEMERETZI Fusión de almas TREINTA Y NUEVE

«Aideko es el semidiós que mejor controla su magia. Creemos que se debe al hecho de que es hijo de la diosa Euria y de Gaueko. Si bien Gaueko todavía no era un dios en ese tiempo, sino un genio, ya había ascendido».

Rumores recogidos de artesanos del Mercadillo del Arenal.

Fecha desconocida

Sofía

Herio se alza sobre mí, su boca se curva en una sonrisa felina. El cielo rompe en lluvia empapando la camiseta negra que se pega a la forma de sus hombros. El antifaz de calavera enmarca la lujuria de su sonrisa, sonrisa que vuelve mi corazón tan frenético como el ritmo de los tambores.

La gente grita cosas que se confunden con el viento y las sorginas murmuran cánticos de una letanía fúnebre.

O quizá no. Quizá es una letanía lujuriosa, porque algo me quema en el vientre y no puedo quitar la mirada de los ojos de Herio.

Son como flamas de plata en la oscuridad, detrás de ese antifaz.

Akerbeltz suelta una carcajada. No sé dónde está. ¿Sigue en su trono? Su risa resuena por todos lados. Es demasiado confuso, la neblina se extiende alrededor de nosotros, intentando colarse en el círculo protegido por las velas y se eleva en una espiral reluciente hacia el cielo nocturno.

—No es neblina. —Herio sonríe, demoniaco—. Son los muertos.

Contengo la respiración. Miro a los lados y, dios mío, sí son los muertos, como antes, en el bosque.

Almas. Cientos de almas que emanan de la tierra y chillan con locura, fundiéndose con el viento.

Distingo siluetas humanas entre ellas. Brazos, piernas, caras contorsionadas, retazos de personas. No recuerdan bien cómo ser personas.

Akerbeltz vuelve a reírse y la sonrisa desaparece del rostro de Herio.

—Ni se te ocurra, dios asqueroso —dice, sin quitarme los ojos de encima mientras se quita la camisa—, interrumpir esto.

Arroja la camisa a un lado, que vuela como un ave nocturna empujada por el viento. Ladeo el rostro y veo entre la niebla como un grupo de gente, debajo del altar, se pelea por quedarse con ella. Los otros nos observan a nosotros, con hambre de lujuria en los ojos.

Están todos locos. Yo estoy loca por estar aquí.

Tiemblo de frío y el agua resbala por el antifaz de mi cara, por el cuello y sin darme cuenta tiro de mis manos encadenadas.

Es desesperante estar atada mientras no para de caerme agua encima, pero cada vez que tiro de las cadenas las muñecas me arden de dolor.

—No te distraigas, panpina. —La voz grave de Herio me atrae, es una orden poderosa.

Lo miro de nuevo y se me contrae el corazón.

La luna forma una aureola de chispas de lluvia sobre su pelo marrón, desordenado, mojado.

El agua escurre por su cuerpo de semidiós, metiéndose entre los surcos de sus pectorales, de sus abdominales tan pronunciados que forman un riachuelo de agua indecente que se desliza hasta más abajo del ombligo y se cuela entre sus pantalones.

Voy a follar con el hombre más delicioso del planeta Tierra.

Herio se arranca el cinturón, lo arroja al suelo y empieza a desabrocharse los pantalones negros.

Bum. Bum. Los tambores suenan y Herio abre los tres botones con paciencia macabra.

Como si no lo azotara la lluvia, como si no intentara derribarlo el viento.

Bum. Mierda. Esto en serio va a pasar. Me cuesta respirar.

Herio tira a un lado la ropa y me observa, solo en bóxeres, completamente mojados debajo de la lluvia.

Se le marca todo ahí debajo y me recuerda lo que hice con él en su casa.

Vuelvo a sentir el sabor ácido y dulce de las gomitas en mi boca y él sonríe más.

Sé que ha sentido el sabor en su boca también.

—Zure txanda [190] —dice y se recuesta sobre mí.

Le da igual que haya decenas de personas mirándonos debajo del altar. El calor de su cuerpo me invade de inmediato. Su aroma a manzanas me embriaga, todo mi cuerpo reacciona despertando ante él.

Esto es demasiado íntimo. Demasiado.

Imposible. En serio estamos haciendo esto frente a todos y es imposible que deje ese pensamiento de lado.

—No, Herio, espera, espera —por instinto me debato y los grilletes alrededor de las muñecas me hacen daño—.

No creo que pueda. Él es… está mirando —digo, tartamudeando como idiota.

Sabe que me refiero a Akerbeltz—. Lo siento.

Siento sus ojos sobre mí. ¡Y hay mucha gente!

¡No creí que ellos iban a mirar también!

—No pasa nada.

—¡Sí pasa! ¿No podemos hacerlo en privado? ¿O poner algo que nos cubra?

Tiemblo completa y no es por el frío. No puedo dejar de pensar en toda la gente que nos mira debajo del altar. No puedo dejar de sentir la mirada de Akerbeltz clavada en nosotros.

—Lasai, panpina. [191]

¡Pero hay tanta gente!

—Es que…

—Te masturbas frente a cientos de personas por dinero, Sofi. —Herio se ríe y su máscara de calavera roza mi nariz cubierta por mi propio antifaz—. Esto no es nada.

—¡Había una pantalla! Siempre ha habido una pantalla, pero ahora no —Niego con la cabeza—. No puedo. No puedo.

—Lasai, laztana. [192] —Se inclina más y el peso de su cuerpo me aplasta. Me protege de la lluvia. Sus labios rozan mi boca cuando habla—. Yo haré que puedas.

Herio

Lo que haremos será poderoso. La estática de la tormenta crispa el vello de mis brazos y la satisfacción de ver a Sofía respirando agitada debajo de mí es una vorágine de placer en mi vientre.

Y todavía ni siquiera la he tocado. La tormenta que azota el cementerio, los relámpagos furiosos y el viento no son nada, nada comparado con la desesperación por arrancarle el vestido y follarla de una vez.

Pero ella es virgen. No puedo olvidar eso. Así que desato con ternura los lazos de su vestido mientras beso su cuello.

—Herio, no…

—Sssh. —Aprieto mis labios contra los de ella—. Cállate, Sofi.

Bueno, creo que la ansiedad le está ganando a la ternura. El contacto de nuestros labios es el infierno. Caliente, perverso, enciende al instante todo mi ser.

Y el de ella también.

Se calla. Sus protestas mueren en un murmullo incomprensible mientras separa los labios, mientras se deja.

La energía de mi interior se acumula cuando abre su boca para que la penetre con mi lengua.

Joder, besar a Sofía es un puto sueño. Me deshago de los molestos lazos del vestido mientras saboreo el calor de su boca, mientras ella se estremece debajo de mí, rendida ante un beso que he imaginado de mil formas, mil veces, nunca debajo de la lluvia, nunca observados por los ojos hambrientos de un dios.

Qué rabia, joder. Este momento debería ser solo nuestro. Ella debería ser solo mía. En serio, algún día, Akerbeltz lamentará obligarme a hacerle esto frente a él.

—Barkatu [193] —murmuro contra su boca. Ella jadea, mirándome asustada a través del antifaz. Tiene miedo. No de mí—. Lamento tener que hacerte esto.

—Mentiroso —jadea—. No lamentas una mierda.

Se me escapa una risa.

—Un poco sí, panpina. Lamento que me esté poniendo tanto verte encadenada.

Y es verdad. En serio lamento excitarme tanto con esta mierda, con tenerla mojada y torturada por mis manos. Lamento sentirme traidor con Egu, lamento saber que nunca, jamás, ni aunque la reviva, podré volver a mirarla sin pensar en Sofía.

—No sigas —suplica Sofía, quejándose debajo de mí—. No…

Pero sigo. Mataría al demonio si nos interrumpiera en este momento. Sofía suelta un chillido cuando otro trueno estalla sobre nosotros y un rayo cae tan cerca que se alcanza a ver la explosión de chispas y fuego en el bosque.

Desato el último lazo, dejando besos por su cuello y ella se arquea, lucha o disfruta.

Tal vez las dos cosas.

—No —gimotea—, en serio no sigas. Hagámoslo con ropa. ¡Al menos con ropa, por favor!

¿Está de coña? No pienso hacérselo sin verle las tetas.

Arranco el lazo y abro su vestido. Me pongo durísimo al ver sus tetas mojadas, agitándose con su respiración violenta.

El agua se escurre entre ellas, lubricándolas para mis manos.

Las acaricio, las beso y las almas que nos rodean chillan pidiendo más, más.

Bum. Bum. Los tambores azotan el aire, Sofía gime bajo mis brazos y se retuerce mientras succiono sus pezones.

Y aunque me ruega que me detenga, sus piernas se abren para mí.

—No, ¿qué haces? —solloza mientras arranco lo que queda de su vestido rosa, dejándola desnuda bajo la lluvia, bajo el viento.

El pelo mojado se le pega a las mejillas, a su antifaz.

—Probar tu coño de muñeca, noski. [194] —Meto la cabeza entre sus muslos resbaladizos por la lluvia.

—No, aquí no, Herio, por favor. ¡Hagamos el maldito ritual y ya!

—Antes has dicho que no te haga caso.

—¡Me arrepiento! —Respira como loca y eso solo causa que sus tetas se muevan más y me ponga más. Aprieta las piernas, pero las abro y joder, que delicioso huele esta mujer—. Al menos, al menos, ¡saltémonos esta parte! ¡Por favor!

—Qué va. Ni de coña.

Sofía desnuda retorciéndose y gimoteando sobre una tumba es lo más caliente que he visto en mi puta vida. Y eso que he visto a una diosa sin ropa.

Esto es la hostia.

Paso mis dedos por sus bragas mojadas. Ella se arquea gimoteando incoherencias.

Me río de su locura, tocándola un poco más mientras lucha bajo el agua y…

ya no puedo aguantar más. Enredo los dedos en los finos elásticos de color rosa de sus bragas y las rompo de un tirón.

Sofía gimotea que me odia, que soy un hijo de puta, pero yo arrojo sus bragas bien lejos.

—No me odias ni de coña, neska.

Entierro la cara entre las piernas de la mujer de mis sueños mientras ella tira con fuerza de las cadenas y grita que me detenga.

Sofía

—Herio, no, ah, dios, aaah.

Mierda. Mierda. Su lengua me quema. Toca mis partes más íntimas y aunque estoy tensa por la lluvia, por la gente que nos mira, por el dios que nos mira, empiezo a ceder. La oscuridad se alza sobre mí y todo lo que veo es la luna con un halo fantasmal en lo alto del cielo sobre nosotros.

—No, por favor, no.

Creo que ya no estoy pidiendo que pare. Creo que estoy rogando porque me siga tocando, porque siga chupando.

Me han hecho sexo oral antes, pero esto es diferente.

Dios, sí que sabe hacerlo y me muero por tener su pelo entre mis manos mientras sigue jugando con su lengua entre mis piernas.

Jadeo, es demasiado intenso. No entiendo cómo puedo estar luchando contra él y en un instante derritiéndome sobre su boca.

Tiro de las cadenas, porque es desesperante estar atada, porque quiero tocarlo. Necesito, aaah, ah, necesito tocarlo.

Él sigue chupando, succionando, lamiendo y la lluvia nos golpea sin piedad. Y me sigue quemando. Me agito contra él, lucho contra él.

No. Me froto contra él.

Una carcajada retumba junto a los truenos. Akerbeltz. No solo observa, disfruta toda esta mierda.

Y, oh, conchasumadre que weá más rica. [195] No me importa. Me arqueo y abro más las piernas y no me importa si nos miran, no me importa que todo lo que sienta Herio lo sientan las almas que vociferan furiosas, lujuriosas a nuestro alrededor.

Intento no gemir. O no gemir tan fuerte. Hay gente, aunque lo haya olvidado por unos momentos, hay gente, mierda.

Es un caos. Ellos son un caos. La tormenta es un caos.

Yo soy un caos. Entre mi visión borrosa por la lluvia los hombros de Herio se alzan musculosos, abren más mis piernas, se tensan, las venas se marcan y, aaah, dios, esa lengua.

Ya no me importa nada. Todo lo que él siente lo siento yo también.

Su propio placer pasa como corriente por mi clítoris, hasta mi vientre, hasta mi pecho, hasta mi puta alma.

Y Herio me amarra. Ese lazo mágico que ya nos unía desde que me revivió esta noche se tensa, se enreda, nos acerca cada vez más. Más. Quiero más.

—Tu coño —susurra y su voz grave y deliciosa vibra contra mi vagina— es un puto sueño. Es mío.

Chupa, succiona como si yo fuera una de esas gomitas rojas que tanto le gustan. Esta weá es tan buena, dios, se siente tan bien, que casi me olvido de la lluvia y de que me revuelco sin ropa sobre una puta tumba.

—¡Herio, dios!

—Soy tu dios, ¿eh?

Quiero agarrar su pelo, tirarlo, pero estas putas cadenas no me dejan mover las manos.

—¡Por favor, termina esto, por favor!

Que no termine. Ojalá no termine nunca.

—Júrame —introduce un dedo dentro de mí y un espasmo me recorre. ¿Qué dice? Ah, ah, no le entiendo—. Que lo jures.

—Qué, ¿que jure qué? —Me retuerzo, empujo como puedo para que sus dedos entren más.

Putas cadenas que no me permiten arrastrarme más hacia él.

—Que vas a ser mía, muñequita. —Desliza su lengua por mi clítoris mientras me penetra con los dedos y jadeo desesperada. Dios, estoy desesperada—. Solo mía.

—No, no.

No sé si el sonido líquido que oigo es del agua que se escurre entre nosotros o son sus dedos empapados con mis fluidos. No entiendo lo qué pasa, no entiendo lo que dice, me nubla el placer de sus dedos, de su lengua.

—Júralo. —Apoya su boca en la parte más dolorosa y placentera. Gimo porque la presión de sus labios en mi clítoris hinchado me está enloqueciendo—. Júralo y terminaremos esto.

Respiro agitada. ¿Por qué quiere eso? Sabe que no puedo, tengo que volver a mi país.

Oh, mierda, pero su boca. Su boca succiona y el lazo tira, tira, cada vez más.

Va a romperme. Va a matarme. El agua se me cuela por el antifaz y me ahoga.

Dios, su lengua. Le daría lo que fuera para que siga haciendo lo que sea que está haciendo.

¡No puedo respirar!

—Lo juro —miento—. Solo tuya.

Herio levanta el rostro entre mis piernas y sonríe. Sus ojos se encienden, plateados detrás del antifaz. El vapor de la lluvia se alza como un aura brillante desde su piel. No. No es vapor. Realmente es un aura plateada, que se torna esmeralda, que crece con cada uno de mis gemidos.

Y sé que he hecho un pacto. Le mentí.

Pero aun así me he condenado.