Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hogeita hamazortzi. Akelarre. Treinta y ocho #2
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Hogeita hamazortzi. Akelarre. Treinta y ocho #2

O podría serlo, con ese porte, esa forma depredadora de caminar. Su boca se estira lenta y tortuosamente en una sonrisa y, mierda. Mierda. Vuelvo a respirar y tiemblo, escondo las manos encadenadas entre los pliegues de mi vestido para que no vea que tiemblo solo por verlo.

Yo lo haré porque me gustas.

Actúa, Sofi, es una actuación. Actúa normal.

Pero por más que trato, cuando vuelve a caminar y empieza a subir las escaleras, me cuesta respirar.

Todos mis instintos me dicen que salga corriendo.

El que viene hacia mí no es el chico que conocí en los túneles.

No es el chico que sube vídeos tontos a TikTok.

Con cada paso que da, tan lento como los tambores, el altar retumba.

Es el dios de la muerte.

Herio sube la escalera, tranquilo, como si tuviera toda la noche por delante, a pesar de que la luna ya está en lo más alto del cielo. Un escalón, otro escalón, ya casi llega al altar. Estira las manos a los costados y rompe la bruma con sus dedos, en una caricia.

Y las almas de los muertos chillan, gimen. Gimen de placer, como si fuera a ellas a quienes acaricia cuando pasa sus dedos entre la niebla. Se enroscan alrededor de él y la niebla emite un fulgor verde esmeralda.

Herio llega a la parte superior del altar y camina hacia acá, hacia el círculo. La chaqueta de su traje se agita con una ráfaga repentina de viento y parecen alas con las que va a echar a volar.

Un ave nocturna chilla en la oscuridad.

Bum. Bum.

Miro al dios ante mí y me cuesta mucho tragar. Casi no logro respirar. Las personas debajo del altar siguen de rodillas. Yo no. No me inclinaré ante él, aunque me tiemblen las piernas.

Bum.

Se detiene frente a mí, fuera del círculo. Los tambores callan otra vez y yo intento respirar, es difícil con esos ojos de plata clavados en mí.

La voz de Akerbeltz retumba en las penumbras.

—Ongi etorri, Herio, zure gau beltzara. [188]

Herio

Me rodea la muerte.

No. Yo soy la muerte.

Lo que me rodea es la energía de cientos de almas desesperadas por lamer los restos de lo que sea que yo estoy sintiendo.

Eso les basta. Los restos de mi placer. Saben lo que voy a hacer, lo desean con angustia infernal.

Se alzan como vapor de la tierra, se acumulan mezclándose, fundiéndose.

No pierden sus identidades, no. Son como gotas de agua que se unen en el mar y luego vuelven a ser gotas otra vez.

Se funden con la niebla, parecen retazos de bruma y cuando me tocan se contagian de la energía verde que emana de mí. Se alimentan de ella.

¿Por qué hay tantas almas ancladas en este cementerio?

No lo sé y en este momento no me importa.

Será algo que tendré que descubrir cuando inicie mi rol de dios de la muerte.

Todavía no lo soy. Esta noche les basta con mi semidivinidad, con el placer que sentirán a través del rito, como si volvieran a ser carne otra vez.

Y yo solo de mirarla a ella ya siento placer.

Sofía tiembla en medio del círculo de velas y no hay nada más que ella.

Ella y yo. Me la suda la gente que se postra a mis pies, me la suda Akerbeltz ahí sentado observando desde las sombras.

Tampoco me importan sus sorginak repartidas por el altar, murmurando palabras rituales en un euskera arcaico que no comprendo.

Me la suda la culpa que me corroe con cada paso que doy.

¿Q ué es el amor, Herio?

Francamente, en este momento, no me importa.

El txirimiri deja de ser solo llovizna y se convierte en lluvia mientras avanzo hacia Sofía. No puedo ver su cara, pero ahora que me han quitado las correas que inhiben mi magia, nuestro vínculo tira con fuerza. Percibo su miedo, sus nervios. ¿Tiene miedo de mí?

Casi me hace sentir mal.

Casi.

Me interno en el círculo de velas.

Bum. Bum. Los tambores despiertan mis instintos más oscuros.

El círculo de velas crea una especie de burbuja mágica.

Todavía nos afecta la lluvia y el viento, pero dentro de este círculo se oye menos el murmullo de la gente, como si un velo invisible nos protegiera.

Las almas confundidas con la bruma se alzan en una espiral verde hacia el cielo, furiosas porque me han apartado de ellas.

Esta burbuja es un lugar para Sofía y para mí. Un espacio entre los dos mundos.

Estiro los brazos hacia el velo que cubre su cara y Sofía se estremece. La luna se abre paso entre las nubes y, cuando echo el velo hacia atrás… ilumina esa boca con la que solo me atreví a soñar en mis sueños más infames. El resto de su cara de muñeca está cubierta por una máscara veneciana.

No importa, ya se la arrancaré. Cuando esté menos asustada de esto.

—Sofía —susurro y el estómago se me aprieta al reflejarme en sus ojos oscuros.

Joder, no puedo creer la puta suerte que tengo. ¿Por qué Akerbeltz cree que esto es un sacrificio para mí?

Tal vez no entiendo su mente retorcida.

—Herio. —La voz deliciosa de Sofía se eleva entre el pulso de los tambores. Levanta las manos, encadenadas—. ¿Es necesario esto?

Está asustadísima. Lo noto en el tono de su voz.

—Bai, laztana. [189] —Deslizo mis dedos por su cuello y traga con dificultad—. Lo es.

Resopla y yo doy otro paso.

—Esas cadenas son un símbolo. Esta noche, neska, eres mi sacrificio.

Eguzki

En un altar, en medio de un cementerio antiguo y olvidado en Urdaibai, mi novio profana la promesa de amor eterno que me hizo.

A mí, una diosa.

Percibo la culpa que destila por sus poros, pero no es suficiente.

No es nada en comparación con el deseo, con el ansia que tiene de quitarle la ropa a esa chica.

Me tortura. Me daña. Ni siquiera nota mi presencia, observándolo encima de todo este acto profano que está a punto de mancillar lo nuestro.

Y no puedo huir de esto. Me he alejado de ellos todo lo posible para no ver sus actos inmorales, infieles.

Incluso terminé atrapada en mi propio cuerpo muerto.

Pero el ritual me ha invocado. El poder de Herio es como una flama siendo alimentada por la Gau Beltza y el ritual me ha atraído como un imán del que me es imposible escapar.

Malditos sean todos los dioses. Maldito el destino que me obliga a ver esto.

—Haz lo que tengas que hacer —dice ella, Sofía.

Su sorgina. Si realizan el ritual, será su sorgina de verdad y yo no podré hacer nada para impedirlo.

Herio da otro paso hacia la chica y rujo de furia, pero el viento se lleva mi dolor.

La chica suelta una exclamación cuando Herio rodea su cintura y la levanta y la sienta sobre el enorme sarcófago de piedra, encima de la colcha negra. Un sarcófago antiguo que, dicen, contiene los restos del primer cuerpo de Mari.

Herio camina por el costado del sarcófago, como un felino sediento de empezar la cacería.

Toma una de las manos de Sofía, con tanta delicadeza que me escuece, y engancha el grillete a uno de los ganchos de la tapa de la tumba, a los pies de la enorme estatua de Mari.

Preferiría que fuera violento, preferiría que al menos fingiera que no quiere hacer esto.

El corazón se me rompe mientras él camina hacia el otro costado de la tumba, lentamente, disfrutando como un sádico cada paso que da.

Disfruta de los escalofríos de ella cada vez que la mira.

Sabe que ella tiene miedo, pero también sabe que lo desea.

Hasta yo percibo la lujuria infame de esa mujer.

Hipócrita. Siente vergüenza. Le está fallando a sus amigas y se está fallando a ella misma.

Y aun así se muere por abrirse de piernas ante el dios que tiene a su lado.

Ante mi dios. Mi novio.

Y en el momento que Herio engancha la otra muñeca de Sofía al siguiente grillete, lo odio.

No lo hace por mí, para revivirme. Pudo negarse a este ritual.

Lo hace porque se muere por follar con ella y buscará la excusa que sea.

Observa a su presa con una lujuria que me quema.

Incluso más allá del velo de los mundos percibo su excitación mientras recorre con la mirada el cuerpo de ella.

El pecho de la chica sube y baja con fuerza, casi empapado por la lluvia.

A Herio no le importa la lluvia. Es incapaz de quitar los ojos de ese cuerpo carnoso y esas tetas vulgares que tanto le gustan.

Desgraciado. No voy a perdonarlo nunca. Tampoco voy a perdonar a Akerbeltz que ha orquestado todo esto y que mira cada movimiento de Herio y Sofía con un deseo lujurioso en sus ojos de carnero.

El viento revuelve el cabello marrón de Herio y el antifaz de calavera destella a la luz de la luna.

De un salto, se encarama con agilidad encima del sarcófago y apoya una rodilla a cada lado de las caderas de Sofía.

Con cada movimiento, gotas de agua se alzan de su cuerpo como escarchas brillando bajo la luna.

Ella respira agitada. Él inspira hondo.

Un trueno estalla en la distancia y otro, y otro y un rayo cae y parte un árbol del bosque.

El estallido hace gritar a la gente y cae más y más lluvia.

Llega hasta aquí el olor a quemado. Pero los tambores siguen su réquiem infinito.

El viento hace volar hojas, ramas y Herio se alza sobre Sofía como un dios, sonriendo y sin importarle si el mundo arde alrededor de él.

Ya no hay culpa. Ya no hay dudas. El agua cae por su camisa y empapa a Sofía. La tela rosa pastel del vestido de ella se vuelve translúcida y se ven las curvas debajo del vestido. Los pezones empujan contra la tela.

Herio sonríe como un demonio.

Se ha olvidado por completo de mi existencia. De la promesa que me hizo.

Va a revivirme. Oh, sí, lo hará. Él siempre cumple su palabra. Salvo una. La de nunca volver a tocar a una mujer que no sea yo.

Lo odio. Y lo odio todavía más porque, a pesar de todo, quisiera ser yo la que está ahí, debajo de él. Porque todavía lo quiero.

Porque yo sí voy a amarlo para toda la eternidad.

¡Era yo quien debía darle el poder de este ritual!

Las almas chillan desquiciadas, el bosque susurra la tempestad de ira y rencor que son mis pensamientos.

Y juro, mientras lo veo inclinarse sobre ella bajo la lluvia y la muy desgraciada respira su olor, el olor de mi novio, que voy a vengarme de ellos.