Nuestra noche negra (Dioses de Euskadi) Hogeita hamazortzi. Akelarre. Treinta y ocho
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Hogeita hamazortzi. Akelarre. Treinta y ocho

HOGEITA HAMAZORTZI Akelarre TREINTA Y OCHO

Sofía

¡Esto está mal! ¡Nadie me explicó esto en detalle!

¡Es una locura! Camino como un zombi por el cementerio, bajo la llovizna y entre el retumbar de los tambores, dejándome llevar por las sorginas.

No solo me han puesto un vestido rosa y vaporoso, sino que me bañaron, frotándome jabones aromáticos y lavándome el pelo con hierbas naturales.

No me lo secaron, vamos atrasadas, la luna ya está en lo alto. Y con esta lluvia constante, para qué.

Supongo que han hecho lo mismo con Herio, aunque no lo he vuelto a ver desde que lo curé.

¡Y nadie me dijo que tendría que hacerlo frente a una multitud! Pensé que solo sería ante Akerbeltz y sus sorginas, como lo que hicimos en la catedral.

¡Dios, dios! No sé si podré hacerlo. He hecho cosas locas en mi vida pero esto es desquiciado. El corazón me late tan rápido que la sangre se me sube a la cabeza. Mi corazón ya no puede más esta noche; ha corrido como veinte maratones.

Yo lo haré porque me gustas.

Intento no pensar en sus estúpidas palabras mientras las sorginas me guían hacia el altar.

Yo de rosa, ellas una fila de mujeres vestidas con largas túnicas azul oscuro, encapuchadas y portando antorchas.

Ay, dios, hay muchas personas. ¿Mis amigas están entre esas personas?

No reconozco las caras, está muy oscuro más allá de las antorchas que llevan las brujas.

Y el viento parece furioso, ofendido por el ritual obsceno que vamos a celebrar.

Empuja las copas de los árboles, las ramas crujen y a nadie pareciera importarle que en cualquier momento se vaya a caer el cielo.

Ya no se ve la luna, cubierta por nubes negras.

Pero la siento. Arriba, en lo alto, atenta a la celebración negra y lujuriosa que vamos a realizar.

Apoyo un pie en el primer escalón para subir al altar.

Está resbaloso por la llovizna que cae, tan suave, que no me moja la ropa.

Todavía. Intento mirar a través del velo que me han puesto, buscar a Olatz o Amaia, pero hay demasiada gente y están todos disfrazados.

Algunos me prestan atención, curiosos, pero otros se besan y revuelcan sobre la hierba, entre las lápidas.

Ni siquiera parece importarles la humedad o este frío que a mí me cala los huesos.

Calma, calma. Intento respirar, relajar las manos a los costados. Tengo que confiar en Amaia. Ella vino con una misión y es ella quien debe intentar cumplirla, o hacer lo que tenía que hacer para salvar a su diosa. Ese no es mi problema.

Ruego con toda mi alma para que esté enfocada en eso, porque no quiero que mis amigas vean lo que estoy a punto de hacer.

Sí, llevo un velo y además, debajo un antifaz.

Pero ellas van a reconocerme como sea. Aunque si están igual de puestos que los demás, no es que vayan a recordar mucho mañana.

Incluso desde aquí huelo el alcohol, las drogas.

Mierda, mis sentidos están como locos, despiertos.

No sé si será por mi vínculo mágico con Herio, pero percibo el olor a sexo, el olor al deseo de todas estas personas.

Es más. Percibo la lujuria de los muertos.

Las almas chillan, se remueven debajo de la tierra que estoy pisando.

Quieren participar. Y van a hacerlo. Lo que esta noche hagamos Herio y yo van a sentirlo todas esas almas.

¿P or qué haces contenido en TikTok?

Los muertos tienen derecho a divertirse.

Solo hablamos eso hace unas horas, en la cueva, pero siento que fue hace días.

Siglos. Y tiene razón, las almas parecen gozarse todo esto.

La euforia que emanan se me transmite a través de la llovizna, de la niebla.

Tal vez empiezo a entender el sentido de todo esto.

Un sentido retorcido, pero ¿qué sé yo? Yo no he estado muerta.

Bueno, no tanto tiempo como para juzgarlos.

Inspiro hondo, subo al altar.

El viento arremete y las telas vaporosas de mi vestido rosa revolotean a mi alrededor. Me siento ligera ahora que sé que Charlie va a estar bien. Sí, ligera. No soy un manojo de nervios, no me tiemblan las manos. Solo es follar. Solo es follar y ya.

Frente a todas estas personas. En vivo. En directo. Es real.

No es un vídeo de OnlyFans. No es una simulación.

Camino despacio hacia el centro, hacia un círculo de velas, muchas, al menos cien, dentro del cual hay un enorme sarcófago con la estatua de una mujer y una serpiente.

Encima del sarcófago hay… una colcha negra.

Está weá es más rara que la conchasumadre.

Ahí voy a follar. Ahí, encima de esa puta tumba de piedra.

Bum. Bum. Tambores. Las sorginas forman un círculo, como cisnes negros alineados uno tras de otro, se reparten por todo el altar y alzan las manos hacia la luna.

Avanzo y la piel se me eriza con el viento, con los alaridos de las almas bajo la tierra.

Detrás del altar, del otro lado del sarcófago, sobre un trono de piedra, Akerbeltz me observa avanzar.

Dos enormes antorchas, una a cada lado, iluminan su rostro bello y macabro.

Parece relajado, vestido de traje, con una copa de lo que espero que sea vino en la mano y una pierna cruzada sobre la otra.

En su forma humana parece un hombre joven de treinta y pocos.

El pelo negro largo y ordenado en una trenza.

Guapo, supongo. Sonríe mientras me acerco, haciendo girar ocioso el vino en la copa, como si esperara que iniciara el show de televisión que pretende ver en el salón de su casa.

Casi llego hasta el círculo de velas. Intento no mirar atrás, a la gente.

Oigo sus murmullos entre el viento y el susurro del bosque.

Los ojos negros de Akerbeltz chispean de deleite quizá ante mi miedo evidente, ante el temblor de cada paso que doy.

Odio darle esa satisfacción. Aborrezco que mi existencia en este momento sea para el gozo, la diversión perversa de un dios.

Estoy por entrar en el círculo, pero la bruja principal de Akerbeltz se me acerca, me toma de las manos sin decir nada y… Me encadena. Dos grilletes plateados unidos por una cadena.

Mierda, esto es peor de lo que ya era. ¿Podré negarme a que me amarren? Por la mirada seria que me dirige la bruja, creo que no. Ni siquiera lo intento; ya estoy aquí. ¿Qué voy a hacer? ¿Salir corriendo?

Entro en el círculo de velas. Apenas lo hago cambia algo en el ambiente, como si hubiera entrado en una burbuja.

Los sonidos de fuera del altar disminuyen, el frío también.

Aunque la llovizna constante me sigue acariciando las mejillas.

Reprimo el impulso de abrazarme a mí misma, no quiero parecer tan asustada como realmente estoy.

La mayoría de las personas ni siquiera me hacen tanto caso.

La mayoría ha empezado su propio rito sexual.

Sí, algunos miran, pero ¿qué importa? Basta, Sofía.

Imagina que es un vídeo más. Cientos de personas te ven a diario masturbándote. Peor que eso no puede ser.

En realidad sí, es peor. Esto no es una actuación.

Salvo que lo sea. Puedo fingir, ¿no? Yo no quiero hacer esto realmente, solo quiero salvar a Charlie. Es una actuación. Ya está. Debo darle a Akerbeltz la diversión que espera, fingir y gemir aunque esté aterrada y ya está. Todo habrá pasado.

Inspiro, exhalo, inspiro, exhalo… Y me lo creo. Eso es. Siempre has sido buena actuando, la chica inocente, el Ángel de Plata. Eso eres esta noche, Sofi. Un ángel sacrificado para los dioses.

Hasta suena bonito.

SILENCIO.

No más tambores. No más cánticos ni flautas.

Solo el viento, tranquilo por un momento. La noche se ha quedado muda, las almas, las aves nocturnas.

Las personas debajo del altar contienen el aliento. Todas.

Nada. Ningún sonido más que el de mi corazón golpeando en mi pecho. La oscuridad es absoluta, la única visible soy yo, en medio de este círculo de velas. Las antorchas a los costados de Akerbeltz se han apagado e incluso él se ha sumido en la oscuridad.

Empiezo a ponerme nerviosa. Miro a todos lados, pero las sorginas se mantienen inmóviles, sombras petrificadas a mi alrededor.

Bum.

Un golpe de tambor.

Me giro hacia la gente. Están de rodillas, todos, las cabezas gachas.

Bum. Bum. Bum. Empiezan otra vez los tambores.

Lentos. Una letanía tortuosa y oscura. Bum.

Bum. El viento despierta y dos grandes llamaradas a los costados del altar se elevan hacia el cielo.

Una presencia enorme se acerca en la oscuridad, desde las tumbas, entre la gente.

La niebla se concentra, como si el calor de la tierra hubiera evaporado el agua que ha caído toda la noche.

La presencia crece, poderosa. Una figura alta y oscura se abre paso entre la bruma.

¿Es él?

Bum. Bum. Me paro más derecha, el pulso se me acelera al mismo tiempo que los tambores, cada latido más rápido. La sombra todavía no llega al radio de luz de las antorchas, pero la luna se asoma por un momento entre las nubes e ilumina parte de su rostro…

Un antifaz. Por un instante solo es visible entre la bruma la mitad superior de un antifaz, blanco, como una calavera. Luego es una sombra oscura otra vez, caminando entre la niebla.

Bum. Bum. La gente cae de rodillas a su paso, murmuran plegarias funestas.

Susurros. Muchos susurros, plegarias en euskera.

Y, al fin, la luz de las antorchas lo alcanzan. Dejo de respirar.

Piernas largas enfundadas en un traje negro, camisa negra y la mitad superior de la calavera cubriendo su rostro hasta justo encima de la boca. Su cabello, que en la oscuridad parece negro, se revuelve con la brisa mientras rompe con cada paso la bruma.

Es la muerte. El fuego de las antorchas se refleja en la mitad de la calavera que cubre ojos, nariz, dejando a la vista solo un par de labios largos e infames.

Se detiene un momento, todavía debajo del altar y alza el rostro hacia mí. A través de las cuencas vacías de la calavera, brillan dos ojos de plata.

Los ojos de un dios.