Hogeita hamazazpi. Promesa. Treinta y siete #2
—Espera que llevemos una semana juntos, señor semidiós de la muerte.
El gris de sus ojos se vuelve oscuro como nubes cargadas de lluvia.
—Esta noche soy tuyo. No pensaré en ella cuando me cuele entre tus piernas, eso te lo aseguro.
—No sé si voy a poder. —Me imagino encima de un puto altar frente a Akerbeltz y sus brujas y la idea hace que el calor que sentía entre las piernas se esfume—. Tengo que hacerlo por Charlie, pero llegado al momento no sé si…
—Te has quitado la ropa mil veces para tus fans.
Niego con la cabeza y apoyo las manos en sus pectorales, están calientes.
Miro el tatuaje que cubre uno de ellos, paseo el dedo por ahí, nerviosa, siguiendo los trazos de tinta negra sobre su piel blanca y arrastrando restos de sangre.
Herio se excita, percibo como se acelera su pulso ante mi contacto y no me importa. Sigo tocándolo, despacio.
—Solo me es fácil porque hay una cámara.
En realidad, mi personaje de OnlyFans al inicio no era un personaje.
Al inicio… —detengo mis caricias y aparto la mirada hacia la ventana.
Del otro lado, solo es oscuridad y lluvia—.
Al inicio era muy tímida. Alguien me dijo que podría irme bien en OnlyFans y yo no me lo creía.
Luego seguí con el personaje, aunque fui tomando confianza.
Me sentí muy bien cuando vi que tanta gente disfrutaba de mi cuerpo, que podía gustarle a tantos…
Pero, no sé. Solo podía porque había una cámara.
Me dará un pánico atroz. ¿En serio Akerbeltz va a mirar?
—Va a mirar cada puto movimiento el hijo de puta morboso, te lo aseguro.
Inspiro hondo y vuelvo a concentrarme en los ojos de Herio. Su mirada gris se me clava. No puedo describirlo de otra forma. Es como si se me enterrara en el pecho, me clavara a la pared y le entregaría todo mi cuerpo solo para que continúe mirándome de esa forma, con ese brillo, con esa hambre.
Mi odio contra él no duró mucho.
—Promete que seguirás, que no vas a parar. —Acaricio su mandíbula, con rastros de sangre en la barba áspera que le está creciendo—. Que aunque te pida que pares, aunque me invada el pánico, seguirás. Hazlo aunque esté tensa, aunque no sea fácil.
—¿Hacer qué?
Le golpeo el hombro y él se ríe.
—¡Yapo!
—Dilo.
Arggg, qué odioso es.
—Fóllame. —¿Por qué me pongo roja por decirle algo que los dos sabemos que tenemos que hacer?—. Fóllame aunque me acobarde, te ruegue que no lo hagas y aunque me duela y…
Herio se ríe y me tapa la boca para que deje de hablar. Me da un beso suave, cariñoso y me mira a los ojos.
—Voy a follarte aunque llores, aunque ruegues que me detenga. Voy a follarte, aunque te duela. —Sus labios se curvan en una sonrisa lasciva—. Lo prometo, Sofía. Y prometo —murmura contra mi boca— que te va a gustar.
Suspiro y me besa. El frío desaparece cuando me fundo entre sus brazos, en sus labios tibios, enredados y apretujados contra la pared.
—Esto no es un juego, Sofi —susurra contra mi boca—. No habrá palabras de seguridad.
Lo agarro del pelo y lo sigo besando. Tengo clarísimo que no habrá palabras de seguridad.
Amaia
Llevo años preparándome para este momento y voy a fallar. La música, los tambores, hacen vibrar algo dentro de mí. Algo lujurioso. Gorka, con el que me he pasado la mitad de la noche peleando, me mira de una manera que… Mierda.
¿Siempre ha sido tan guapo? Ese aire criminal que proyecta, con el pelo rapado muy corto y tatuajes que asoman por el cuello de la camisa. Tiene la nariz ligeramente quebrada en el tabique, como si se hubiera metido en muchas peleas. Sexy.
—Dices esto para convencerme, Gorka.
Ni siquiera estoy segura de qué dijo, pero lo que sea probablemente debería rechazarlo.
—No es verdad. ¿Sabes que hay otras chicas aquí, que podría irme con cualquiera?
No es eso. Es que, en realidad, lo que quieres no tiene sentido y estoy intentando que entres en razón.
¡Todo esto es por Mari! Akerbeltz hace el akelarre para consolidar el poder de Mari.
Ella entregó su poder voluntariamente, ¡hace siglos!
—Sí, supongo que es conveniente decir eso desde tu bando.
—¿Bandos? —Gorka se ríe y le da otro sorbo a su txakoli—. Aquí no hay bandos, chica. Mari estaba harta y el panteón actual ha hecho siglos de esfuerzo por mantener lo que ella construyó para que la señora pudiera tomarse unas vacaciones.
—¡Amaia, etorri! [187] —Olatz me abraza y se tambalea, está muy borracha—. ¿Por qué no pruebas de esto?
Acerca unas cerezas a mi boca, intento apartarla pero… Dios, qué bien huelen. Y en un momento, estoy riéndome con ella, las dos recostadas sobre una tumba comiendo putas cerezas.
¿En qué momentos nos recostamos aquí? Ni siquiera se sienten frías. ¡Ni siquiera me molesta el txirimiri constante que ya tiene nuestros glamurosos vestidos empapados!
—Gorka, ven aquí. —Estiro mi mano hacia él.
Él se ríe, creo que también está borracho. ¿En qué momento empezó a hacer tanto calor? El tiempo se me escurre entre los dedos aquí, debajo del cielo negro. La luna se ha ocultado detrás de las nubes y Gorka nos cuenta cosas. Cosas prohibidas que no debería contarle a ninguna mortal.
—Da igual —susurra—, porque vais a olvidarlo para mañana.
Y mete una cereza en mi boca. Y la disfruto. Y también disfruto de sus dedos, chorreados de líquido rojo. Parece sangre, pero el sabor es dulce.
—Joder —murmura él.
Y Olatz besa mi cuello. Y suspiro mientras mi amiga se ríe, haciéndome cosquillas en la piel.
Hasta que la música cambia. Se vuelve más intensa.
Ahora la luna se asoma. ¿Las estrellas siempre han estado tan abajo?
Estiro el brazo, estiro mis dedos hacia ellas.
¡Casi puedo tocarlas! ¡Mira Olatz, puedo tocar las estrellas!
El bosque susurra, el viento roba crujidos de las ramas de los árboles y las risas y cánticos de vivos y muertos recorren las tumbas, los mausoleos.
Las sombras danzan al ritmo de las hogueras del enorme altar de piedra.
Nos alejamos de nuestra tumba y nos sentamos frente al altar. Nadie nos ha ordenado hacerlo, pero nos movemos como un rebaño.
Hay mucha gente, somos unas treinta o cuarenta personas, de muchas edades diferentes, las caras se me pierden y mezclan.
Somos como las estrellas, personas salpicadas alrededor del enorme escenario de roca sobre el que hay una tumba, un sarcófago, más bien, y especialmente bonito.
Tiene inscripciones antiguas grabadas pero la visión se me nubla y no leo bien sobre qué.
En la cabecera del sarcófago se alza una estatua alta y grande de una mujer desnuda, con los brazos abiertos hacia los lados mientras una serpiente de piedra se enrosca alrededor de sus piernas, de su cintura, de sus pechos.
Qué romántico.
—Ya va a empezar. —Gorka levanta el rostro hacia el cielo y su perfil afilado se recorta a la luz de la luna.
Olatz toma mi mano, él toma la otra. Y nos enredamos un poco, nos calentamos, mientras un grupo de sacerdotisas camina entre la gente, abriendo camino hacia el altar. Un cuervo grazna en alguna parte y los txistus dejan de tocar. Los cánticos se silencian.
Mientras las sacerdotisas suben las escaleras del altar como espectros oscuros solo se oyen los tambores. Tambores profundos. Bum, bum, bum. Su ritmo es el de mis latidos. Bum. Su ritmo es el de la respiración de Olatz, mezclada con la mía. Bum. Es Gorka, que me tiene enredada entre sus piernas.
Y Sofi. Esa es Sofi. Le han puesto un antifaz rosa, con cristales brillantes y encajes.
Camina escoltada por las sacerdotisas. Sube lentamente cada peldaño de la escalinata, arrastrando la larga cola de un vestido rosa pastel.
Parece una novia de rosa. Su cabello celeste se escapa rebelde debajo del velo.
Sofi.
¿Por qué sube Sofi al altar? Lo de ofrecerse era una mentira. Tenemos que encontrar a Charlie mientras ella distrae a Akerbeltz. Eso teníamos que hacer.
Me giro hacia Olatz para decírselo, pero lo único que encuentro son sus labios que buscan los míos.
—Amaia —jadea Gorka—, tenemos que parar.
¿Me estoy besando con él o con Olatz? Creo que con los dos, hostia.
Sí. Deberíamos parar.
O quizá podemos probar un poco más de esto y luego parar.