Hogeita hamazazpi. Promesa. Treinta y siete
HOGEITA HAMAZAZPI Promesa TREINTA Y SIETE
Sofía
Me despido de Charlie. Lo abrazo y acaricio sus orejitas peludas. Le hablo con voz melosa y le prometo que volveré a verlo. Él se deja, me da un lametazo en la cara y luego trata de ir con Herio, que nos observa miserable, ensangrentado y encadenado.
—A Herio lo verás después, Charlie. Yo cuidaré de él. —Se lo entrego a las sorginas.
Se me aprieta el pecho mientras tiran de la correa y lo obligan a irse con ellas. Él no forcejea, pero se gira hacia nosotros, levantando sus orejitas. Me dan ganas de llorar. Pero va a estar bien, al menos no harán ese estúpido ritual de matarlo. De solo recordarlo me enojo con Herio otra vez.
—Lo dejaremos libre cuando cumpláis con el ritual. —La bruja principal de Akerbeltz arroja al suelo unas llaves de plata y una daga—. Tenéis unos minutos si necesitáis… hablar y recuperaros. Luego os separaremos y os prepararemos para el ritual.
Sin decir nada más, abandona el cuarto siguiendo a sus subordinadas.
Nos quedamos solos y el vapor emana de mi boca. Qué puto frío hace y no me había dado cuenta. Era tanto mi estrés, que solo ahora soy consciente de la lluvia, de la humedad de este cuarto.
—Cuando te apetezca, neska, puedes sacarme de aquí —dice Herio, mirándome ensangrentado y colgando de las argollas de la pared.
Agarro las llaves y la daga y camino hacia él. La luz del techo parpadea de nuevo un momento y la lluvia se oye golpeando contra la única ventana del cuarto. Es una ventana muy pequeña y alta, sería difícil que alguien viera lo que ha ocurrido aquí dentro.
La sangre de Herio le escurre desde las muñecas, por los brazos hasta el torso desnudo. Todo por un arrebato de locura y solo porque Akerbeltz me tocó.
—Esto es tu culpa. —Me detengo frente a él—. Me traicionaste. Estoy feliz de verte así.
Una sonrisa de diablo se forma en sus labios, una sonrisa ensangrentada.
—Di lo que quieras, panpina, pero sé que es mentira.
Odio que lo sepa. Es mentira, me da pena verlo así.
Pero todavía se retuerce en mi estómago el dolor de ese momento en que desperté sola y supe que se había ido con Charlie.
El pelo húmedo revuelto se le pegotea a la frente con restos de sangre, sus ojos grises parecen atormentados.
Se lo merece, se lo merece. También tiene sangre en el labio. Se merece que lo hayan golpeado.
Soy tonta y por eso me da pena.
—Y como si fuera poco —aprieto las llaves en mi mano y la daga en la otra—, te darán un premio.
Sonríe más y el labio se le vuelve a romper, chorreando sangre. Sí. Es un premio para él. Va a follar conmigo. Es un premio y lo sabe. Akerbeltz dice que será un sacrificio y supongo que lo es para mí. Perderé mi valiosa virginidad.
Tak. Tak. Tak. La lluvia contra los cristales. Se oye un poco de la música del akelarre y Herio sigue sin decir nada. ¿Le importará siquiera haber arruinado las cosas entre nosotros? No hay manera de que vuelva a confiar en él.
—No soy una sádica como tú. —Miro la daga que dejó la bruja—. Supongo que ella me ha dejado esto para curarte. ¿Es así? ¿Te vas a curar si te doy mi sangre otra vez?
Herio se pasa la lengua por los labios, mirando la daga, como si le apeteciera volver a probar mi sangre. A pesar de que estoy molesta, mi vientre se contrae de lujuria ante ese gesto, me caliento de solo mirarlo.
—Supongo —murmura.
¿En serio está tan débil? Da igual. Charlie va a estar bien y es lo único que me importa. Me acerco y mis pasos resuenan sobre la piedra fría hasta que llego frente a él. Me agacho y levanto la daga. Incluso ensangrentado y sudado, Herio huele a manzana. Huele delicioso.
—¿No vas a soltarme primero, panpina? No te haré nada que no quieras.
—No. Ya no me fío de tu palabra. Prefiero evitar que te sobrepases como en la catedral si el éxtasis de la magia —digo con sarcasmo— vuelve a apoderarse de ti.
Lo miro con cara de que no me creí esas excusas baratas y él me mira con cara de sabes que a ti también te gustó.
—Vale, como tú digas. Supongo que tu fetiche sangriento te pone más si me tienes amarrado.
Idiota.
Levanto mi muñeca para hacerme un corte con la daga. En las pelis siempre parece que lo hacen facilísimo, pero la verdad es que la idea de cortarme me pone nerviosa.
—No me importaría —susurra Herio— si te haces la herida en el pecho.
—Cállate, semidiós traidor.
Paso el filo por la piel de mi muñeca, en horizontal para no desangrarme y es tan filoso que no tengo que hacer ningún esfuerzo. La sangre mana de inmediato y cae en gotas enormes sobre la piedra.
Herio parece un perro impaciente hasta que acerco mi muñeca a su boca y… arrastra la lengua por mi piel. Me mira a los ojos y lame de nuevo, pidiéndome más con esa mirada gris. Me arde entre las piernas, lo juro. Solo por cómo me mira.
Me acerco más a él, lo agarro del pelo y aprieto mi muñeca contra su boca, para que pueda succionar bien.
—Joder… —Se le escapa un quejido placentero mientras succiona más fuerte con los labios manchados de sangre.
Mi corazón se ha vuelto loco. Fuera suena un trueno y la ventana se ilumina por un momento.
Y a pesar de la rabia que tengo por lo que hizo, me apego más a él hasta que el calor de su cuerpo se transmite al mío, hasta que el pulso de mis venas late en su boca, hasta que las heridas de sus muñecas, de su mejilla y de su pecho se empiezan a cerrar.
Ni siquiera me di cuenta de que estoy respirando de forma tan inquieta, ruidosa, apegándome a él.
Casi está del todo derrumbado sobre mí, con el rostro inclinado cerca de mi cuello, succionando de mi muñeca, aunque ya se ha curado del todo.
Me separo y siento que la cara me arde. Herio me sonríe malicioso y sus ojos grises brillan con chispas de plata.
—Te follaría aquí mismo. —Se pasa la lengua por la sangre de los labios. Mi sangre. Su boca maravillosa y perversa ya está curada.
—Voy a hacerlo solo por Charlie. Ni se te ocurra pensar que accedí a ese ritual por ti.
Aunque mi entrepierna mojada contradiga mis palabras.
—Noski. [186] —Herio se ríe—. Solo por Charlie.
—Sabes lo valiosa que es mi virginidad. No quiero perderla ni contigo ni con nadie.
—Puede que te compense. Podríamos hacer una encuesta en Instagram. —Herio ladea el rostro—. ¿Cuán valorado estará en el mercado follar con un dios? Tal vez más que tu virginidad.
—Semidiós, seguro que vale menos —digo y me levanto. Introduzco las llaves en los grilletes y lo libero.
Herio saca las manos de sus ataduras y yo retrocedo, pero en un instante lo tengo sobre mí. Me agarra de la cintura y se me escapa un chillido cuando me empuja y acorrala contra la pared. Jadeo, mirándolo y tratando de apartarlo, pero él no retrocede.
—No me mires así. —Toma mi cara entre sus manos y ya no se está burlando. Me mira serio—. No me mires como si me odiaras.
—Te odio, idiota. No voy a olvidarme de lo que hiciste.
Recuerdo ese momento y me dan ganas de llorar otra vez. Él lo percibe. Tuerce sus bonitos labios de semidiós.
—He intentado liberarlo. ¿Por qué crees que estaba herido? He tenido suerte de que Akerbeltz no me arrancara la jodida cabeza con una de sus espadas.
Sé que es verdad y se me retuercen las tripas de pensar en que ese dios psicópata pudiera haberlo matado. En verdad me importa. No sé por qué, si no debería, pero esté imbécil me importa. Dejo de luchar contra él y mis manos caen a los costados.
—¿Y qué si te arrepentiste? Me dolió. —La voz me tiembla un poco al hablar, me siento tan tonta—. Me dolió que me mintieras y…
—No te he mentido. —Herio se inclina y apoya su frente en la mía.
Cierra los ojos un momento y luego suspira—.
No te he mentido, neska. Pero cuando fui a ver a Egu, estaba despierta.
Ha abierto los ojos, me ha hablado. Estaba atrapada en ese cuerpo y sigue atrapada.
La he despertado esta noche, sin saberlo, y ahora es prisionera dentro de un cuerpo muerto.
Me quedo helada. Un escalofrío me recorre la espalda al ver la pena en sus ojos atormentados.
—Eso me ha confundido, Sofi. Me he sentido fatal, traidor.
Creí que podría hacerlo y te he dejado en casa mientras traía a Charlie.
Pero no he podido. No por ti. Podría decirte que fue por ti, pero no.
Habría cargado con tu odio si era necesario.
Pero no podía matar a Charlie. Puto perro. Es monísimo.
Se me escapa una risa acongojada y las lágrimas me resbalan por las mejillas.
Herio las limpia con un beso y otro y, de pronto, su boca está sobre la mía.
Mierda. Me derrito entre sus brazos. Me cuelgo de su cuello y él me aplasta contra la pared, besándome lento, caliente.
Su boca juega con mis labios, su lengua todavía con sabor a sangre busca la mía, se cuela dentro y me arqueo, intentando sentirlo contra mí.
—¿Qué has dicho antes? —murmura, apartando un poco su cara, rozando su nariz con la mía—. ¿Que ibas a hacerlo solo por Charlie, eh?
Idiota.
—Sí —respiro agitada y el vapor se forma entre nuestras bocas—. Solo por eso.
Herio sonríe y acaricia mi mejilla con el dorso de su mano.
—Yo lo haré porque me gustas. —Desliza su mano por mi cuello y la deja justo encima de mis pechos—. Detesto la idea de que él nos observe mientras te pruebo por primera vez, pero créeme. Voy a disfrutarlo que flipas.
No puedo evitar reírme. Sus palabras causan estúpidas mariposas en mi vientre. Soy una imbécil. Y admito que me pone nerviosa hacerlo frente a Akerbeltz.
—¿Y tu ex? ¿No te morías de culpa?
La mirada de Herio titubea, se ensombrece. ¿Es racional que sienta tantos celos si solo lo conozco hace unas horas? Odio lo que pensar en ella le provoca. Si me traicionó solo porque abrió los ojos, ¿le importaré algo cuando regrese del todo?
—Cargaré con la culpa, ya he decidido que no puedo matar a Charlie.
—¿Y cuando ella vuelva?
Me da un beso suave y sonríe.
—Te estás poniendo muy posesiva para conocerme desde hace unas horas, Sofi.